
Antonio Caballero, un pluma irrepetible
A cinco años de la muerte de Antonio Caballero, ocurrida el 10 de septiembre de 2021, CAMBIO recuerda su vida y su legado en una semblanza escrita por su gran amiga, Zheger Hay.
Por: Zheger Hay Harb
Era por encima de todo un amigo incondicional. Ese, que quien no lo conocía lo creía amargado por la mordacidad de sus críticas, tenía para sus amigos una dulzura impensable, siempre generoso con su tiempo para escucharlos y a veces con un humor matizado con un poquito de ácido con el que pretendía disimular su cariño. Era honesto hasta la temeridad. Como cuando renunció a Semana, que había sido su casa por tantos años y se quedó literalmente sin tener de qué vivir. Como era oligarca, con tantos apellidos, con hacienda en Tipacoque y “tan viajado”, nadie podía imaginar lo suicida de su gesto. La generosidad de Los Danieles, que le asignaron un sueldo que ninguno de ellos cobraba, lo sacó del apuro.
Lo había conocido en mis tiempos de clandestinidad en un paso por Bogotá, cuando todavía me costaba salir a la calle porque sentía que todos los carros se me venían encima. Recordando años después ese encuentro yo le decía que él era el primer oligarca que había conocido porque en La Gloria a orillas del Magdalena donde nací no había de esos y él me respondía que yo era una princesita mora. Eso era cuando nos queríamos y no estábamos peleando, como cuando me quedé en su apartamento en Madrid y él refunfuñaba porque tenía que agacharse debajo del burro que le hacía de escritorio para enchufar la máquina de escribir eléctrica en la pared y se iba a golpear la cabeza y preciso, profecía cumplida: la calva colorada y mis carcajadas lo ponían peor. Entonces yo me iba al bar del barrio a leer El País y lo dejaba enfurruñado.
Verlo leer el periódico era un aprendizaje. Caray, decía, qué mal escriben. Y entonces me hacía caer en la cuenta de errores, de esos que uno mira sin ver, anestesiado de tanto encontrárselos en quienes se supone que saben escribir. Era mi cartilla La alegría de leer.
Era el mejor escritor, de una erudición apabullante, con gran sentido del ritmo, preciso en la puntuación, la separación de los párrafos y un lenguaje perfecto. Y también el mejor caricaturista, extraordinario dibujante y acertado en la crítica. Nos perdimos de saber si hubiera podido ser tan buen pintor como su hermano Luis, pero él, generoso como era, decía que había dejado de pintar cuando se dio cuenta de que Luis era mejor.

Como era tan increíblemente tímido y silencioso y tenía ese aspecto de desvalido, inspiraba una cierta ternura que lo hacía un gran conquistador. Una vez me lo llevé junto con Anders Kompass, entonces delegado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos a La teja corrida y nunca había visto yo un éxito semejante. Resultaron unos bailarines para quienes los huecos de esa pista solo apta para izquierdistas nostálgicos no presentaron ningún inconveniente. Las chicas se los peleaban, no se sentaron ni un momento. Fue muy afortunado en sus amores constantes, los de sus esposas -no me refiero a los amoríos fugaces y abundantes- sobre todo en la época de Alternativa cuando él y Enrique Santos se volvieron muy apetecidos. En sus años finales y hasta su muerte tuvo la compañía de sus grandes amores y una novia inteligente y generosa que alegró sus últimos días.
Yo no sé si es cosa de los tímidos, pero podía ser brutal en la timidez. Como una vez que dio una charla sobre cultura y paz dentro de un programa que yo llevaba en el ministerio de Cultura. No fue fácil. Se quejaba, lastimero, para no hacerla, pero yo no cedía: es que me cuesta trabajo, tengo que escribirlo, decía. Pues escríbelo, le contestaba yo. Zhegercita, me decía lambón, considérame. ¿Por qué pudiste dar la charla ante los militares y no puedes ayudarme a mí, que soy tu amiga? le terqueaba yo. Hasta que cedió. Cuando llegamos a la Biblioteca Nacional para la charla, Ramiro Osorio, que era el ministro, le dijo gracias, Antonio por ayudarnos. Y él muy fresco le respondió: yo no vine a ayudarlo a usted sino a Zheger. La charla fue un éxito, como era de esperar.
Cuando yo estaba en la Procuraduría lo llamaba apenas llegaba a la casa a contarle palabras y expresiones que oía a diario, almibaradas o usadas en un sentido contrario al que tenían, para morirnos de la risa. Una vez le conté que un funcionario, cuando le señalé que el segundo párrafo de un oficio no tenía nada que ver con el primero, el tercero volvía al primero y el cuarto correspondía a otro tema, me contestó: sí, doctora, falta hilaridad. Después de eso, la tal hilaridad se convirtió en un chiste privado, para señalar lo que no cuajaba. Como cuando un magistrado muy importante le pidió a Beatriz, su hermana, que se lo presentara y Antonio lo invitó a comer y me invitó. El magistrado, sin necesidad porque era un hombre realmente culto, hacía esfuerzos por impresionar a Antonio y actuó como si estuviera pasando examen, mencionando a un autor y otro y Antonio apenas asentía. Cuando se fue, concluimos que no hubo hilaridad.
Durante mucho tiempo me insistió en que escribiera mis experiencias y yo le decía que era la misma de muchas personas en Colombia, pero él insistía. Finalmente, me propuso que yo hablara y él escribía y nos íbamos para eso a Tipacoque. Un día me propuso que probara a escribir yo. Lo hice y me dijo que estaba mejor que como lo hacía él y así seguimos un tiempo, hasta que yo cometí la brutalidad de mostrarle el texto a una persona que no tuvo el menor escrúpulo en incluirlo en una publicación suya, escogiendo el único pasaje (unos diez renglones entre 150 páginas) que satisfacía su morbo. Antonio se puso furioso con él y conmigo porque no me hubiera dado cuenta de que ese morbo correspondía a la clase de tipo que era, con quién sabe qué experiencias traumáticas en ese terreno debido a su profesión. Y hasta ahí llegó el proyecto de libro. Nunca más he querido volver a tocarlo.

Una vez tuve la mayor prueba de su amistad. Por una fuente confiable me enteré de que como consecuencia de mi trabajo me estaban acusando de ser miembro y participar en reuniones con el ELN en momentos en que eso era realmente preocupante y yo ya había perdido el instinto para reaccionar ante el peligro. ¿A quién acudir? Se lo conté a Antonio porque era mi amigo, no pensando que él pudiera hacer algo. Al día siguiente él, tan retrechero frente al poder, pidió cita ante el alto funcionario que podía intervenir, fue a su despacho muy tieso y muy majo, el funcionario impresionado ante Antonio, como en general ocurría, se comprometió a protegerme y el asunto se arregló. Creo yo.
Sus últimos años fueron muy duros por la neuropatía que se le había agravado. Por teléfono me iba contando los avances de la enfermedad: ya no se podía abotonar la camisa, no podía subirse la bragueta, no podía ni caminar, y ya Carmen, su fiel empleada cuya muerte en la pandemia lloró lastimeramente, tenía que bañarlo y vestirlo. Los dolores eran insoportables.
La última vez que fui a Bogotá a verlo ya estaba en la clínica. Yo le tomaba el pelo porque la enfermera cachaca lo tuteaba y le pedía que sacara la lengüita y le diera el bracito, en cambio la costeña no lo tuteaba ni le hablaba en diminutivos. Le hice bromas con un dicho costeño que no puedo repetir aquí diciéndole que estaba bajo sospecha porque entró a verlo un médico muy filipichín. Cuando la enfermera se disponía a descubrirlo y me paré para salir, me pidió que me quedara y su despreocupación porque lo viera con pañal, siendo como era tan vanidoso, me hizo ver que estaba consciente de la cercanía del final. Cuando le ayudé a la enfermera a moverle las piernas y él gritaba de dolor tuve que hacer esfuerzos para no echarme a llorar. El médico dijo que tenía que estar ahí quince días más y yo me regresé a Santa Marta sin saber que la vida me había dado la última oportunidad de estar con él.
Nota: A partir del próximo domingo, Cambio lanzará una promoción de suscripciones mediante la cual se podrán adquirir tres de sus libros: Sin remedio, Historia de Colombia y sus Oligarquías y Mientras pasaba por ahí.
Lea los comentarios








