
José Saramago y su invitación a una literatura que incomode
Homenaje a José Saramago, un escritor que dejó una profunda huella y reflexionó acerca de temas trascendentales como el mal, la muerte, las instituciones y el triunfo del amor.
Por: Maria Clara Salive
El pasado 18 de junio, hace ya 16 años, murió un inmortal, el escritor portugués José Saramago, quien entre los 58 y 87 años publicó 14 de sus más exitosas novelas. Cargadas de profundas reflexiones sobre el mal, la crisis de las instituciones, la indolencia de Dios y, en pocas ocasiones, pero con una fuerza impactante, el triunfo del amor, le merecieron el premio Nobel de Literatura en 1998.
A pesar de tantos estudios sobre la obra de este escritor portugués, que en su momento le entregó el premio Alfaguara a Laura Restrepo y hasta admitía envidiar lo bien que escribía Gabriel García Márquez, siempre hay algo más que decir sobre la potencia de su obra y su visión pesimista de la realidad.
En las Intermitencias de la muerte, una de sus distopías o utopías inversas, personifica la parca que le corresponde a un país, y esta simplemente deja de cumplir su función por seis meses en que la gente queda en una muerte suspendida. Tras mostrar la corrupción de los poderes y la impotencia de la religión, mediante una sátira llena de su particular humor negro, sus reflexiones hacen mella de cómo en medio de “la convulsa realidad del universo en qué somos un hilo de mierda dispuesto a disolverse”, el arte sobrevive, así sea para recordarnos a los seres humanos que podríamos dar más en nuestro efímero paso por la tierra.
Aunque estoy de acuerdo con el mismo autor en que la literatura no está para darnos lecciones, nos permite desde su ambigüedad afrontar inquietudes, nombrar lo innombrable, prestarnos palabras para pensar o decir lo que no somos capaces o, como lo hace Saramago, incomodar, en el momento en que la crudeza de un texto como el Ensayo de la ceguera, una cruda novela en que los habitantes de una ciudad dejan de ver y son masivamente aislados en un manicomio, se hace verosímil al compararlo con el cúmulo de noticias atroces que aparecen en las noticias.
Frente a esto, es respetable que muchos decidan huir de lecturas negativas; sin embargo, leer al pragmático y existencialista Saramago también sirve de catarsis. Sus distopías o utopías inversas que pone a los personajes sin nombre en situaciones límites como una epidemia de ceguera, un país en que la muerte va y viene, o unas elecciones en que todos votan en blanco –El ensayo de la lucidez– es una manera de dejar el sabor de que, si bien las instituciones se corrompen y el individualismo moderno nos hace seres alienados, también hay un mal del que todos podemos llegar a ser cómplices: la indiferencia.
Por ello, pensar en que la muerte hace parte de la vida y enfrentarnos la vulnerabilidad de los seres humanos, como ocurrió en la pandemia, no es entrar en conversaciones de mal gusto. Es darnos cuenta de que, en medio de esta happycracia, concepto acuñado por Eva Illuz para describir el culto a la felicidad que nos vende el capitalismo, también debe haber espacios para sacudirnos y abrir los ojos.
Hablar de la muerte también puede ser hablar de qué hacer con el presente en el que estamos vivos, y por ello Saramago no solo se dedicó a escribir, sino después de obtener el Premio Nobel, viajó por el mundo para defender los derechos humanos.
En su literatura y en sus entrevistas quedaron innumerables lecciones de filosofía, aunque también con sus principios anárquicos, renegó de los límites entre los géneros. Así, en un discurso supremamente poético el día de la entrega de este premio, hace alarde de su paupérrima niñez pero de la sabiduría de sus sencillos abuelos.
En un mundo en que el arte está para conmovernos y que es un regalo pensar de forma independiente, no podría pasar este mes de junio sin releer a Saramago y hacerle un homenaje a la impostura lúcida de una obra que, aunque reniega de la bondad humana, también exalta la lucidez de las mujeres y la libertad de los cuerpos simples en un momento en que la palabra merece un lugar y más cuando su uso ennoblece la existencia.
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