ELOGIO DE LA ALEGRÍA
24 Abril 2022

Laura Restrepo

ELOGIO DE LA ALEGRÍA

Esta es una invitación a explorar las resonancias de una palabra evocadora y entrañable, “alegría”, entendida, a la luz de esta hora, como actitud, o convicción.

La alegría como vocación política y estética. Como “sentimiento ético de implicación con el mundo”, proclama el poeta Luis García Montero. Ética de la solidaridad y del compromiso. El compromiso de estar ahí, haciéndose presente con el corazón dispuesto y los ojos abiertos. 

La frase de Luis me hace pensar en tres jóvenes colombianos que conozco, y que han construido su casa en uno de los barrios de invasión más brutalmente pobres y violentos de nuestro país. Sometidos a la extrema tensión de todas las guerras, conviven en ese arrabal exguerrilleros y paramilitares, bandas de matones, víctimas y victimarios, pobladores y desplazados, amigos y enemigos, vivos que malviven y muertos que se enfrían en las esquinas. En medio de tanta desolación, esos tres jóvenes que conozco han desistido de predicar. Ni cristianismo ni marxismo, ni capitalismo, ni la mar en coche ni qué ocho cuartos, porque las palabras a veces resultan mudas y la teoría se queda corta y está por reinventar. Esos tres jóvenes han decidido simplemente dejar abierta la puerta de su casa y ofrecer un vaso de agua fresca a quien quiera entrar a refugiarse del calor torrencial. 

—Nos limitamos a estar aquí –dicen los tres. Prestamos compañía y ayudamos en lo que sea y a quien lo necesite, no importa quién.

Ellos han abierto la puerta de su casa como quien se abre al mundo, fieles a un compromiso simple y honesto de “estar ahí”, su peculiar forma de honrar lo que el poeta ha llamado “sentimiento ético de implicación con el mundo”, y que aquí llamamos “alegría”, esa cualidad alquímica que propicia la transformación, porque es mediante un soplo de alegría como ganamos noción del entorno y de nosotros mismos, para encaminarnos hacia la conquista personal y social de la libertad.

Alegría, como vaso de agua fresca en un día de mucho calor. Alegría como sentimiento limítrofe y sorpresivo que nace, de repente, al descubrir que nos une un solo anhelo y un propósito común.

Acceder a la alegría pasa por romper el individualismo y dejar que la Historia te muestre la cara y te permita comprender que haces parte de ella, y de un destino común, que irás construyendo a la par con los demás. 

Alegría como súbito sentimiento de plenitud que se produce cuando salimos de la habitación cerrada del yo para encontrarnos con el otro a las puertas de la Historia.

Lo contrario a la alegría no es la tristeza, ese runrún del alma profunda que también hace parte de lo nuestro, como bien dice Saramago: “Dios mío, qué dulce y suave tristeza, y que no nos falte nunca, ni siquiera en las horas de alegría”.

No, lo contrario de la alegría no es la tristeza: son la desidia y la indiferencia.

Alegría es, en cambio, sinónimo de conciencia, de resistencia, de apertura; en últimas, de solidaridad y empatía, y por tanto de revelación.

Alegría, que no es lo mismo que felicidad. La felicidad vendría siendo una aspiración prepotente, un arrebato de hybris, un exceso de orgullo. Me gusta pensar que la felicidad es cosa de los dioses, y que a los humanos nos es dado, en cambio, un don más humilde, más amable y posible: la alegría.

Dice el poeta Rafael Alberti: “…aún nos queda, en medio de esta heroica pena bombardeada, la fe, que es alegría, alegría, alegría”.

A Inés, protagonista de una de las novelas de la española Almudena Grandes, la embarga la alegría el día en que escapa del encierro y la estricta vigilancia de su conservadora familia, y echa a correr montaña arriba sabiendo que ya no habrá vuelta atrás. Se roba un caballo y se adentra galopando en las montañas en busca de los rojos: el ejército Republicano que viene a reconquistar el territorio y a derrocar al tirano. Se abre así un pasaje luminoso de la novela, en que la ingenuidad y la inmovilidad se vuelven decisión y acción. “¡Ay, qué alegría más grande!, es el suspiro que se le escapa entonces a Inés: `una alegría limpia, salvaje´, `sin límites ni precauciones´”.

Alegría entendida no tanto como sentimiento individual, sino como aire que se comparte y se respira; momento propicio, apertura o umbral.

Alegría como don preindividual, ante el cual la propia vida y el destino personal parecen pequeñitos, insignificantes, frente al empuje del inmenso devenir colectivo.

Traduciendo a términos del filósofo Giorgio Agamben, podría decirse que la alegría es “nuestra vida en la medida en que no nos pertenece, y nos empuja hacia algo infinitamente más grande de lo que creemos poder soportar”. 

De ahí que nuestra gesta como pueblo colombiano sea ese dejarse empujar hacia una empresa que nos sobrepasa, pero que al mismo tiempo nos depara un propósito y un destino.

Escribe Almudena: hemos de llevar lejos “el permanente elogio de la alegría en condiciones permanentemente adversas. (…) Vivir de la alegría, masticarla despacio cuando no haya nada más para llevarse a la boca, abrigarse con ella para sentirse libre en la última celda de la cárcel más lóbrega, armarse de alegría para resistir lo irresistible, para soportar lo insoportable, para afirmar lo imposible”.

Jaime Bateman, el gran rebelde, expresó eso mismo a su muy caribeña manera: LA REVOLUCIÓN ES UNA FIESTA, proclamó, y supo convocarnos con ese toque de desparpajo, espontaneidad y alegría que tanto nos seduce y nos insta a la reconciliación. Porque tenemos una innata vocación de alegría, y sabemos invocarla cada vez que hacemos un alto para pactar la paz, para honrar la justicia y la igualdad, para deponer armas, odios, codicias y agresiones… y para dejar que nos invada el latir de una esperanza: la posibilidad de paz y bienestar para nuestra nación, históricamente castigada por una violencia y una injusticia sin tregua ni piedad. 

VAMOS A VIVIR SABROSO, dice Francia Márquez, potente voz popular y femenina venida del Pacífico y que hoy resuena por la nación. 

Que se callen las armas para que hable la gente, ha sido y debe seguir siendo nuestra consigna. 

Que el país se vea barrido por un soplo colectivo de esperanza precavida, o algo parecido; algo que podríamos llamar ola de alegría expectante y contenida.  O para utilizar una expresión equivalente: advenimiento de un entusiasmo.

Entusiasmo, vocablo ardiente que encierra la raíz griega Zeos, Dios —el amable Dios de los creyentes, pero también el dios fieramente ausente de los ateos—. De ahí que “entusiasmo” signifique fogosidad de ánimo debido a la ebullición interna de algo que es superior a nosotros mismos.

Este momento histórico de confianza en nosotros pasa por la posibilidad de tocar con las manos una democracia más real, pese al baño de sangre y engaño en que pretenden ahogarla los muchos y muy variados señores de la guerra, sean ellos bandoleros, mafiosos, paramilitares, militares, políticos corruptos, candidatos de las élites, saqueadores del oro y las riquezas patrias, expropiadores de tierras que solo le pertenecen al pueblo colombiano.
¿Por qué no creer que esta es una hora propicia para la aventura, el valor, la juventud, el amor y el deslumbramiento de estar vivos?

Y que la alegría —o el entusiasmo— no sea solo estado del espíritu o de la mente, sino también atributo del cuerpo, forma de leve estremecimiento físico, o suave e inusitada tibieza sensorial. Alegría como “brisa ligera de una noche de verano”, que haga que nuestra sangre corra efervescente por las venas.

Alegría que venga de la multitud que inunda las calles de nuestras ciudades soliviantadas. Y de las marchas que llenan nuestros caminos de negritudes, indígenas y mestizos; de estudiantes y maestros; de trabajadores y desempleados; de colombianos y colombianas desterrados, abandonados a la buena de Dios, hundidos en la pobreza, pero hoy alzados en rebeldía contra la indiferencia, la apatía, la desinformación y las trampas que pretenden empujar al país por arcaicos y letales códigos de odio, de privilegios para los pocos, de despojo y carencia para los muchos, de matanza y saqueo.

La alegría se afianza en una zona no racional, en un resquicio previo al conocimiento, y más que un concepto, es un dejarse llevar por esa pulsión que es interna y calienta por dentro, como el fuego cuando estás junto a la hoguera o la chimenea, pero que también es externa y ejerce sobre ti una fuerza similar a la de la luna sobre las mareas. 

Que esta sea una invitación, aquí, desde Los Danieles, a creer que Colombia puede acceder a un relumbrón de alegría, como soplo de futuro que nos erice la piel. 

Como disposición a mover montañas y certeza de que podremos lograrlo. 

Como súbita sensación de que tanto viejos como jóvenes hoy tenemos veinte años, somos por siempre bellos y estamos convencidos de que nunca vamos a morir.

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