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María de los Angeles ‘Chiqui’ González
María de los Angeles ‘Chiqui’ González: abogada, docente, gestora cultural y dramaturga explica su Manifiesto de la Cultura
Cultura

El Manifiesto de la Cultura de ‘Chiqui’ González

En el marco del Encuentro Ciudades y Culturas en Iberoamérica: Conversaciones desde Bogotá, la gestora cultural, abogada, docente y dramaturga María de los Angeles ‘Chiqui’ González explicó los ejes fundamentales de su Manifiesto de la Cultura.

Por: Juan Francisco García

Rosarina pura cepa, cuando ‘Chiqui’ González –77 años– hace memoria en voz alta se acuerda de cuando arrullaba en brazos a Lionel Messi y cantaba a dúo con Mercedes Sosa. Habla con sus ojos brillantes, tan vivos, sobre sus amigas poetas y artistas de Cuba, en donde por 42 años enseñó teoría y estética de los medios y dirección de actores en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños. 

Sin esconder el orgullo, recuerda cuando en 2008, con ella a la cabeza, se creó en Argentina el Ministerio de la Innovación y la Cultura. Habla, como si hablara de sus nietos, de los programas para la primera infancia que le han valido el reconocimiento mundial y ser doctora honoris causa de varias universidades, entre ellas la Universidad Nacional de Rosario y la Universidad de Aberdeen, en Escocia. Dice con énfasis que las ciudades que ama son esas que pueden caminarse de punta a punta y en las que las mujeres pueden ser bellas a los 20 y a los 50 y a los 70 años.       

Si la cultura ha sido su bandera, la niñez ha sido su obstinada trinchera para fisurar el sistema y poner en el centro el juego, la comunidad, la confianza en el otro y el acceso cultural para los más pobres. De Bogotá, a la que llama la Ciudad Terracota, dice que es un lugar que no se parece a nada y en el que todavía se siente a salvo. Ama el ladrillo y el calor de su gente. Abogada, docente, gestora cultural, dramaturga, oírla hablar es asistir a un flujo de conciencia iluminado –caótico, vivo– sobre el oficio de pensar y ejecutar políticas culturales. 

En una mesa del Centro de la Felicidad de Chapinero en Bogotá, a cielo abierto, en el marco del Encuentro Ciudades y Culturas en Iberoamérica: Conversaciones desde Bogotá, le contó a CAMBIO –con el histrionismo de una actriz vigorosa y vigente– los puntos cardinales del Manifiesto de la Cultura que ha venido atesorando, refinando y aplicando por las últimas décadas. Como ante la sabiduría hay que callarse, escuchar y aprender, les compartimos, en primera persona, las      principales reflexiones que nos ofreció en la conversación.      

El arte no es la cultura

Humildemente y sin querer ofender a nadie, creo que hay una gran confusión universal –epistemológica y filosófica– en la que se entiende que el arte y la cultura son la misma cosa, cuando esto no es así de ninguna manera. El arte, como lo es la ciencia, es tan solo una parte de la cultura y es por esto que hoy los filósofos y científicos más interesantes están hablando de la unión entre los poéticos. Yo digo siempre que para descubrir las cuatro lunas de Júpiter tenés, sí o sí,que amar la poesía del universo… 

Es una absoluta tontería pensar que el hombre, como creía Da Vinci en su contexto, es la guía de todas las cosas; así como no tiene sentido seguir pensando, como Descartes, eso de que “pienso, luego existo”. ¡No!: Yo siento lo que soy, soy lo que investigo, y lo que amo, y lo que invento. El ser humano se parece mucho más al niño de uno y dos años que al hombre de 50 años que es dueño de una empresa. 

Entonces, lo primero es entender que la cultura no se reduce al arte, sino también que los campos disciplinarios están obsoletos y acabados. No podemos seguir fragmentando las disciplinas y dividiendo la biología de las ciencias sociales, la pintura de las matemáticas, la física del teatro. ¡Por eso las escuelas secundarias siguen siendo un horror! Al artista lo sacan afuera y lo aíslan para que haga teatro o que pinte porque no entendemos el arte de vivir: que es el arte de poder conciliar los sentidos con las percepciones y con los sentimientos teniendo a la imaginación como imagen interna. El niño, que piensa en puro presente, no piensa en conceptos sino hasta los tres años. Todas estas observaciones me valieron para entender que el mejor sistema cultural es el que pone a la niñez por delante. 

La cultura es un barco en el que la niñez va por delante

Mi propuesta de la cultura es que es un barco en el que la niñez va por delante. Es la niñez la que nos va a devolver el espacio público. En los barrios en los que no hay agua ni saneamiento público, son los niños los que arrastran a la familia entera, al abuelo, hacia la lucha histórica por la creación de comunidades dignas. 

Yo tengo marcada la enseñanza que una vez me dejó la directora ginecológica de Argentina: “En el parto –me dijo–, el 64 por ciento del esfuerzo no lo hace la madre sino el bebé”. Ese nene que, después de ser un pez por tantos meses, empuja y empuja y empuja para marcar el ritmo originario de lo que llamamos humanidad. Es un niño pez que se esfuerza tanto no solo porque quiere volverse terrestre, sino porque también quiere volar. Ahí está el origen, que no podemos olvidar, de nuestras sociedades y de nuestra civilización. Si algo nos va a destruir es la amnesia. Y entonces la cultura, como el niño pez que quiere volar, no puede aspirar a nada menos que al vuelo y a la imaginación poética, sino está muerta. 

¿Cómo vamos a defender un planeta que se cae a pedazos? ¿Cómo vamos a defendernos del odio, de la muerte, de la exterminación, si no sabemos ni tenemos entusiasmo alguno para amar e inventar cosas? ¿Vamos a dejar la vida igualita a como la encontramos, o peor, mucho peor? Para germinar este entusiasmo poético y activo en la vida hay que empezar por la niñez, ponerla por delante. 

El protagonista de la cultura es el pueblo en colectivo

El pueblo en colectivo y no los artistas, ni los científicos, ni los famosos, ni los que se lucen, ni los que inventan las mejores teorías. La cultura es colectiva porque primero fuimos seres sociales y ahora somos más: una especie cuya naturaleza está abierta a todas las formas. 

En estos tiempos cuando los premios Nobel y expertos de todas las disciplinas nos advierten que la mayoría de pueblos van a tener problemas serios con el agua para el año 2050. Hay esfuerzos imprescindibles como el que quiso instaurar, con un debate constitucional, Gabriel Boric en Chile para salvaguardar lo esencial y eminentemente colectivo. Su propuesta, que no se llevó a cabo porque le pusieron un gabinete de derecha, te lo digo como abogada, era impresionante. Y lo que buscaba, como ocurre en India con el río Ganges y en Montreal con los bisontes, era que la naturaleza sea un sujeto con derechos. 

Estas luchas solo se pueden entender si ponemos al pueblo con sus propios líderes como protagonistas. Y entonces es claro que la cultura es mucho más que lo que dicen los políticos. 

Como servidora pública no le respondo ni a un partido ni a una ideología, sino al pueblo como colectivo. 

En la práctica, esto expresa que la cultura no se provee solamente de los artistas sino de todos los agentes de cambio. La cultura, entonces, debe abarcar e integrar a todos los agentes de cambio e instituciones de aprendizaje. ¿La iglesia? Sí, bienvenida. ¿Los sindicatos? Sí, bienvenidos. ¿Los profesores de yoga? Sí, adentro. Las comunidades tienen sus propios mecanismos para expresarse, son ellos la cultura, y no hay que entenderlas como grupos de personas que necesitan de los artistas para entender qué es ser humano. 

No existen los consumos culturales

Porque la cultura no es de nadie, no se consume. Me pueden decir que para leer un libro hay que pagar para comprarlo, está bien, lo entiendo: pero esa no es la cultura. La cultura es la marca que te dejó ese libro y que te mantiene pensando a las 4 de la mañana, la frase que te cambió o te rompió o te hizo acordar de tu tía. Es eso que no entendiste, pero sobre lo que sigues conversando con un amigo porque intuyes que contiene algo de verdad.

El libro no es la cultura sino un mediador de la cultura, una invención, otra forma más de cultura. Entender esto me hizo hacer programas para los niños como La Escuela Móvil: un colectivo que va por las 300 ciudades de la provincia y en el que te montás para conocer tres tipos de ciudades: una pobre, una intermedia y una con mayores recursos**. En el colectivo entonces el rico está con el pobre y no pasa nada, comparten, comen, viajan. Eso, a través de un mediador más, es la cultura, que no puede consumirse sino vivirse.** 

Por esto mismo es que construir, con las manos, es sinónimo de crear. ¡Las manos piensan! Los escandinavos, que son los grandes arquitectos, copiaron muy bien esto de los hindúes. Que las terminaciones nerviosas de las manos sean comandadas por el cerebro hace evidente la tontería de separar, como en el sistema educativo moderno, a la mente y al cuerpo. No: yo creo que puede haber mente y conciencia, cuerpo y alma en consonancia poética y creativa. 

Las expresiones culturales más vivas están en los barrios, construyendo con madera y con materiales nobles, en proyectos colectivos, participativos e intergeneracionales. Son maravillosos los ejemplos que tengo de construcción –es decir creación comunitaria–, con la imaginación como núcleo. Empezamos con los niños, pero luego son los adultos, te lo juro por mis nietos, los que más quieren estar: ensamblando, pintando, construyendo, jugando. Y eso no es consumir sino vivir la cultura en verbo. Viva. Presente. Entusiasta.

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