Laura Restrepo y Pedro Saboulard narran el drama de una presa política en Nicaragua

Tamara Dávila.

Crédito: Redes sociales: @TamaraDvila3

31 Diciembre 2023

Laura Restrepo y Pedro Saboulard narran el drama de una presa política en Nicaragua

La escritora Laura Restrepo y Pedro Saboulard relatan en este texto, publicado en exclusiva por CAMBIO, la estremecedora historia de Tamara, joven madre y dirigente feminista y antidictatorial, presa política que finalmente fue sacada con otras de El Chipote, prisión del régimen de Daniel Ortega en Managua, en la incertidumbre de la media noche, y embarcada en un vertiginoso viaje con destino desconocido. Su historia sale hoy a la luz y corta el aliento.

Por: Laura Restrepo y Pedro Saboulard

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TAMARA APRETABA EN EL PUÑO EL MINÚSCULO TROZO DE PAPEL QUE LA MANTENÍA ATADA A LA VIDA Y A LA ESPERANZA. EN ÉL ESTABAN ESCRITAS SOLO DOS PALABRAS.

Las señales estaban presentes, pero Tamara no lograba interpretarlas. Caía la noche del 8 de febrero de 2022 y ella cumplía 606 días –casi 20 meses– en El Chipote, prisión de aura negra desde la era de Somoza, quien solía encerrar allí a los disidentes políticos. El gobierno de Ortega la utilizaba ahora con idéntico fin. Era irónico, por decir lo menos, que el propio Ortega, en sus tiempos ya remotos de compromiso antidictatorial, hubiera pasado siete años confinado en ese mismo lugar. 

A Tamara le pasaron la comida inusualmente temprano. Eso no la sorprendió del todo; cualquier cosa era normal dentro de la anormalidad del Chipote. Más se extrañó hacia las nueve de la noche, cuando le ordenaron volver a limpiar su celda. Ya lo había hecho a la mañana, según la rutina. Aunque en El Chipote rutina fuera apenas otro de los nombres de la humillación; los jefes la alteraban o la suprimían según les cantara la gana.

Tamara se preguntó por qué esa noche ordenaban limpiar de nuevo, y tan tarde, cuando se suponía que ya la dejaran en paz. ¿Paz? Apenas un decir. A lo largo de las noches la atormentaban con ruidos, golpes de puertas e insultos para impedirle dormir. Metodología de la llamada tortura blanda. Casi a diario la interrogaban y le machacaban el nombre de su hija para enloquecerla de dolor. De los 22 agentes que se turnaban para apretarla, tiene un recuerdo particularmente amargo de dos: una mujer insidiosa y un tipo guapo, a quienes ella llamaba respectivamente la Gestapo y el Teniente Francés. Ambos crueles por igual. Mala madre –ponían el dedo en la llaga de su culpa–, ni siquiera sabes dónde está tu hija, la abandonaste por andar de revoltosa, si no hubieras sido idiota, tu hija estaría contigo. 

–Me mantenían en celda de aislamiento –dice–, las únicas caras que veía eran las de mis interrogadores.

En torno a ella ningún rastro de humanidad, apenas las manos de guardias invisibles que pasaban la comida por la rejilla, a veces con una palabra amable. Ella les agradecía a esas manos el pan de cada día. Su consuelo era la luz natural que entraba por una alta claraboya. Parada en el inodoro y estirando el cuello, podía vislumbrar un retazo del mundo exterior a través de esa pequeña abertura.

Allá afuera estaría su hija, en algún lado su hija, su hijita, su Pajarita, el amor de su vida, su agonía, su razón, su esperanza. Se la habían arrancado de los brazos el día del allanamiento y el arresto. Salir viva de la cárcel para volver a verla era su anhelo, el run run obsesivo de su mente, la salvaguarda contra el abatimiento y la locura. ¿Pero cuándo, cómo, dónde? Si al menos las pulsaciones de la noche fueran señales y ella tuviera el don de interpretarlas... Lloraba antes de dormirse pensando en la niña, se despertaba pensando en ella y lloraba. El resto del día procuraba mantenerse alerta y activa. 

Alejada de las otras presas, sin un libro, ni un lápiz, nada con que distraer la monotonía apabullante, el único objetivo de su inteligencia era su propia mente, el tropel brutal de sus emociones. Descubrió dentro de sí tres fuerzas impetuosas: una resistencia a toda prueba, una rabia lenta y lúcida y un dolor lacerante ¿Cómo equilibrarlas? ¿Cómo impedir que la destrozaran y, en cambio, utilizarlas a su favor?

Resistiría. Por su hija: aguantaría. No iban a doblegarla. Sana y entera de cuerpo y alma, así iba a permanecer, se lo juraba a la niña, a sí misma se lo aseguraba. 

Esa noche, la del 8 de febrero, escuchó el canto de pájaros nocturnos. Algo le decían, pero ¿qué?

                                                                   *  *  *

¿Limpiar la celda otra vez? La orden era arbitraria e inusual. ¿Advertencia, acaso? Tamara fregó con el trapero el piso de cemento y creyó entender que esa noche no sería como las demás. Algo iba a suceder, quizá para mejor, seguramente para peor. Algo iba a suceder.

En lo alto del muro de su celda, Nicaragua estaba contenida en el rectángulo del tragaluz. Por ahí habían ido pasando las mañanas benditas y las tardes tibias. Las noches tropicales de Centroamérica, qué bonito sonaba esa frase y qué violenta nostalgia despertaba. Amaneceres en la claraboya, como en un verso de Cardenal, a la hora en que el lucero nistoyolero de Chontales levanta a las inditas a hacer nistoyol, y salen el chiclero, el maderero y el raicillero con los platanales todavía plateados por la luna, con el grito del coyotesolo y el perico melero y el chiflido de la lechuza a la luz de la luna.

Tamara escuchaba a los pájaros, cantaba con ellos y con suerte los veía volar, cuando atravesaban raudos el rectángulo de luz. En momentos de alegría, podía adivinar incluso el color del horizonte. Las noches de luna llena le indicaban el ritmo del universo. Le rezaba a la luna, se bañaba en luz de luna.

–Para mí, Dios eran los pájaros, Dios era la luna –dice–. Dios eran las mujeres de mi clan familiar. A ellas les rezaba, les rogaba por mi hija, les imploraba el reencuentro. Ellas, las mujeres fuertes, luchadoras, maestras, protectoras, generosas, ellas eran el Dios bueno que velaba por mi libertad.

                                                        *  *  *

En la noche del 8 de febrero, Tamara elucubraba mientras trapeaba el piso. ¿Qué tramaban los jefes? ¿Traer más presas? ¿Redistribuir las celdas? ¿Acaso planeaban una inspección radical? No, eso no, las inspecciones caían de improviso.

Vino la orden siguiente, esta sí realmente extraña. Les mandaron quitarse el uniforme –el eterno mono azul–, y les devolvieron sus propias ropas, decomisadas desde el encarcelamiento. Ya no cabía duda, algo estaba sucediendo. ¿Las trasladarían a otra prisión? ¿Por qué vestidas de civil? El pálpito de Tamara era negro: nos van a llevar lejos, pensó, y allá nos van a matar. 

–Yo había adelgazado mucho –dice–, la ropa con la que entré me hubiera quedado enorme, pero me entregaron la que me había traído mi hermana, la del medio, la más delgada de nosotras tres. 

Era una blusa floreada, sin mangas, color vino tinto. Instintivamente, Tamara la apretó contra la nariz, y su memoria olfativa, infalible, le devolvió la dulzura de una escena familiar: la cocina espaciosa, las mujeres horneando un pastel.

Nadie la vio desvestirse, pero cabe suponer que lo hizo despacio. Y que dobló meticulosamente su uniforme de presidiaria. Aquel mono de dril azul había cubierto su cuerpo en todas las horas; Tamara lo colocó sobre el camastro y le dio las gracias. 

Se puso la blusa de su hermana como quien viste una prenda ritual.

Se templó el pelo hacia atrás, sujetándolo en una cola de caballo, y esperó la nueva orden de pie. Viniera lo que viniera, la encontraría lista y de pie.

Recorrió con la mirada las cuatro paredes de su celda con la sospecha de que no regresaría a ese lugar.  

                                                                 *  *  *

Recién llegada, había querido calcular el espacio de su encierro: cinco pasos largos hacia adelante, cuatro hacia el costado. Más difícil era medir el tiempo. ¿Cómo saber si trascurrían seis horas o nueve? ¿Tres semanas o dos meses? De nuevo, su única referencia habían sido sus propios pies: dio un paso y pensó, un paso dura un segundo. Caminó hasta la pared, ida y vuelta varias veces, hasta completar una ronda de ciento veinte pasos/segundo: dos minutos. Luego hizo una ronda más, y otra y otra –el pequeño espacio convertido en travesía–, hasta las treinta rondas: una hora. Con una piedrita, rayó una marca en el muro.

¿A dónde quería llegar, caminando en círculos? A la conquista del día siguiente. A la posibilidad de aguantar un día más, y al siguiente otro, y así otro y otro. ¿Pero cuántas rondas/hora cabían en un día, en un mes, en una vida? ¿Cómo medir la densidad del silencio? Un día dejó de hacer cálculos. Por mucho que contara, el silencio no se haría más leve; mejor ignorarlo. Aunque marcara rayas en el muro, el tiempo no se haría más corto; mejor dejarlo correr. Trataría de vivir en un limbo atemporal y sordo, como un astronauta en su cápsula espacial. 

Hasta que comprendió: al tiempo no debía contabilizarlo, sino acoplarlo a los latidos de su corazón. Para soportar el silencio tendría que descubrir sus sonidos, saber que tiene música propia y aprender a escucharla. El espacio decisivo no era el área claustrofóbica de la celda, sino la inmensidad del metro interior. Protege tu metro, niña –le había enseñado Josefina, su segunda madre, su maestra–. Si te acorralan, blinda el espacio íntimo que te rodea, ese será tu metro cuadrado de resistencia. Si no lo ocupas tú, lo ocupará el opresor.

–Más adelante descubrí que en realidad un paso no duraba un segundo –dice y se ríe–. Mi medida estaba equivocada.

Aún sin tener destino ni noción clara del tiempo, Tamara caminaba desde su celda hasta su celda por una ruta propia e inalienable, la de su dignidad.

                                                                  *  *  *

Ya vestida de civil, debió esperar hasta que la sacaron de la celda y la metieron a otra más grande, donde ocurrió un milagro: se encontró con otras siete presas políticas, entre ellas su tía, Ana Margarita. Por primera vez estaban congregadas, cercanas, unidas, ya no seres encuevados confinados, solitarios, sino plenamente humanas en medio del grupo humano, sin rejas ni muros que se interpusieran en el diálogo, en el cariño, en el abrazo. Estalló un trajín de llantos, risas y preguntas que los guardias tuvieron que silenciar.

Estaba sucediendo algo verdaderamente excepcional.

Podían mirarse a la cara, (¿estás bien?, yo sí, ¿y tú?); reconocerse y estrecharse (te quiero mucho, ¡y yo a ti!); comunicarse noticias de afuera (la resistencia, los desmanes del gobierno, las marchas, los amigos muertos, los exiliados). Se confesaron secretos, dolencias, temores, horas de angustia, instantes de alegría.

–No encuentro palabras para describir la intensidad de ese momento –dice Tamara. 

Cada una de las nueve llevaba puesto el vestido de antes, el de los tiempos de libertad. Las ropas seguían siendo las mismas, pero ellas no: enflaquecidas y agotadas, se les había encanecido el pelo y opacado la piel. ¿Cuántos años de vida les habían robado allí?

La inquietud se hacía pesada, ¿qué tramaba el gobierno? ¿Las dejaría salir? Los corazones se aceleraban y el tiempo estancado echaba a andar. ¿Sería posible la excarcelación?

Tamara se refrenaba. Las falsas ilusiones eran una concesión, una rendija en su fortaleza interna por donde el enemigo podría penetrar. No quería entregarse a la esperanza, varias veces antes había caído y luego, cuando venía el desengaño, la realidad del encierro se le había hecho más insoportable aún. 

¡Salimos, mujeres, nos vamos!, se atrevió a gritar alguna, desbordada de entusiasmo. 

Tamara permanecía tensa, expectante, y en el fondo sospechaba lo peor.

                                        *  *  *

Nacida en 1981 y graduada en psicología, se había comprometido con la oposición a la dictadura de Ortega-Murillo y era reconocida activista de Unamos (antes: MRS), movimiento pacífico por la restauración de la democracia. Entreveraba la vida cotidiana con la política, porque había marchas por organizar, injusticias por denunciar, protestas por encabezar, defensa de los derechos humanos y de la mujer, colecta para los ataúdes de las víctimas de la violencia de Estado, acompañamiento a los familiares en el duelo, atención a los refugiados y a los estudiantes atrincherados. 

Allanaron la casa donde se encontraba con su hija y la arrestaron. La golpearon en la cara y la obligaron a bajar la cabeza para que no viera, no supiera de la niña, no se enterara a dónde la conducían. La metieron presa sin debido proceso ni derecho a abogado o a visitas familiares. Solo tres meses después la llevaron ante un juez. Pese a los vejámenes, ella se dio el gusto de presentarse serena, segura y retadora al juicio que le montaron, una pantomima tan grotesca, que solo pudieron exhibir un megáfono como evidencia de actividad criminal. 

–Al menos una cosa buena hubo en los días del juicio –dice Tamara al recordar–, en los recesos me daban una comida mejor, frijolitos, arrocito, pollo y hasta gaseosa fría... para mí, que venía del Chipote, una gaseosa recién sacada de la nevera era todo un lujo. Además, por primera vez en ocho meses pude comer en presencia de otros seres humanos.

A la celda solían llevarle una pitanza escasa y desabrida que despertaba en ella una añoranza feroz. Como vacío en el estómago sentía la pérdida de los almuerzos domingueros en su casa, con risas y música y niños jugando en el patio, y madre, hijita y hermanas, tíos, tías, sobrinos y sobrinas alrededor de la mesa, o apiñados en el sofá de la sala para la fotografía, los viejos sentados, los jóvenes de pie detrás, los pequeños en el regazo, ¡que nadie se quede fuera de la foto, si nos apretamos, cabemos todos!

Durante el encierro, a Tamara le dio síndrome de abstinencia del azúcar. Y no por casualidad: la repostería era arte tradicional entre las mujeres de su clan, expertas en pasteles y bizcochos de reconocida delicia y maravilla. Pero el mordisco del hambre, que es caprichoso, la hacía suspirar por el más sencillo de los dulces, el que le fascinaba de pequeña, unas bolitas de Corn Flakes con leche condensada que ella a los nueve años sabía preparar, hirviendo la leche condensada en su lata hasta volverla cajeta, para mezclarla con las hojuelas y hacer las bolitas que luego metía al horno. Dice que quedaban divinas, pero que como era una niña gordita, su madre se las prohibía. Razón de más para desearlas con locura, tanto en la infancia como ya en prisión. O sobre todo en prisión.

–Hasta vergüenza me da confesar cuánto pensaba en esas bolitas –dice.

En El Chipote la atormentaban hasta el límite de sus defensas. Y en medio de ese infierno, su ser profundo –su intacto metro cuadrado–, le permitía soñar con la golosina preferida de su infancia, aquellas bolitas crocantes, prohibidas y para siempre apetecidas. Veneno del azúcar, que es sal de la vida. Misteriosos recovecos de la psique humana: en una cárcel infame, Tamara recurría a aquel recuerdo preciado para inyectarle a su sangre una gota de azúcar, solamente una gota, una pizca del dulce veneno que le devolvía fuerzas para resistir y ganas de perdurar.  


                                                            *  *  *

En la noche del 8 de febrero, el destino anunciaba un giro. ¿A favor de ellas, o en contra? La moneda estaba en el aire. ¿Cara o cruz? ¿Libertad o encierro? ¿Vida o muerte? Las nueve presas políticas del Chipote tenían el alma en vilo. Al caer, la moneda decidiría su suerte.

Tamara estaba segura de que no sería liberada por benevolencia de los mismos que la habían perseguido, asediado, golpeado, arrancado de su hija y mantenido en agónica incertidumbre sobre el paradero de la niña. Los mismos que la habían condenado a prisión, sometido a tortura psicológica y confinado en solitario, por el supuesto crimen de extrema deslealtad y traición a la patria. 

No. Tamara no esperaba nada de esa gente. Si desde la cúpula del poder se habían acordado de ella, sólo podía ser para infligirle un castigo aún más severo. 

De fuera les llegó el ruido de vehículos que entraban al complejo carcelario. Puertas que se abrían, rumor de pasos y de voces: percibieron que en el pabellón masculino estaban sacando de sus celdas a los presos. ¿Pero a qué se debía la conmoción? Motivos impenetrables. Los guardias las vigilaban con expresión neutra, pero se los notaba nerviosos e inquietos, al parecer, ellos mismos tampoco sabían de qué se trataba.

A la media noche las esposaron y las formaron en fila india, cada una con un oficial al lado. 

¡Salimos, mujeres! Pese a orden de no abrir la boca, el eco se escuchó en la noche, ¡salimos, mujeres! A oídos de Tamara parecía llegar de lejos un soñado murmullo de mujeres en manifestación, mujeres en rebeldía, mujeres fuertes, decididas, convencidas de que la tiranía tiene el tiempo contado. ¿Promesas de reencuentro y libertad? Tamara las acallaba por temor al espejismo, al autoengaño. Nos van a llevar lejos, pensó, y allá nos van a matar.

En los patios del Chipote, la noche de Managua. Y en medio de la noche, una fila de mujeres esposadas. 

Falta Dora María, susurró al oído de Tamara su tía Ana Margarita, que se encontraba detrás. No está Dora María, se corrió el murmullo y vino una oleada de desazón. Dora María, la histórica, la de la toma de León, la principal prisionera política del régimen, no estaba en la fila. Ortega la tenía en su poder y no iba a soltarla.

En ese momento, los presos salían de su pabellón y se acercaban. Traían la cabeza rapada y también ellos vestían ropa de calle.

–Levanté el rostro y les sonreí –dice Tamara–, pero se me encogió el corazón al verlos tan demacrados y envejecidos, supongo que tal como ellos nos estarían viendo a nosotras. Todos parecíamos reos camino al patíbulo.

Parqueado a unos metros de distancia, las esperaba un bus grande y blanco, que mantenía el motor prendido y acezaba como una ballena varada. Las fueron montando por grupos, y sentada al fondo, custodiada por tres guardias, vieron a Dora María.  Tenía las ojeras profundas y el pelo completamente blanco, pero ahí estaba. Hubo un respiro de alivio. Nueve presas políticas rumbo a lo desconocido... pero al menos iban todas juntas.

Salvo la ventana del conductor, las demás estaban tapadas con sábanas. Un bus fantasma, pensó Tamara, no quieren que miremos hacia afuera, ni que desde fuera puedan vernos.

Parecía no haber orden de traslado ni plan concertado: los propios oficiales operaban sin coordinación, era evidente que andaban desinformados. 

–Éramos el objetivo de una de esas misiones nocturnas, ultrasecretas y de altísima seguridad que se manejaban desde arriba, en las que cualquier cosa podía suceder –dice Tamara.

Ortega y Rosario se habían vuelto expertos en jugar con vidas y destinos, mantener a la gente en vilo, obrar por debajo de cuerda. No era de extrañar: el mal y el secreto van de la mano. La verdad invisible, visible el secreto (diría Foucault).


                                                  *  *  *

Subieron a otro contingente de mujeres. Ya no cabía un alfiler. Al lado de Tamara sentaron a una mujer que le preguntó en susurros, ¿Vos sos Tamara? Sí, vos cómo te llamás. Antes de que las callaran, la mujer alcanzó a decirle que la habían encerrado por ser amiga de uno de los muertos del 18. Escalofrío en los huesos: al otro lado de ese vidrio tapado, allá, en algún lado, habían quedado los 328 asesinados el 18 de abril de 2018. Allá, afuera, la dictadura seguía campeando. Salir de la cárcel y sin embargo seguir adentro: no había tal allá afuera. Salir era entrar a una cárcel más grande, la Nicaragua entera. 

¡Arranquen, arranquen! Alguien gritó la orden y la ballena blanca se puso en marcha con ellas engullidas en su vientre. Avanzaron en medio de una caravana de patrullas de la policía y automóviles sin placa. 

¡Nos fuimos, mujeres, nos fuimos!

Sí, nos vamos, pensó Tamara, pero a dónde nos llevan estos hijos de puta. 

Pudo percibir, a través de un resquicio en la ventana, que transitaban por la vieja Managua. Ernesto Cardenal había escrito, Tú que eres bella ahora en las calles de Managua... ¿Cuándo había estado ella por última vez allí? Ahora regresaba, miles de siglos después, para encontrar que los chayopalos –odiados árboles metálicos impuestos por Rosario (Chayo)–, seguían sembrados en el miedo y los escombros.  

Calles vacías y penumbrosas de la ciudad amada, convertidas para ellas en un laberinto de incertidumbre. A esa hora dormida no había quien las viera pasar; nadie que se preguntara hacia dónde iría ese bus tan blanco, con gente invisible adentro.

Se detuvieron. Se abrieron las puertas y las hicieron bajar, estrictamente vigiladas y esposadas, con cabeza gacha y vista clavada en el asfalto. Entraron a unas dependencias oficiales expresamente abiertas de madrugada con el único fin de... sabría Dios cuál fin, el de llevar hasta el fin este asunto secreto que oscuramente involucraba sus vidas, y que en ese mismo instante Ortega y Rosario estarían coordinando, paso por paso, desde el dormitorio matrimonial.

Unos burócratas les hicieron estampar la firma en un documento, ¿autorizando qué? ¿atestiguando qué? Lo mismo daba, ¿acaso cuándo había requerido el gobierno su firma para hacer o deshacer con ellas a su antojo? ¿Necesitaba ahora su consentimiento? ¿De cuando acá tanto formalismo y deferencia? Firmar o no firmar, lo mismo daba. Les tomaron una foto en formato carné; fondo blanco, frente despejada y orejas a la vista. Al sentarse ante la cámara, de repente consciente de su imagen, Tamara debió arreglarse automáticamente el pelo con la mano, gesto de vanidad olvidado, en realidad inútil cuando se te han ido los días sin ver tu propio rostro. En una de sus películas, Peter Sellers saluda a un tipo diciéndole, recuerdo tu nombre, pero no tu cara. Así también Tamara, recordando quién es, pero no cómo. Hacía tanto que no se miraba al espejo... Se iba a encontrar con una extraña cuando recuperara su reflejo.

Si acaso llovió en Managua mientras ella cumplía con esos confusos trámites; es seguro que al salir vio charcos en el asfalto y los pisó a propósito. Como los niños, Tamara sentía fascinación por el agua.

                                                                    *  *  *

–Cada vez que llovía, mi celda se inundaba –dice–, y yo me alegraba. Era como si el cielo viniera a limpiarme. 

A las demás presas la temporada lluviosa les traía pesares; con la humedad llegaban los hongos, el reumatismo, el asma. Ahí Tamara corría con suerte, la luz y la ventilación naturales de su calabozo la salvaban de esos estragos. Y se le volvían motivo de celebración y de juego los aguaceros con rayos y truenos; los chaparrones nocturnos; las lloviznas que llenan el aire de olor a verde. Era todo un espectáculo ver tormentas tropicales por la claraboya. A falta de papel y lápiz, Tamara pintaba con agua en los muros, o escribía el nombre de su hija y veía cómo las líneas se evaporaban y desvanecían. Entendía el agua como un renacer. En su celda había un grifo, pero colocado tan abajo, que la obligaba a ponerse de rodillas para poder bañarse: cotidiana ceremonia de bautizo.

                                                             *  *  *

De nuevo en el bus, Tamara experimentó un cierto alivio al creer que se encaminaban hacia La Esperanza, la tradicional cárcel de mujeres. Quizá no las fueran a asesinar al fin de cuentas, las estaban trasladando, eso era todo el barullo. Se creía que, a diferencia del Chipote, La Esperanza, inmensa y sobrepoblada, era menos arbitraria en cuanto al reglamento carcelario. Tal vez allí la situación de Tamara no sería tan inaguantable. Con el cambio, al menos le permitirían leer y escribir... Posiblemente. Aunque quién sabe. Y Dios mediante, incluso podría ver a su hija con alguna frecuencia... la sola idea le derritió el corazón.

No más, Tamara, no más, se ordenó a sí misma, detente ahí, bajate de esa nube, no caigás en ilusiones, no te hagás trampa. Tuvo razón al cortar en seco ese ensueño: la Esperanza resultó ser vana esperanza, porque no era allá adonde se dirigían.

Rayaba el alba cuando el bus se colocó en la cabecera de la caravana, y entre las presas corrió en susurros la voz; al parecer se acercaban a un aeropuerto militar. Los oficiales le entregaron a cada una el recién horneado documento con su respectiva firma y foto: un pasaporte.

¡Nos vamos, mujeres! Ahora sí, ¡nos vamos! ¡Nos van a sacar! ¿Pero a dónde? ¿A China, a Rusia, a Cuba? 

Uno de los jefes subió al bus, les repartió un formato e indicó que debían firmarlo. Ellas notaron que estaba en blanco el espacio relativo al lugar de destino. ¿A dónde puta nos quieren deportar estos canallas? Al firmar, aceptarían salir del país. Puesto en plata blanca: o salen del país, o vuelven a la cárcel. ¿Aquello sería libertad, o chantaje? ¿Excarcelación o destierro? Tamara trató de recuperar serenidad para sopesar implicaciones. Si firmaba, ¿cuándo volvería a ver a su hija? ¿Cuándo podría regresar a Nicaragua, estar con su familia, retomar contacto con el Movimiento, volver a la lucha, recuperar su casa? Firmar o no firmar: temible decisión. Señales contradictorias. La mezcla de sentimientos –alegría, zozobra, angustia– era un coctel explosivo. Pequeña bomba de tiempo para la razón. 

Tamara levantó la mirada y vio que Dora María firmaba y que le hacía con la cabeza un gesto de asentimiento. Se pasaron la seña unas a otras: sí, firma, firma. Tamara firmó, pero le temblaba la mano al hacerlo.

Al llegar al aeropuerto, el bus avanzó directamente hasta la pista de aterrizaje, que estaba copada por las Fuerzas Armadas. Una mujer de negro las requisó minuciosamente. ¿Pero qué podían traer ellas si venían de la cárcel, donde las despojaban de lo habido y por haber? Como no fueran cucarachas, ¿qué otra cosa podían esconder?

                                                                      *  *  *

Cuando a Tamara la internaron en El Chipote, le quitaron todo lo que traía y no le dieron ni una manta, una almohada o una toalla. La sometían a pequeñas torturas lacerantes, como mezquinarle los alimentos, o para mayor humillación, dejarla sin papel de baño o compresas higiénicas. 

Había días buenos en los que recibía la comida, la ropa limpia, el jabón o el dentífrico que su familia le hacía llegar. Pero en días de feroz frustración, los guardias se quedaban con el envío; sabían exactamente cómo mortificar y hacer llorar. Más adelante, Tamara se enteraría de que a una de sus compañeras la madre le había enviado un brassier que traía bordado, como secreto mensaje de amor, un corazoncito clandestino, mínimo y muy disimulado. Pero los cancerberos lo descubrieron y antes de entregarle la prenda, le descosieron el pequeño corazón.  

De ahí la importancia que Tamara le daba a reclamar, a gritos y patadas contra la puerta, los objetos que por derecho le pertenecían. Humanizaba los bienes intangibles que poseía, un rayo de luna, una puesta de sol, las horas de ejercicio diario, el agua de la lluvia, el canto de los pájaros y hasta las arañitas patudas y culonas que hormigueaban por los rincones de su calabozo. Estudiaba a esos diminutos seres con dedicación de ecólogo, observando sus rituales y habilidades. Descubría cómo tejían sus redes, cómo se apareaban y ponían huevos, cómo se comportaban estando acorraladas o en libertad.

Reprendía a la hembra cuando devoraba al macho, no hagas eso, le decía, no seas cruel.  

En El Chipote, la comunicación jamás pasaba la requisa. Transcurrían semanas enteras en que Tamara no recibía los mensajes que le enviaban, y enloquecía de angustia al no tener noticias de los suyos. Una ocasión particularmente crítica, postrada ella por depresión al no saber de la niña, de repente sucedió algo que le iluminó la cara y la hizo pensar que el universo se compadecía e intervenía a su favor. 

Empezaba a comerse una barra de granola que le habían enviado de casa, cuando notó que entre un pliegue del envoltorio venía camuflado, discretísimamente, un mínimo pedazo de papel. Tenía dos palabras escritas a mano: BEBÉ BIEN.  

¡Bebé bien!, su madre y sus hermanas se habían ingeniado la manera de burlar la vigilancia para hacerle saber que no debía preocuparse, porque la niña estaba con ellas y se encontraba bien. BEBÉ BIEN: ese par de palabras salvadoras, sanadoras, la devolvieron a la vida. ¡Alabado sea el cielo!, agradeció.

De ahí en adelante, ese papelito fue su riqueza, su amuleto, su bálsamo a la hora de la tristeza, su antídoto contra todo mal. Cuando flaqueaban sus fuerzas, lo sacaba del escondite, leía una y otra vez las dos palabras benditas y recuperaba la voluntad de existir y resistir. 

–Me había comprometido conmigo misma a no perder la alegría ni caer en el odio. Debía permanecer sana de cuerpo y alma para llegar entera al reencuentro con mi hija. El papelito obraba como un talismán. Todas las noches dormía con él apretado en el puño, cerca del corazón. 

En una de las requisas, los guardas pillaron su tesoro y se lo confiscaron. Fue como si le rompieran el alma. De todas las infamias que soportó durante casi dos años, esa fue la única que estuvo a punto de quebrarla, la que más profundamente la afectó. 

–Hay maldades –dice– que no tienen perdón de Dios. 

Daniel Ortega
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua desde 2007. Crédito: Colprensa

                                                *  *  *

Zumbaban los mosquitos y reverberaban los presagios. Al fondo de la mañana, como detenido en la brisa, las esperaba un enorme avión, también blanco. Otra ballena que las engulliría en sus entrañas, pero esta era alada. En el costado traía escrito en letras rojas, OMNI AIR INTERNATIONAL.

¿De dónde diablos sería esa aerolínea? Nunca la habían oído nombrar. ¿Omni? ¿Ovni? Tenía gracia la asociación, objeto volador no identificado, de golpe las estaban mandando al espacio sideral. Después sabrían que se trataba de un chárter de alquiler para vuelos no comerciales, o para trasportar a un grupo de personas en exclusiva, como reyes, mandatarios o personajes célebres. Por improbable ampliación de sus funciones, esta vez trasportaría un trémulo corro de presos políticos.

Se acercó el rubio funcionario de una embajada y en cada formulario, sobre la raya en blanco del destino, escribió dos palabras: Estados Unidos.

Se había negociado su deportación masiva con el gobierno norteamericano, que había fletado el vuelo y ofrecía asilo en su territorio. Maniobra hábil por parte de Ortega y Rosario, supuestamente útil para sacarse de encima la acusación internacional de secuestrar, encerrar tras juicios espurios, torturar, expropiar y maltratar a los disidentes del régimen, manteniendo las cárceles abarrotadas de presos políticos. A los cuales, de paso, deportaría convenientemente lejos del suelo patrio.

Hubo un estallido de euforia cuando despegó ese vuelo, el OY 379, la mañana del 9 de febrero de 2023. El solo hecho de estar todos juntos, muy arriba en el aire, volando por encima de rejas, muros, guardianes, tiranos y demás oprobios, hizo que los 222 presas y presos de abrazaran entre sí. Abajo, ya invisible, quedaba el nefasto Chipote y la larga secuencia de días de soledad y encierro. Estaban libres. Una libertad agridulce y a un precio muy alto –el del destierro–, pero libres al fin.

Más tarde les soltarían una noticia como latigazo: la última, tramposa perfidia ingeniada por la tiranía para destruirlos. No sólo los desterraba; además, contrariando toda legalidad, los despojaba de la nacionalidad nicaragüense. 

Aunque vagamente, Tamara lo había presentido, las señales ambiguas se lo habían anunciado. La moneda de su suerte por fin caía, pero no daba cara ni cruz, sino ambas al tiempo. Cara y Cruz. Libertad y condena. Los sátrapas no hacían favores, no daban puntada sin hilo; para amargarles el júbilo de la liberación, se sacaban de la manga el castigo más ruin y los convertía en apátridas. 

La condición de suspendidos en el aire ya no era metafórica ni circunstancial. Estaban literalmente en las nubes, como parias, o como dice el refrán, sin nada, ni nadie, ni perro que les ladre. Les habían arrancado hasta lo inalienable: la madre patria.

Pero no les habían quitado la dignidad ni el propósito de recuperar la de Nicaragua. Traían consigo la razón histórica y el empeño de seguir luchando contra la tiranía, desde fuera, desde dentro, desde antes, después y siempre. 

Tras unos momentos de estupefacción, rabia y congoja, se escuchó en el avión el grito colectivo: ¡Que volvemos, volvemos! 

¡Que volvemos, volvemos!

Ya pasadas aquella correría electrizada de agitación y de ansiedad, y esa noche agorera con su fiera descarga de adrenalina, los pasajeros del peculiar vuelo se adormecieron en sus asientos. 

Dentro de poco, Tamara estaría con su hija. Si miró por la ventanilla del avión y vio desde arriba la inmensa extensión de aguas oceánicas, se habría dicho a sí misma, BEBÉ BIEN, y habría sonreído.


Nota: Este capítulo es un anticipo del libro LIBERTAD TRAS LAS REJAS, de próxima aparición, y que, aparte de ese capítulo por Restrepo y Saboulard, incluye otros de autores como Alma Guillermoprieto, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Claudia Piñeiro, Martín Caparrós.
 

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