
Disciplina y esfuerzo: el camino de un sargento del Ejército para convertirse en profesional
La historia del suboficial Robinson Jaramillo López pone rostro a los 31 suboficiales que obtuvieron su título profesional en la Escuela de Logística del Ejército Nacional.
Por: Javier Patiño C
Cuando terminaba la jornada militar, la misión de Robinson Jaramillo López aún no concluía. Llegaba a casa, compartía unos minutos con su esposa y encendía el computador para comenzar a estudiar. Las horas avanzaban hasta la madrugada mientras preparaba tareas y exámenes. Al día siguiente, antes del amanecer, volvía a vestir el uniforme para cumplir con sus responsabilidades. Durante varios años, esa rutina se convirtió en el precio de un sueño que había esperado cumplir durante gran parte de su vida militar: convertirse en profesional.
Con casi 25 años de servicio, el sargento primero, oriundo de Pereira, Risaralda, entendía que la experiencia no reemplaza el conocimiento. A lo largo de su carrera participó en proyectos que fortalecieron las capacidades del Ejército Nacional, entre ellos la incorporación de los vehículos blindados LAV III 8x8. También se formó como técnico en mantenimiento de motores diésel mediante un programa desarrollado con el Sena, donde obtuvo el primer puesto de su promoción, mérito que le permitió especializarse en Canadá sobre esa plataforma militar.

Sin embargo, aún tenía una meta pendiente: obtener un título profesional. Cuando la Escuela de Logística le abrió esa posibilidad, aceptó el reto con la misma disciplina que ha caracterizado su trayectoria. Sabía que no sería fácil. Hacía muchos años no se enfrentaba a un salón de clases, a profesores, parciales y trabajos académicos.
Lo más difícil no fueron las materias, sino aprender a distribuir el tiempo. Las exigencias del servicio militar continuaban intactas y la universidad ocupaba cada espacio libre que dejaba la jornada laboral. Las noches se transformaron en horas de estudio y los fines de semana en jornadas para preparar exposiciones y cumplir con los compromisos académicos. El descanso tuvo que esperar.
Pero esta historia no fue solo de Robinson. Mientras estudiaba hasta la madrugada, su esposa, María Isabel, comprendió que el tiempo en familia tendría que ajustarse a una nueva rutina. Hubo noches en las que las conversaciones terminaron antes de lo habitual, fines de semana en los que los planes fueron reemplazados por trabajos universitarios y momentos en los que la paciencia se convirtió en la principal muestra de apoyo.
“Él siempre soñó con ser profesional. Verlo llegar después de una jornada de trabajo, compartir un momento con nosotros y luego quedarse estudiando hasta la madrugada no fue fácil, pero entendimos que ese esfuerzo también hacía parte de nuestro proyecto de vida. Hoy sabemos que cada sacrificio valió la pena”, relató.
Sus palabras reflejan una realidad que pocas veces aparece en las ceremonias de graduación. Detrás de cada diploma hay familias que también renuncian a tiempo compartido, que sostienen el ánimo cuando aparecen el cansancio y las dudas, y que celebran cada logro como propio.
“Hoy me siento la mujer más orgullosa del mundo porque él nunca dejó de luchar por ese sueño”, afirmó.
Cuando Robinson cruzó la tarima para recibir su título profesional como administrador logístico, la ceremonia apenas duró unos segundos. Sin embargo, ese instante resumió años de esfuerzo, madrugadas dedicadas al estudio, responsabilidades cumplidas sin descuidar la misión institucional y una convicción que nunca cambió: siempre hay espacio para seguir aprendiendo.

Su historia representa también la de otros 30 suboficiales que recibieron su título profesional durante la ceremonia de graduación de la Escuela de Logística. Algunos iniciaron sus estudios al comienzo de su carrera militar; otros lo hicieron después de varios años de servicio.
Todos encontraron en la educación una oportunidad para fortalecer sus capacidades y aportar mayores conocimientos al cumplimiento de la misión institucional.
En total, 70 estudiantes recibieron su grado en un programa de pregrado y dos de posgrado. De los 40 nuevos profesionales, 31 son suboficiales del Ejército Nacional, una muestra del compromiso institucional con la formación permanente de su talento humano y el fortalecimiento de las capacidades de la Fuerza.
Al finalizar la ceremonia, Robinson se quitó la toga y volvió a vestir el camuflado que ha llevado durante casi un cuarto de siglo. Seguramente esa noche ya no tuvo que preparar un examen ni entregar un trabajo universitario antes de la madrugada. Sin embargo, aquellas largas jornadas de estudio quedarán como el recuerdo de una misión cumplida y como el reflejo del esfuerzo de 31 suboficiales que demostraron que, para servir mejor a Colombia, nunca se deja de aprender.
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