LA CASA DE LAS VIUDAS
27 Marzo 2022

Laura Restrepo

LA CASA DE LAS VIUDAS

Fragmento de la novela Canción de antiguos amantes, próxima a salir en librerías.

Buscando atenuante para su soledad, la princesa de Saba asoma al mundo y pese a su pie dañado, se larga a caminar. Renguea y avanza, avanza, avanza sin descanso hasta llegar a las ciudades.

—¡Te equivocas, Pata de Cabra! —le gritan las alaleishos—. ¡Ten cuidado! ¡Corrige tu rumbo antes de que sea tarde!

Ella no las escucha. Traspasa los extramuros y se arrima a los arrabales, donde las mujeres de la miseria sobreviven hacinadas en colmena, ganándose la vida como mendigas, ladronas o prostitutas.

Pata de Cabra deambula sin hallar asidero durante días y al decimoquinto, cuando ya el cansancio y la sed la agobian y los pies le sangran, llega a las inmensas barriadas de Al-Bazateen, en las goteras del puerto de Adén. Al-Baazateen, nombre maldito. Vividero y moridero de las más pobres entre las pobres, sean somalís o half-casts: yemenís con sangre somalí. En los callejones zumban afrentas, filo de cuchillos, nubes de olor a cardamomo y canela, a basura, incienso y orines. Hay caca de perro en los portales. Alguien sigue a Pata de Cabra, tirándole de la manga. Es una alyawm, o limosnera, y lleva una criatura recién nacida en brazos.

—Vete a casa —le aconseja Pata de Cabra—. Tu niño sufre, es demasiado pequeño, ¿cuándo nació?
—Hace cuatro días lo parí en la calle. Duermo con ni niño en esta esquina. A veces las viudas me dejan pernoctar en su patio, pero no siempre, porque mi niño llora de hambre y les perturba el sueño.
—Llévame a la casa de las viudas —le pide Pata de Cabra.
—Por lo que más quieras, donde las viudas no —se inquietan las alaleishos—. ¡Las viudas llevan una existencia desgraciada!

Doce o trece viudas comparten un pequeño patio de tierra a medio techar. Algunas se ven descarnadas y enfermas, y una de ellas no se mueve ya: espera acurrucada en un rincón, con la boca abierta y los ojos atónitos, a que le llegue la muerte. La más saludable se llama Syrad; aún le quedan fuerzas, unos cuantos dientes y una sombra de antigua belleza. Syrad simpatiza a primera vista con Sheba, la muchacha de la pierna chueca, le permite entrar y le ofrece té.

—Aquí, en Al–Bazateen —le dice—, las viudas no podemos trabajar ni unirnos a un hombre so pena de lapidación. Debemos cubrirnos cabeza y rostro y andar ataviadas en paño oscuro. Mendigar es para nosotras el único oficio permitido. Si le pides limosna a un hombre yemení, se siente en la obligación de dártela, su religión se lo ordena, pero si es muy negociante te puede decir, toma estas monedas, mujer, tómalas, y si me la chupas, te daré el triple.

Pata de Cabra agradece el té y se aleja de allí. Atraída por una larga hilera de puertas amarillas, se acerca a la zona de Hayi Esahira, donde pululan las dhillos, o prostitutas. El color amarillo es el distintivo de sus puertas. Una de las puertas amarillas se abre.

—No entres —le advierten las alaleishos—; triste destino te espera entre las dhillos. Al principio serán amables, pero es sabido que pierden fácilmente los estribos y agreden.

La guarida de las lobas es un patio casi igual al de las viudas, pero sus muros han sido decorados con pinturas eróticas. Esparcidas en torno, hay colchonetas rellenas de plumas de gallina y cojines tubulares de diversos tamaños. Aquí las mujeres son más jóvenes, se envuelven el cuerpo en futas coloridas y llevan los brazos tatuados con gena. Usan anillos en los dedos de las manos y los pies, ajorcas en los tobillos y brazaletes en las muñecas. Al fondo, sobre un desvencijado sofá verde, permanecen sentadas dos apáticas matronas que cabecean bajo sus turbantes, blancas y blandas, perdidas en ensoñaciones de khat. Son las dueñas del lupanar.

Para las mujeres decentes de Al-Bazaateen, el coito debe ser nocturno, a oscuras y con el pecho tapado, recibiendo o entregando caricias solo con la mano izquierda y sin que se entere la derecha. El castigo para la que incumpla es la muerte por agua o por fuego. Esa reglamentación no rige para las dhillos, que pueden ofrecer sus servicios a la luz del día y con la anatomía al aire, practicando caricias con la mano derecha, con la izquierda y con la lengua. A diferencia de una mujer decente, la dhillo puede montar al hombre si este está cansado y prefiere que ella haga el trabajo.

En casa de las dhillos, Pata de Cabra recibe el té de un muchacho depilado y maquillado, que por toda vestimenta lleva cadenas atadas al cuello y la cintura. Se llama Zanabaq, se ha puesto flores en el pelo y se contonea como una chica. Se ve que es de inferior rango porque las dhillos lo tratan sin consideración, dándole órdenes que él cumple con diligencia. Zanabaq canta suavemente mientras zangolotea un pequeño botafumeiro para refrescar con sahumerio el ambiente. Las dhillos sienten curiosidad por Sheba, esta extranjera con una pata de cabra, la rodean y le ponen conversación.

—No quieren nada bueno de ti, son groseras y ladronas, solo esperan el momento para robarte —le advierten desde lejos las alaleishos, pero sus voces no le llegan. 
—Tú eres joven y bella, podrías trabajar con nosotras —le proponen las dhillos—. Te afea un poco ese pie torcido que arrastras lastimeramente, pero podrías esconderlo bajo una abaya tan larga que rozara el suelo. Además, no faltan los que encuentran más estimulantes a las cojas y las amputadas. En cuanto a la mucha pilosidad de tus pantorrillas y axilas, ningún hombre querrá estar contigo si no la remueves, pero nosotras podríamos encargarnos de eso, a bajo costo y sin causarte dolor, con una concha de mejillón bien afilada.

Pata de Cabra quiere saber cuáles son las normas del oficio.

—Por aquí es costumbre que te paguen con comida —le advierten—. Si lo que esperas es recibir monedas de oro y plata, mejor aléjate de una vez. Nuestros clientes nos invitan a cenar, y salimos con el estómago lleno y las manos vacías. Otros nos enciman el khat.

Las dhillos de Al-Bazaateen consiguen suficiente khat para estar alegres y suficiente comida para mantenerse vivas, pero rara vez alcanzan a juntar dinero para mandarle a su familia. A veces los clientes solo piden que los dejen pasar la noche junto a ellas. 

—Algunos se acuestan a tu lado y no hacen nada, salvo mascar khat —le cuentan a Pata de Cabra—. A la larga el khat los deja impotentes. No les importa, lo siguen mascando, y nosotras también. Aquí, el khat es el único cariño y el solo paraíso.

A la que ejerce la profesión en casa se la llama dhillo. Y lupa si lo practica en la calle. Moza, si en posadas o albergues, y si en el cementerio, basturia.

Licia, basturia de oficio, polilla nocturna, pálida como la muerte, se ofrece para enseñarle a la muchacha de Saba el arte de balbucir cantos llorosos mientras merodea por los cementerios.

—Con dulces gemidos y lamentos —le dice—, ejerces un encantamiento lacrimoso sobre algún viudo triste que acabe de enterrar a su amada esposa, y lo consuelas ahí mismo, en la propia tumba, sobre la tierra recién removida. Cuando ganes experiencia, podrás hacerte la muerta. Basta con que aguantes inmóvil y desnuda, con dos monedas de cobre sobre tus ojos cerrados; los hay que pagarán bien por fornicar con tu tibio cadáver en un mausoleo.

—Yo podría hacer eso —dice Pata de Cabra—. Todavía tengo presente el color de la muerte y siento en la boca su sabor amargo, y ya que vivo en duelo por mi propia vida, no me sería difícil contentar a un aficionado a los falsos cadáveres.

—No lo hagas, Pata de Cabra, amada Sheba —suplica el coro de las alaleishos—; no lo hagas, es un juego peligroso y sucio, te picarán los escorpiones y habrá hombres que quieran matarte para poder violar a una muerta verdadera.

Pata de Cabra sopesa las diversas opciones. De todas ellas, la menos exigida y más conveniente parece ser trabajar para comerciantes o viajeros en las posadas del centro de la ciudad o en los albergues que abundan a orillas de transitados caminos.

—Ven con nosotras —le dicen las mozas—, eres bonita, y salvo por ese pie, pareces bastante sana. Podrás trabajar en Los Tres Cuervos, la más concurrida de las posadas.
—¿Queda lejos de aquí? —quiere saber Pata de Cabra.
—Un poco lejos, sí, pero a cambio de una mamada, los muleros nos trasportan hasta allá en ancas de su animal, y lo mismo al regreso.
—¿También en esa posada pagan en especie?
—Tienes que hacer las veces de mucama. Renuevas la paja de los jergones, ventilas las mantas, sacas las bacinicas para vaciarlas, llenas las jofainas con agua limpia, trapeas los pasillos, te ocupas de los caballos y estás pendiente de cumplir la voluntad del huésped. Te va mejor si te adornas el pelo con flores y te perfumas con agua de alhucema. ¿Eres virgen? —le preguntan, y ella responde que sí—. Entonces tienes un tesoro entre las piernas.

Las vírgenes son solicitadas por ricos comerciantes que vienen de las altas montañas del norte y traen oro en la falquitrera. Si además de virgen, la muchacha no es fea y sabe complacerlos, puede ganar unas migajas de oro y mandarlas a casa. Una vez perdida la virginidad, pasa a valer lo mismo que las otras.

Cada tanto, el dueño del albergue las obliga a lavarse las partes con agua y vinagre para remediar infecciones, y les revisa el pelo y la ropa para asegurarse de que no estén infestadas de piojos o pulgas. Ellas prefieren a los clientes extranjeros, que tienen fama de generosos y practican el coito en retro modo, favorable a la hora de evitar el embarazo.

De repente se enciende la algarabía en Hayi Esahira. Hay trifulca en la calle, la barriada se enciende en ira y de todas las puertas amarillas salen mujeres dando gritos. Un cliente quiso volarse sin pagar, la damnificada dio la voz de alarma y ahora todas corren tras él, lo alcanzan y le propinan una paliza. Aparentemente solo le cae encima una lluvia de puños, pero en realidad los brazaletes de metal que las dhillos llevan en las muñecas le causan al hombre heridas profundas. La muchacha de Saba aprovecha la confusión para escapar. Este no es mi lugar, dice, y se aleja.

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