
Un llamado solidario que no puede ser desoído
“Nuestro progresismo latinoamericano, caracterizado por un extremo antiliberalismo, se ha históricamente caracterizado por la complacencia cuando no con la complicidad a la hora de criticar las violencias ejercidas por regímenes de izquierda”
Por Rubén Chababo
El mapa político de la región latinoamericana cambia, y eso es saludable porque ese cambio tiene que ver con la voluntad de las sociedades expresada a través de las urnas, es decir, es la expresión más acabada de la consolidación del régimen democrático en una región que en el pasado reciente fue duramente castigada por regímenes autoritarios que limitaron al extremo la mínima posibilidad de intervención pública.
Este cambio al que asistimos está encarnado por administraciones lideradas por figuras políticas que lograron, todas ellas, llegar al poder haciendo “pleno uso” del ejercicio democrático, es decir, enfrentándose a sus adversarios políticos sobre la base del debate y la discusión pública pero también de la activa movilización en las calles. En este sentido, todos quienes han llegado al poder, en un amplio arco que va de la izquierda a la derecha, lo han hecho ejerciendo su derecho a manifestar democráticamente su desacuerdo con las administraciones que se propusieron reemplazar. En el caso de los llamados progresismos, tanto Gabriel Boric en Chile como Gustavo Petro en Colombia encarnan en sus figuras y trayectorias políticas tanto el triunfo de la protesta social como la arrasadora fuerza de la movilización popular como estrategia para llegar al poder.
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