Ana Bejarano Ricaurte
30 Julio 2023 03:07 am

Ana Bejarano Ricaurte

EL ESPEJISMO BUKELE

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En los últimos meses he escuchado a todo tipo de personas alabar la gestión de Nayib Bukele en El Salvador: “Mire que lo que hizo Bukele sí funciona. Lo que necesitamos acá es algo así: mano dura”, decía hace un par de semanas un técnico en computadores. Y se ven perfiles en medios de comunicación del dictador o sus funcionarios, que aplauden su supuesta audacia y creatividad; su enfoque único para enfrentar la criminalidad salvadoreña. 

Lo cierto es que los salvatruchas sí pedían a gritos un alivio contra las maras, las pandillas, el narco rampante y desbocado. En 2015 ese rincón centroamericano ostentaba una de las peores tasas de homicidios del mundo: 104 por cada 100.000 habitantes. Ante semejante situación de violencia, en un país donde la clase política se dedicó a robar y a ahondar la desigualdad, un discurso populista y efectista contra la criminalidad sería fácilmente promovido. 

¿Y en qué consiste la magia de Bukele? Se trata de la concentración de la inversión estatal en el castigo brutal y arbitrario de la criminalidad. Para lograr ese cometido no solo es necesario el incremento estructural de la fuerza pública, sino la cooptación del sistema judicial que permita y avale las capturas, procesos y condenas sin garantías. Como la ley de juicios colectivos que le acaba de aprobar el Congreso, del cual es dueño. 

Claro, a eso es importante sumarle el aplastamiento de la crítica y de la prensa libre que hace preguntas incómodas sobre las molestias que implica respetar el Estado de Derecho. ¡Ah! No olvidar apoderarse de quienes producen las cifras y ahuyentar a los organismos internos y externos de control que pretendan auditar las políticas represoras. El mito de la eficacia autoritaria empaquetado en una deliciosa y engañosa pupusa. 

Y claro que es un amasijo tentador para el resto de América Latina, en donde los proyectos de democracia no han cumplido sus promesas de mejorar la calidad de vida para la mayoría de la población. Otros lugares en donde también hay criminalidad desbocada. El problema —además de la erosión democrática en El Salvador— es que este no es un modelo replicable. Primero, porque las cifras con las que pretenden demostrar la mejoría son producidas por el mismo dictador. La auscultación o estudio de políticas públicas es casi una gesta utópica en la era bukeliana; es imposible saber con certeza cómo hizo lo que dice haber logrado y si es verdad. 

Además, El Salvador es un país pequeño que padece de un fenómeno de criminalidad muy específico y en muchos aspectos único. Eso, sumado a que la estrategia de concentrar la mayoría del gasto estatal en la imposición de la fuerza pública y el mantenimiento de cárceles es cortoplacista y miope; es ineficiente, costosa y desconocedora de los fenómenos sociales que alimentan la criminalidad. Basta con ver los resultados de la política criminal de Rodrigo Duterte en Filipinas, otro brebaje de la misma naturaleza, que Amnistía Internacional ya calificó como crimen de lesa humanidad en masa.  

Es solo la promesa de la fuerza, de la dictadura empaquetada y habilitada por las redes sociales. Una fórmula conocida: la cooptación del legislativo, del judicial, la gobernanza en estado de excepción, para tapar las violaciones de los derechos humanos y estrategias coloridas y fracasadas como la imposición del bitcoin como moneda oficial. Para algunos, un nuevo modelo autoritario joven y refrescante; para otros, un señor pintorescamente peligroso.

Son obvias las razones que hacen del régimen de Bukele un caso atractivo, pero eso no justifica el desconocer la magnitud del espejismo. Por eso no se entiende a la prensa internacional que aplaude al dictador: están cayendo en una trampa oscura. Amplifican un mensaje de dudosa credibilidad y promueven una receta autoritaria, cuyo ingrediente principal es la sofocación del periodismo libre e independiente. Aúpan un modelo que depende de acabarlos a ellos mismos. Como les pasó a los valientes periodistas de El Faro, a los que Bukele enfrentó y que ahora emiten desde Costa Rica, en donde han encontrado refugio para seguir haciendo su importante trabajo. 

Cuando los medios colombianos y otros en Latinoamérica aplauden a Bukele olvidan que es una fórmula que invita a que no exista prensa, sino relatos oficiales que acomodan y manosean la verdad a su antojo. Además, promueven la formulación de una falsa dicotomía entre la dictadura y el caos. Como si la única manera de imponer el orden fuese desaparecer la democracia. Una apuesta fallida y ensayada hasta al cansancio en este vecindario. 

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