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ul (Música Mixta), conformado por Laura Cubides (flauta) y Daniel Leguizamón (medios electrónicos)
Cultura

El Teatro Mayor y la música contemporánea: ul y Ensamble Baho

David Feferbaum, experto en música contemporánea y además pionero de la música electrónica en Colombia, reseña el concierto que ofrecieron las agrupaciones ul y Ensamble Baho.

Por: David Feferbaum

La realidad de la actividad musical en la ciudad, en particular de la 'música clásica', en cuanto a la divulgación masiva de un evento, se concentra en solistas o conjuntos de renombre. Si bien tanto las orquestas como las salas o teatros publican sus respectivas programaciones, no existe un ambiente o los medios en que los eventos hagan parte de debates o entrevistas, para no mencionar la televisión, que sólo se motiva a anunciar lo que ya no requiere divulgación porque su reconocimiento ya es masivo en cadenas, influencers y demás. Pero, lo que sí es básicamente inexistente —salvo contadas excepciones, como en el caso de los comentarios de Manuel Drezner— es la crítica o reseña posterior a la mayoría de los eventos.

Luego de una conversación, por allá en 2017, con Juan Carlos Adrianzen, quien se retiró hace poco del Teatro Mayor luego de una muy meritoria labor, esta sala ha mantenido su apoyo a la música contemporánea a través de dos presentaciones anuales, organizadas por el Círculo Colombiano de Música Contemporánea (CCMC), como parte de su programación regular. De nuevo, como lo manifesté en el artículo anterior al hablar de las comisiones a compositores colombianos o al patrocinio del disco Llueven cantos, si vamos a ser objetivos, esta es una labor que no tiene comparación en otras salas. Desde el primer concierto de esta serie, el 29 de mayo de 2018, cuando el cuarteto de guitarras Atemporánea se presentó con obras de autores colombianos como Damián Ponce de León, Álvaro Hernán Contreras, Juan Camilo Vásquez, Juan Calderón, Rubén Darío Gómez y Luis Fernando Sánchez Gooding, la Sala Estudio fue permeada por sonidos nuevos y creaciones originales que se seguirían presentando al público del Teatro Mayor. Se trata de una propuesta de innovación y creatividad que prueba la consolidación musical resultante de la gestión del CCMC y su capacidad de atraer un público diferente al de otros de sus eventos. Son numerosos estrenos y comisiones que bien ameritarían un reconocimiento mayor.

Si bien el número de obras de compositores colombianos o de otras latitudes que han hecho parte de los programas del CCMC en dicho escenario —muchas de ellas estrenos absolutos o en Colombia— nos da una cifra impresionante, el último concierto, del pasado 19 de mayo, amerita, y así me lo propongo, mantenerlo presente, tratando de superar las falencias de comunicación mencionadas, para dejar testimonio de su novedad, importancia y calidad.

La presentación

En la primera parte del programa —interpretado por ul (Música Mixta) conformado por Laura Cubides (flauta) y Daniel Leguizamón (medios electrónicos)— escuchamos de Alejandro Brianza (Argentina, 1989) la obra Koi (2024) para flauta, electroacústica en soporte fijo y video, realizado este por María Paula Jaramillo Gómez (Colombia 1990); de Mesías Maiguashca (Ecuador/Alemania, 1938) Sacateca’s Dance (1985-1992) para flauta y electroacústica en soporte fijo; de Tania Rubio (México, 1987) Grito silente del mar (2023) para flautas, objetos y electroacústica en soporte fijo; y de Jesús Pinzón Urrea (Colombia, 1928-2016) Dicotomía (1984), versión para flauta, guitarra eléctrica, voz y electrónica en tiempo real, en que también participó el Ensamble Baho. Este, conformado por Hernán Darío Guzmán (fagot), Jesús Buendía (electrónica), tendría a su cargo la segunda parte del concierto con Samadhi (2026), para fagot, voz y electrónica en tiempo real, de Rafael Llanos (Colombia, 1983), estreno absoluto.

Consciente del trabajo que ha significado tanto la escogencia de las obras, su relación con los compositores, la complejidad de su montaje, así como la profundidad del contenido y los conceptos expuestos, considero necesario compartir con el lector las notas de Daniel Leguizamón al programa, que me permito citar a continuación.

“A menudo decimos música colombiana —o bien, latinoamericana— para referirnos a una práctica sonora con una función social concreta: atenerse a unas tradiciones particulares, enfocándose en lo local, lo propio. Sin duda, algo que necesitamos. Pero, usado ligeramente, el término implica también una limitación si con ella sugerimos que nuestra música solo puede ser tradicionalista o que su principal aporte es ser solo un recordatorio, una celebración de lo local o, con suerte, una crítica. Frente a esta perspectiva, parte de la música académica contemporánea, colombiana y latinoamericana, ha renunciado a que su condición de origen determine lo que puede o no hacer, y se ha ocupado en explorar otras posibilidades de lo sonoro y reinterpretar lo que por ‘propio’ puede entenderse en nuestras sociedades. 

El presente concierto es una muestra de esas búsquedas en Colombia y otros puntos de América Latina. Lo vemos en el caso de Sacateca’s Dance, de Mesías Maiguashca: parte del ciclo de obras Reading Castaneda, la pieza busca acaso comentar —no representar— lo expuesto por el autor Carlos Castaneda en sus libros sobre la cosmovisión del pueblo Yaqui en México. Pero este diálogo no pasa por la recreación de sonoridades antiguas o aborígenes, ni por algún tipo de apropiación musical indigenista. Más bien, aborda situaciones sonoras e instrumentales actuales, como el empleo de la informática o los medios electrónicos. Aquí, si buscamos identidad, esta debe pasar también por lo electrónico, por lo nuevo. Lo vemos en otro sentido de apertura, dirigida a modos distintos de comprender el quehacer musical, presente en la obra del clásico Jesús Pinzón y su ciclo ‘Sonópticas–música para ver y oír’, del que hace parte Dicotomía.

En este caso, el interés fue propiciar situaciones de co-creación y de creación colectiva por medio una notación no convencional: trazos, formas, abstracciones y vagos elementos de la escritura musical tradicional abiertos a interpretaciones y posibilidades, a veces infinitas. Acercarse como músicos a esta obra es acoger la invitación a proponer, sugerir y desarrollar distintos sonidos, procesos y gestos con un resultado siempre variable, siempre imprevisto, siempre consecuente con la naturaleza de las personas involucradas, sus ideas y sus recursos. Es decir, una música muy propia, pero surgida de la creación, nunca de la recreación. Casos más recientes, como los de Alejandro Brianza y María Alejandra Jaramillo Gómez, Tania Rubio y Rafael Llanos, también nos invitan a situarnos desde otras perspectivas frente a lo local, otras colectividades, otras conciencias. Sucede en Koi, en su referencia al colorido pez asiático así llamado, tema de viejas leyendas que lo muestran nadando río arriba y enfrentando diversos desafíos hasta convertirse en dragón y símbolo de perseverancia, valor y transformación; en el modo en que la flauta remite al shakuhachi en su sonido y su comportamiento; o aún en la organización de la pieza en cinco partes, como los cinco actos del teatro kabuki —cada uno con una función narrativa particular: una introducción, tres actos dedicados a la acción dramática y un cierre reflexivo—, demarcadas por la aparición del hyōshigi, ese instrumento percusivo que se nos aparece desde la electrónica. Está en Grito silente del mar, que nos recuerda la necesidad de pensar lo propio más allá de lo humano, con la alerta sobre la inminente desaparición de diversos hábitats y muchas especies por cuenta de la actividad humana. La obra contrapone dos aspectos del mundo sonoro marino: el deterioro del hábitat y las vocalizaciones de siete especies marinas [Orcinus orca, Physeter macrocephalus, Pseudorca crassidens, Hydrurga leptonyx, Phocoena sinus, Inia geoffrensis, Euphausia superba]; seres con complejos sistemas de comunicación, tanto o más antiguos que los humanos y vitales en las profundidades subacuáticas, de muy limitada visibilidad, donde el sonido viaja grandes distancias permitiendo contacto, localización de comida, protección, navegación y una comprensión general del entorno. 

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Ensamble Baho.

Para la autora, este llamado a escuchar las voces marinas cobra más relevancia frente a casos como la reciente licencia dada a compañías petroleras en el Golfo de México, arriesgando a especies como la ballena endémica Balaenoptera ricei, de la cual sobreviven apenas unos 51 individuos. Y lo tenemos en la invitación que nos hace ‘Samadhi’, término sánscrito dado a un elevado estado de conciencia alcanzado por la meditación, para trascender en la experiencia sonora más allá de lo discursivo y convertir la contemplación en unión con aquello que experimentamos; e incluso, más allá del sentido habitual de la escucha, experimentando lo sonoro también con el tacto, con lo visual, con el movimiento, lo espacial, lo temporal, con lo multidimensional. Es decir, una invitación a estar: si definitivamente nos interesa una música que nos hable de lo que somos, que lo sea porque, efectivamente, aquí estamos”.

Daniel Leguizamón, Laura Cubides, Hernán Darío Guzmán y Jesús Buendía son intérpretes y compositores que hacen parte de la actividad que el CCMC ha venido desarrollando ininterrumpidamente desde su creación en 2010 en pro del desarrollo y difusión de la música contemporánea en y de Colombia, y cuyo alcance ya empieza a ser difícil de calificar debido al número de obras estrenadas, de compositores presentados y promovidos, así como de intérpretes que a lo largo de esta actividad se han venido especializando en el género. Proceso semejante al que se da en un árbol con muchas ramificaciones.

(*) David Feferbaum, músico y gestor cultural, es miembro honorario del CCMC.

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