
Gozar Leyendo con Cambio: animales célebres en la historia y la literatura
Darío Jaramillo Agudelo analiza 'Animales célebres', un libro que se refiere a 40 animales reales, fantásticos y mitológicos que han hecho historia.
Michel Pastoureau, Animales célebres
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Michel Pastoureau (París, 1947) es un historiador francés. Además del presente libro ha publicado exitosos textos, como una Breve historia de los colores, como Azul. Historia de un color o como El oso. Historia de un rey destronado. La traducción y las notas de la edición de Periférica son de Laura Salas Rodríguez.
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Animales célebres comienza afirmando que “durante mucho tiempo, los historiadores no se preocuparon en absoluto por los animales”, pero que ese tiempo ya pasó. Y cuenta que “he seleccionado unos cuarenta animales que he considerado ‘célebres’ en un sentido o en otro en la historia y en las tradiciones occidentales (…). Todos estos animales existieron realmente. Otros pertenecen al ámbito de la leyenda, la fábula, las creencias, la literatura o la iconografía. Es el caso de los animales bíblicos (la serpiente del Génesis, la burra de Balaam, la ballena de Jonás) y mitológicos (el Minotauro, el caballo de Troya). Lo mismo ocurre con los animales pertenecientes a textos literarios (Renart) y el universo de las imágenes (el cerdo de san Antonio, Mickey, Donald, Milú). Y, por fin, con aquellos extraídos del mundo de los emblemas y los símbolos (el leopardo inglés), del de los objetos (el oso de peluche Teddy Bear) o el de la fantasía (el monstruo del lago Ness). Da la impresión de que el aspecto imaginario ocupa más espacio que la realidad en mi selección. Pero es que el historiador no debe empeñarse en contraponer lo imaginario a la realidad. Para él, como ocurre con el etnólogo, el antropólogo o el sociólogo, lo imaginario siempre debe formar parte de lo real”.
Entre los animales del Antiguo Testamento cita “la serpiente de la caída, el cuervo y la paloma del Arca, el cordero que sacrificaron en lugar de Isaac, el becerro de oro y la serpiente de bronce, la burra de Balaam, el león que abatió a Sansón…, el oso y el león que venció el joven David para proteger sus ovejas, el pez y el perro de Tobías, los cuervos de Elías, la osa de Eliseo, los leones de Daniel, la ballena de Jonás”. Entre los del Nuevo Testamento, Pastoureau destaca “el cordero del Salvador, la paloma del Espíritu Santo, el asno y el buey de la natividad, la borriquilla de la huida a Egipto, el pollino con que entró Cristo a Jerusalén, el pescado sustraído por Judas, el gallo de la negación, el Tetramorfos, los cuatro caballos, y el dragón y las bestias monstruosas del Apocalipsis”.
“Para los judíos, el burro es un animal impuro; está prohibido comer su carne, ofrecerla en sacrificio y ‘arar con buey y con asno a la vez’ (Deuteronomio 22, 10)”. El Antiguo Testamento desacredita al burro “en múltiples ocasiones al poner de manifiesto que cualquier beneficio que se obtenga de ellos sirve solo para hacer el mal. Sansón masacra a mil filisteos con una mandíbula de asno (Jueces 15, 14-17), objeto que, según ciertas tradiciones, ya había servido a Caín para matar a Abel (Génesis 4, 3-8). Para los Padres de la Iglesia, el asno es símbolo de ignorancia, de estupidez, de tozudez, de pereza y, sobre todo, de lubricidad”. Tal la Biblia, que se inscribe para esto en una tradición: “sobre todo bajo la figura de son de pelaje rojo, que ya en el antiguo Egipto encarnaba las fuerzas del mal y que, en el siglo XVIII, sigue simbolizando la maldad, como lo atestigua la expresión francesa (…) ‘ser más malo que un asno rojo’”. Las torpezas de un hombre se muestran en la Biblia, comparándolas con el burro que las supera: tal es la historia de la burra de Balaam, que cuenta que el cuadrúpedo y no el mago y sabio Balaam es quien “había visto lo que hacía falta ver y oído lo que hacía falta oír”.
Por contraste, en la tradición cristiana hay una simpatía especial por la burra blanca que montaba Jesucristo cuando entró a Jerusalén: “con el paso del tiempo, esa burra que tuvo el honor de llevar en su lomo a Cristo, fue casi beatificada: se la glorifica, se le traza una genealogía (…) y se imagina su historia tras la crucifixión: abandona Jerusalén, ciudad deicida, y Tierra Santa, para huir hacia Italia a bordo de un navío griego y acabar sus días en Verona. De hecho, en esta ciudad, desde el siglo XIII al menos y hasta el siglo XVIII, se veneraron las reliquias de la burra”.
Sin embargo, “según las enciclopedias de la Edad Media, el burro es uno de los animales más estúpidos y obstinados de la creación. Tanto en latín como en las lenguas vernáculas son numerosos los proverbios, los juegos de palabras, las expresiones y los insultos que mencionan su necedad y su obstinación (…). No sólo es tonto e ignorante, sino también tozudo, perezoso y, sobre todo, lascivo. Por suerte, esta simbología no es siempre negativa; algunos autores del siglo XIII le atribuyen también cierto número de virtudes… el asno es humilde, sobrio y paciente; si su amo sabe tratarlo, el asno se mostrará valeroso, trabajador y pacífico”.
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Pastoureau dedica unos párrafos a la serpiente, que no es sólo instrumento del Diablo sino que se identifica con éste formando los dos un solo ser. Por eso, el Génesis dice que “sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida”. Comenzando por la serpiente que tienta a Eva, todas las serpientes que aparecen en la Biblia son malas “con una excepción: la serpiente de bronce modelada por Moisés siguiendo las recomendaciones de Yahvé; ‘aquellos que sufran la mordedura o picadura de una serpiente o de un animal venenoso no tienen más que mirarla para conservar la vida’” (Números 21, 6-9).
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Fue la tradición la que estableció que el gran pez que se tragó a Jonás fue una ballena. “Para los bestiarios medievales, la enorme criatura marina es una figura diabólica emparentada con el Leviatán del que habla la Biblia. Explican cómo se alimenta la ballena: si tiene hambre, abre la enorme boca y exhala una fragancia maravillosa que atrae a los demás peces; cuando un número cuantioso ha entrado en su boca, la cierra con violencia y los devora (…). Algunos autores de los siglos XII y XIII, siguiendo a Aristóteles, señalan que, como todos los animales de gran tamaño, las ballenas se aparean rara vez y procrean poco. De este modo, les atribuyen costumbres castas y recomiendan el consumo de carne de ballena para luchar contra las tentaciones”.
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Es curioso que la Biblia no mencione ninguno de los animales que suben al arca. Pero los ilustradores de diferentes épocas si se han ocupado de mostrarlos. En la Edad Media, el león está presente en cuatro de cada cinco ocasiones, luego el oso, el jabalí y el ciervo, “y, después, los animales domésticos; los farolillos rojos son los animales de tamaño pequeño, ratas y serpientes”. Curioso que no figure el caballo, que sólo aparecerá entre los dibujantes del siglo XVII. Esto porque “para la sensibilidad de la época feudal, el caballo era más que un animal (… y) su lugar no estaba entre los animales, sino junto a los hombres”. Los dos únicos animales del arca que precisa el Génesis son el cuervo y la paloma, a los que Noé envía a inspeccionar para saber cuándo salir del arca. La paloma regresa con un ramo de olivo, pero el cuervo, que se queda dándose un banquete de carroña “en lugar de acudir a anunciar la buena noticia, fue maldito y se convirtió para los hebreos en un pájaro impuro y mortífero (cosa que no era ni remotamente para los griegos o romanos, menos aún). La paloma, por el contrario, fue elogiada y santificada (…). Su retorno al arca prefigura la iconografía posterior referente al descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles el día de Pentecostés”.
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Vuelvo al caballo: “aunque sólo lo montaron tardíamente, los griegos de la época arcaica admiraban al caballo, en el que veían al más bello y libre de todos los animales, atributo de los dioses, símbolo del movimiento perfecto y, como tal, imagen del ritmo y de la música. Le atribuyen una inteligencia y unos sentimientos parecidos a los del hombre y le conceden origen divino: el primer caballo, llamado Arión (…) nace de la unión de Poseidón y Deméter, y todos sus descendientes son consagrados al dios del mar (…). Tiran del carro del dios marino y a través de los océanos y, cuando tienen alas, como Pegaso, a veces se elevan por el cielo. El caballo, criatura admirable y completa, pertenece entonces a tres mundos: al de la tierra, al del aire y al del agua”.
Las cuevas de Lascaux fue pintada mucho antes que Noé, quien era sedentario (¡cultivaba uvas!), y data de alrededor de 16.000 años antes de Cristo; en ella hay “más de quinientos animales, la mitad de ellos caballos. Aun así, éstos resultan menos impresionantes que los bisontes bicolores, los ciervos del ábside, el panel de la vaca negra en la nave y, sobre todo, los grandes uros [toros primitivos] pintados en la rotonda. El más monumental de ellos supera los cinco metros”. Ya que estamos retrocediendo en el tiempo, es el momento de mencionar la cueva de Altamira, pintada hace 30.000 años: “los dos animales que se representan con más asiduidad son el caballo y el bisonte. Después van el ciervo, el uro, el íbice, el reno y el mamut. El oso, el rinoceronte, los felinos, los pájaros y los peces son más raros. Y aún más el lobo, el gamo, la gamuza, el alce, las serpientes y los insectos que, sin embargo, aparecen registrados en alguna ocasión”.
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El toro forma parte del Minotauro –mitad hombre, mitad toro–, y “es uno de los animales más representados en la pintura parietal del Paleolítico”, especialmente en Creta, “donde la taurolatría antigua conoció sus manifestaciones más intensas” . Sin embargo, “la India sigue siendo hasta nuestros días el país de los bovinos sagrados”, aunque “la divinidad más antigua en forma de toro de la que dan fe los documentos es el dios sumerio Enlil, instrumento privilegiado de las relaciones entre el cielo y la tierra, al que, ya a finales del cuarto milenio antes de nuestra era, se sacrifica gran número de toros”.
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Vámonos para Roma. Siglo IV antes de Cristo: tribus galas, violentas, asedian la ciudad de Roma. Los romanos se refugian en el Capitolio y, tras varias semanas cuando ya el hambre los acosa, los galos intentan una noche tomarse el Capitolio: “los galos avanzaron silenciosamente en plena oscuridad. Pero su plan se vio desbaratado por los gansos sagrados que, más vigilantes que los romanos, más vigilantes incluso que los perros encargados de guardar el templo, oyeron los pasos de los enemigos y comenzaron a soltar unos agudos gritos que desertaron todos los que se habían refugiado en el recinto (…), la presencia de aves en los templos era habitual entre griegos y romanos; se criaban allí antes de ser sacrificados a los dioses, sobre todo los gansos, animales particularmente venerados por los pueblos de la Antigüedad, incluidos los bárbaros, celtas y germanos (…). Como agradecimiento a los gansos del Capitolio no se los sacrificó a los dioses, sino que se los dejó morir de muerte natural en el recinto sagrado (…). En cambio, los perros, que habían fracasado en su misión, recibieron su castigo. Su falta de atención contribuyó a acentuar la desconfianza que suscitó en los romanos durante largo tiempo la raza canina, impura e ingrata”.
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“Todos los autores antiguos que han escrito sobre los gansos se empeñan en señalar su inteligencia, su capacidad de vigilancia y su prudencia. Asimismo, se maravillan de sus costumbres amorosas: el ganso es fiel; pero el macho, muy celoso, vigila sin cesar a la hembra y no vacila en atacar a cualquier otro macho que se acerque demasiado. Además, los autores destacan su gran utilidad para conocer el futuro”.
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Ambivalencia porcina. “En la Europa cristiana de la Edad Media, junto al cerdo sórdido y voraz que se revuelca en el fango, que se nutre de alimentos infectos y de carroña, que sólo piensa en comer y nunca levanta la cabeza hacia el cielo, existe un cerdo virtuoso y bienhechor, el de la hagiografía y el folclore: el cerdo compañero de los santos. Son bastantes los que lo tienen de escolta, pero el más conocido de todos es Antonio, el gran san Antonio”.
San Antonio vivió durante el siglo III, se retiró al desierto muy joven “para seguir la llamada de Cristo”. El diablo lo tentó muchas veces y lo atacó encarnándose en animales, principalmente, lobos y jabalís. En el siglo XI las reliquias del santo se trasladaron de Constantinopla a Austria, donde quedaron al cuidado de la comunidad de san Antonio, comunidad que “conoció una rápida y masiva expansión en toda Europa, sobre todo en medios urbanos. Además de sus actividades caritativas, se especializó en la ganadería porcina”. La carne de cerdo les servía para alimentar a los indigentes y por los efectos curativos del tocino, en los males de las pestes. A partir del siglo VIII las pinturas de san Antonio aparecen con un cerdo. Y “a partir del siglo XV, la iconografía de san Antonio se vuelve prolífica. Muchos pintores de renombre le dedican una o dos obras –Brueghel, el Bosco, Teniers, Tintoretto, El Veronés– y ninguno olvida dotarlo de su fiel cerdo (…). Antonio se convirtió –de manera casi natural, se podría decir– en patrón de los porqueros, de los carniceros, de los charcuteros, de los escoberos (que fabricaban los cepillos con sus cerdas)”.

Sigo con un tema porcino-penal. Los hechos ocurrieron en Falaise, Francia. En los primeros días de enero de 1386 una cerda callejera mató a un bebé de tres meses: “le devoró el brazo al niño y una parte del rostro, de tal modo que murió” y fue juzgada por eso. “El proceso duró nueve días y se le nombró defensor de oficio pero fue condenada a morir tras sufrir las mismas mutilaciones que había infligido a su víctima (…). Al animal se le comunicó la sentencia en la celda, como se le habría hecho a una persona. El día de la ejecución, la cerda, ‘vestida con ropa de hombre, fue arrastrada por una yegua’. Llegaron a la plaza, donde había una multitud esperando. Estaba también el vizconde de Falaise, la autoridad civil del lugar, quien había prescrito que también estuvieran presentes los campesinos de la región acompañados de sus cerdos del lugar. Un verdugo contratado mutiló a la cerda y luego “la colgó por los jarretes traseros de una horca de madera colocada para tal efecto, y la dejó en aquella posición hasta que murió. Pero el espectáculo no acabó ahí”. Ataron a la yegua el cadáver de la cerda y lo arrastraron dándole varias vueltas a la plaza y luego pusieron el cadáver en un pira y lo quemaron. No fue un caso único. A finales del siglo XIV hubo más casos de cerdos acusados, juzgados y condenados a muerte por varios delitos; nueve de cada diez animales juzgados y condenados fueron cerdos. ¿Por qué los cerdos? Pastoureau dice que porque era el animal más abundante en los centros urbanos y que había bastantes cerdos sin dueño, vagabundos: “se les ve por plazas, calles, jardines e incluso en los cementerios, (donde intentan desenterrar cadáveres)”.
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Las casas de fieras. Durante la Edad Media, el más ostensible símbolo de poder de los reyes consistía en sus colecciones de animales exóticos. “Había que exhibir bestias salvajes, llegadas de lejos, del maravilloso Oriente, a la vez africano y asiático (…). Carlomagno ya es dueño de leones y panteras en Aquisgrán, cerca de su palacio (…). No busca leones, sino animales mucho más espectaculares, más extraños, animales que no se ven nunca en occidente: elefantes que otorgarán a su corte el prestigio de los antiguos emperadores romanos y de los soberanos del Oriente bizantino o musulmán (…), aquel animal asombroso ‘semejante a una montaña’, ‘más inteligente que un caballo’ (…) y de una castidad irreprochable. En efecto, se pensaba que los elefantes no se apareaban más que una vez en toda su vida”.
Rinocerontes versus elefantes. “El 20 de mayo de 1515 llegó a Lisboa el animal más extraordinario que se había visto en Europa desde hacía más de un milenio: el rinoceronte”. No había llegado ninguno desde los tiempos de los emperadores romanos. Era un regalo que le hacía el sultán de Cambay al rey Manuel I de Portugal y que tardó más de tres meses y medio entre un barco que vino desde la India. Los marineros lo bautizaron con el nombre de Ulises. “Medía más de seis pies de alto y con un peso que hoy podría cifrarse en más de dos toneladas”. Al verlo, Manuel quiso saber “quién era el más fuerte de los animales, el rinoceronte o el elefante. Para satisfacer su curiosidad planeó ponerlos a luchar en una plaza especialmente diseñada a este efecto (…) y toda Lisboa se regocijaba de asistir a un combate semejante. La liza tuvo lugar el 3 de junio de 1515. Pero el rey y los espectadores sufrieron una decepción: el elefante, demasiado joven y maltrecho, rechazaba el enfrentamiento y no dejaba de huir ante los asaltos de su adversario. El rinoceronte fue declarado vencedor y proclamado ‘el más fuerte de los animales terrestres’”.
Algo más sobre Ulises. El impresor Valentin Fernandes estaba en Lisboa cuando llegó Ulises y le mandó dibujos de la bestia a Durero, dibujos que dieron lugar al famosísimo grabado que desarrolló el propio Durero sin haber visto nunca en vivo a un rinoceronte.
Tener zoológico propio e ir de cacería eran dos símbolos de poder comunes a prácticamente todos los soberanos europeos de la Edad Media, con una notable excepción, san Luis, rey de Francia entre 1226 y 1270, que no era cazador y no le gustaban los animales, “ni los salvajes ni los domésticos”; el sultán de Egipto, que no sabía esto, le regaló un elefante en 1254 y san Luis más tardó en recibirlo que en regalárselo a su cuñado Enrique III, rey de Francia, forofo del mundo zoológico, quien tenía una enorme colección encabezada por un enorme oso blanco.
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Hasta antes del siglo X, el oso era el rey de los animales, no el león que tenía sus enemigos, como san Agustín y varios otros Padres de la Iglesia que lo veían como “un animal diabólico: el león es violento, cruel, tiránico; no emplea su fiereza al servicio del bien, sus fauces recuerdan al abismo del infierno”. Pero hacia el año mil, comienza su reivindicación y “asistimos a una irrupción masiva de leones y caballeros con leones, primero como motivos figurados y después como temas literarios (…). A finales del siglo XII, todos los soberanos de Occidente usan escudo de armas, al igual que gran parte de la nobleza. Y en estos escudos el león es con mucho la imagen más frecuente: figura en más del quince por ciento de ellos. Se trata de una proporción destacable, pues el águila, su único rival en el bestiario heráldico, no pasa del tres por ciento”.
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El ascenso social de los perros. Los dos últimos reyes franceses de la dinastía Valois, de quienes Pastoureau cuenta que eran “príncipes extraños y más o menos retrasados”, a contracorriente de la consideración que se les daba en su época, adoraban a los perros. “Carlos IX (1561-1574) fue un apasionado de la caza y también de los perros, tenía dos grandes dogos –regalo de la reina de Inglaterra– que eran extremadamente agresivos. Hay constancia de que agredieron y mataron una vaca –se sabe porque su dueño fue indemnizado con la enorme cantidad de 25 libras”. Además de sus dogos, Carlos IX tenía una pequeña perra llamada Courte que dormía en la cama real. “El rey había mandado que le confeccionasen un camisón de terciopelo verde que un lacayo le ponía a la hora de acostarse; por la mañana chapoteaba en la cuba real, luego se subía a la mesa y se alimentaba de los manjares que le presentaban a su amo”; se sabe que Courte adoraba el mazapán. El sucesor de Carlos IX fue su hermano, Enrique III (1574-1589), a quien le gustaban los perros minúsculos. “Todos sus contemporáneos lo vieron transportar tres en una cestita ricamente decorada; cestita que llevaba siempre atada a una larga cinta alrededor de su cuello” y condecoró a un cortesano “cuyo único mérito fue haberle limpiado las patas a los dos perritos que el rey amaba sobre todas las cosas después de que jugasen en el barro. Tales hechos, que hoy en día nos hacen sonreír, no son sólo anecdóticos. Se trata también de documentos históricos sobre el ascenso social de los perros al principio de la Edad Moderna. La Antigüedad greco-romana los despreciaba y, salvo algunas excepciones, los consideraba impuros y mortíferos; la Edad Media tampoco les profesaba demasiada estima, dejando aparte a los perros de caza y, de forma tardía, a los lebreles; el siglo XVI, por el contrario, les devolvió su valor y los convirtió de forma definitiva en compañeros fieles y queridos de los seres humanos”.
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El ascenso social de los gatos. “El gato fue considerado durante largo tiempo en Europa un animal negativo, un ser secreto y malvado, atributo de las brujas, criatura del Diablo. Se le reprochan sus costumbres nocturnas, su independencia, su pelaje negro o atigrado. Se creía que participaba en los aquelarres, que era animal adorado por sectas heréticas, que tenía el poder de lanzar hechizos (sobre todo en el terreno amoroso) y de atraer la desgracia en una persona o en una casa. Por lo demás, hasta el siglo XIV, cuando se le domesticó en gran medida, no entraba en las viviendas, donde para ahuyentar a ratas y ratones solía preferirse a una comadreja o a un hurón (…). Desde finales de la Edad Media, en efecto, se fue permitiendo más a los gatos la entrada en las casas (cosa que aún era rara en el caso de los perros), y en ciertas ocasiones se le consideraba parte de la familia. El punto de inflexión en este asunto se sitúa a mediados del siglo XIV, momento en que la peste negra hizo estragos y mató a cerca de un tercio de la población europea. Se entendió que la gran gata negra era uno de los agentes que propagaban la epidemia y que para acabar con ella ni la comadreja ni el hurón resultaban eficaces. El gato asumió dicha tarea y fue objeto de nuevas atenciones. Poco a poco se convirtió en un animal doméstico por derecho propio (…). Los hombres de letras, sobre todo, celebraron a su gato o su gata, contribuyendo de ese modo a darle valor al animal: Carlos de Orleans, Montaigne, La Fontaine, Fontenelle o Montesquieu son los más conocidos, pero hay muchos otros. Sin embargo, por parte del común de los mortales, fueron sobre todo las mujeres las que aseguraron el ascenso social del gato, y quienes contribuyeron a hacer de él, junto con el perro –que también gana valor a partir del Renacimiento–, el animal preferido de los europeos”.
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Pastoureau destaca dos momentos de la literatura francesa en los que aparecen obras que humanizan a los animales. El primero va del siglo XII al siglo XIV, el tiempo que dura en conformarse un grupo de 27 poemas, el Roman de Renart: “una verdadera sociedad animal, organizada a imagen de la de los hombres. Cada especie aparece representada por un animal que posee un nombre propio, elegido por sus características físicas o su simbología tradicional (…). Cada personaje aparece nítidamente individualizado: tiene su carácter, su historia, sus costumbres y su familia (…). El lobo es condestable, el asno, arzobispo; el mono, bufón (…). Todos los animales hablan y se comportan como humanos”. El segundo momento va de 1668 a 1694, período durante el cual “Jean de La Fontaine publicó treinta ocho fábulas (…). La recurrencia constante de ciertos animales –seis de ellos se encuentran en diez fábulas o más (el león, el lobo, el zorro, el asno, el perro, la rata), y otros son casi igual de frecuentes (el gallo, el mono, el cuervo, el buey)– hacen de este campo un mundo en sí, un universo cerrado. Al contrario de lo que solemos creer, dicho bestiario no comporta un elevado número de especies: hay menos de cincuenta para alrededor de doscientas treinta y ocho fábulas”.
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Los romanos llegaron a importar jirafas de África, pero durante los siguientes 2.000 años, que se sepa, no hubo jirafas en Europa salvo una que recibió Lorenzo de Médicis en 1486. La primera jirafa que vieron los franceses fue en 1826, un regalo del gobernante de Egipto al rey Carlos IX. Un regalo idéntico llegó también para el rey de Inglaterra. Ambas jirafas fueron capturadas al tiempo y “desde que llegaron a Alejandría, todo el mundo quedó estupefacto por su dulzura y su falta de desconfianza”. Luego siguieron veinticinco días en barco, hasta Marsella, también con tres vacas que proporcionaban los cincuenta litros de leche necesarios para alimentar a la jirafa.
Una vez en puerto, fue sometida a una larga cuarentena durante la cual los marselleses disfrutaron de la joven jirafa, hasta pasados el invierno y la primavera cuando emprendió un viaje triunfal hasta París acompañada de un conocido zoólogo francés, Geoffroy Saint-Hilaire, sus tres vacas y dos egipcios que venían con ella desde África.
“La subida por el valle del Ródano provocó un fervor popular sin precedentes desde la Revolución. En cada ciudad o pueblo que atravesaban, el alborozo era generalizado (…). Los mayores desórdenes se formaron en Lyon. El cortejo, que parecía más un circo ambulante que el camino oficial de un regalo destinado al rey, llegó a la ciudad el 5 de julio de 1827. Al día siguiente, más de treinta mil personas se apretujaron en la plaza de Bellecour para ver, si no tocar, a la jirafa, pues todo el mundo quería palpar a la extraña criatura, que se suponía que traía felicidad. Durante varios días se sucedieron jaleos, empujones, altercados y contratiempos. Pero al animal no pareció importarle demasiado”.
Veintidós días después de su partida de Lyon, entraron en París. A la llegada, el zoólogo y todos los acompañantes estaban agotados, pero la jirafa estaba más fresca y hasta había ganado peso. Las calles estaban abarrotadas de curiosos y el rey camino a su lado hasta que quedó instalada en una rotonda que mantenía una temperatura constante. “Durante varios meses, París padeció una ‘jirafomanía’ parecida a la que había cundido en Florencia tres siglos y medio antes. Se compusieron poemas, canciones y obras de teatro en honor de la jirafa. Se fabricaron pasteles y dulces que representaban su forma. La imagen del animal apareció en objetos de todo tipo: desde el piano hasta el jabón, pasando por la vajilla, el mobiliario y el papel pintado (…). La jirafa permaneció dieciocho años en el Jardín Botánico. Murió el 12 de enero de 1845”.
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Los últimos personajes del libro de Pastoureau son animales de consumo o mediáticos, empezando por el oso de peluche, un juguete que fue inventado dos veces a principios del siglo XX, simultáneamente, una en Estados Unidos y otra en Alemania, y que se llegó a establecer como el más frecuente acompañante de los niños del último siglo: “El oso de peluche, primer compañero del niño (a veces, incluso, comprado antes de su nacimiento) es el depositario de los primeros olores que reconoce y reencuentra con agrado. Además, favorece el despertar del niño a la sensualidad táctil (tocar, besar, chupar) y le permite manifestar sus primeros instintos de posesión y dominación, es decir, de sadismo: pellizcar, retorcer, morder. El oso de peluche es el primer objeto del niño del que posee absoluto dominio, es libre para hacer lo que quiera con él, para llevarlo donde quiera, al colegio, al hospital, al campamento de vacaciones. Incluso puede torturarlo o destruirlo sin tener que dar cuentas por ello a nadie”.
El ratón Mickey (nacido en 1927) y el pato Donald (nacido en 1934) son las dos primeras y más grandes celebridades del universo de Walt Disney. A éstos se añade el perro de Tintín, Milú, aparecido en 1929, que compite con Snoopy, el perro de Carlitos, por ser el perro más famoso de las tiras cómicas. En otro plano, a lista de celebridades caninas del siglo XX se añade Laika (1957), la primera perra astronauta.
El libro termina con Dolly, la primera oveja clonada, en 1997.
Michel Pastoureau,
Animales célebres
Periférica

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