
Después del terremoto, jugar también es sanar: así procesan los niños el miedo y la incertidumbre
Tras el terremoto, algunos niños vuelven a pedir que los carguen, tienen pesadillas o buscan dormir acompañados. Estas reacciones no necesariamente significan un trauma: pueden ser formas de recuperar seguridad, mientras el juego les permite procesar lo ocurrido.
Cuando ocurre un terremoto, las afectaciones no siempre quedan a la vista. Mientras las autoridades revisan viviendas, colegios e infraestructura y las familias buscan soluciones para recuperar cierta estabilidad, niñas y niños también atraviesan su propio proceso emocional.
Para algunos, la emergencia significa haber sentido miedo por primera vez; para otros, implica dormir fuera de su casa, no saber cuándo podrán regresar o escuchar a los adultos hablar constantemente sobre temas que no comprenden del todo: viviendas dañadas, ayudas y reubicaciones.

En sectores como Alto de Santa Elena, en Cali, algunas familias permanecen en carpas porque tienen miedo de regresar a sus viviendas, mientras otras esperan soluciones después de que sus casas fueran consideradas estructuralmente inviables. En medio de esa incertidumbre también están los niños, que deben intentar comprender qué ocurrió y qué pasará con su vida cotidiana.
En ese contexto, el juego puede convertirse en una herramienta para procesar lo ocurrido.
El miedo también se expresa jugando
Andrea Catalina Fernández Quesada, psicóloga infantojuvenil y familiar de la Fundación Juego y Vida, le explicó a CAMBIO que los niños no necesariamente procesan una experiencia como un terremoto de la misma manera que los adultos. “Así como los adultos comunicamos por medio del lenguaje, hablamos, vamos a terapia para hablar, las niñas y los niños necesitan jugar”, explicó.
Para la especialista, los niños pueden expresar a través del cuerpo y del juego aquello que todavía no logran poner en palabras. Por eso, después de una emergencia pueden aparecer cambios en comportamientos que los adultos interpretan como “retrocesos”.
Algunos niños pueden volver a hablar como bebés, pedir que los carguen con mayor frecuencia, presentar ansiedad por separación, tener dificultades para dormir o necesitar nuevamente la compañía de sus cuidadores durante la noche. También pueden aparecer pesadillas, sobresaltos ante determinados ruidos o movimientos, irritabilidad, dificultades para concentrarse, cambios en la alimentación o mayor necesidad de atención.

Fernández insiste en que estos comportamientos no significan automáticamente que un niño esté traumatizado. “No por haber vivido un terremoto, entonces ya las niñas y los niños están traumatizados”, señaló.
En ese sentido, explica que estos aparentes retrocesos pueden ser una manera de regresar a lugares que anteriormente les proporcionaban seguridad. Más que interpretar estos comportamientos como un problema, los adultos pueden entenderlos como una señal de que el niño está intentando recuperar la sensación de que el mundo vuelve a ser un lugar seguro.
Cuando la casa deja de ser un lugar seguro
Para un adulto, perder temporalmente una vivienda puede significar principalmente un problema material. Para un niño, la experiencia puede ser mucho más amplia. “La casa no es solamente una estructura física, es una experiencia del mundo”, explicó Fernández. Allí están sus rutinas, sus objetos, sus olores, su cama y los espacios que reconoce como propios.
Por eso, cuando un terremoto obliga a una familia a abandonar su vivienda, también puede alterarse lo que la psicóloga denomina el “mapa de seguridad” del niño. La incertidumbre puede aparecer entonces en preguntas que se repiten una y otra vez: “¿Cuándo volvemos?”, “¿va a temblar otra vez?”, “¿mi casa se va a caer?” o “¿dónde vamos a dormir mañana?”.

Para Fernández, los adultos no necesariamente tienen que ofrecer respuestas definitivas cuando tampoco las conocen. Lo importante es hablar con sinceridad, utilizando un lenguaje que los niños puedan comprender y evitando exponerse innecesariamente a imágenes, videos o conversaciones sobre la emergencia.
Si todavía no se sabe dónde dormirá la familia al día siguiente, por ejemplo, no se trata de inventar una certeza. Se puede reconocer la incertidumbre y, al mismo tiempo, ofrecer seguridad: explicar que todavía no hay una respuesta, pero que los adultos están buscando una solución y que el niño no está solo.
Construir, caer y volver a empezar
El juego adquiere especial importancia porque permite que los niños representen situaciones que todavía no pueden explicar verbalmente. Un niño que teme haber perdido su casa quizá no diga: “Tengo miedo de perder mi hogar y no sé cómo recuperar la sensación de seguridad”.
Para Fernández, ciertos tipos de juegos pueden permitir recuperar algo que se pierde durante una emergencia, a través de la sensación de tener control sobre lo que ocurre. “Un niño pequeño quizás no pueda construir aún esa frase. Pero entonces puede construir una casa con bloques, puede hacerla caer y puede reconstruirla”, explicó.
También pueden aparecer juegos de persecución, escondite o situaciones en las que los personajes pierden vidas y vuelven al juego. Para la psicóloga, estos juegos pueden permitir que los niños exploren la posibilidad de escapar, encontrar refugios, sobrevivir y volver a empezar.

Desde la terapia de juego centrada en el niño, el juego es entendido como un lenguaje. Por eso, Fernández adviertió que los adultos no deberían intentar interpretar cada elemento como si tuviera un significado único.
Que un niño juegue al terremoto no significa automáticamente que esté traumatizado. Tampoco es necesario obligarlo a cambiar de juego porque el tema resulte incómodo para los adultos. “Necesitamos que jueguen lo que necesitan”, afirmó Fernández.
La recomendación de la experta es permanecer cerca, observar y acompañar. Si un niño quiere jugar al terremoto, puede permitírsele hacerlo, siempre dentro de límites que garanticen su seguridad.
Juego y Vida: acompañar sin decirles qué deben sentir
Ese es uno de los principios que orientan el trabajo de Juego y Vida en las comunidades afectadas. La organización reúne voluntarios que llevan diferentes actividades para los niños, desde juegos tradicionales y propuestas de movimiento hasta arte, música, yoga infantil y lectura de cuentos.
La idea, explicó Fernández, no es llegar a los territorios a decirles a los niños qué deben sentir o cómo deben jugar. “Hay una planeación muy flexible, como de conocernos y luego también escuchar las propuestas de la comunidad”, contó.
Por eso, actividades como jugar a la lleva, al escondite, saltar la cuerda, pintar o construir pueden convertirse en espacios para recuperar el vínculo con otros niños y con adultos que puedan acompañarlos.

El objetivo tampoco es obligarlos a hablar sobre el terremoto. Un niño puede querer hablar de lo ocurrido o puede preferir jugar sin mencionarlo directamente. Ambas posibilidades pueden hacer parte de su proceso.
En esos espacios, además, el juego ocurre en relación con otros. Un adulto puede acompañar una caída, mediar en un conflicto o simplemente permanecer cerca mientras los niños organizan a través del juego aquello que están viviendo.
¿Cuándo preocuparse?
Fernández también hizo una advertencia importante: después de una emergencia, no todos los cambios de comportamiento deben interpretarse como una enfermedad. Es esperable que durante un tiempo algunos niños estén más apegados a sus cuidadores, tengan miedo, duerman peor, hagan preguntas repetitivas, estén irritables o presenten cambios en sus rutinas.
La clave está en observar la intensidad, la persistencia y cuánto interfieren esas reacciones en la vida cotidiana.
Si después de varias semanas persisten pesadillas frecuentes, miedo que impide dormir o separarse de los cuidadores, cambios importantes en la alimentación, dificultades para regresar al colegio o jardín, aislamiento o incluso una pérdida marcada del interés por jugar, puede ser recomendable consultar con un profesional.

También es importante prestar atención al cuerpo: sobresaltos constantes, dificultades para relajarse o molestias físicas pueden ser formas en las que un niño manifiesta lo que todavía no logra expresar verbalmente. “Yo siempre digo: confíen en su instinto. Si ustedes sienten que hay algo aquí raro, consulten”, recomendó Fernández.
La intención, insiste, no es asustar a las familias ni patologizar cada reacción, sino acompañar.
Después de un terremoto, los niños también necesitan reconstruir su sensación de seguridad. Y en ese proceso, mientras los adultos intentan reconstruir casas, barrios y rutinas, ellos pueden hacerlo a su manera: jugando, imaginando, construyendo, derribando y volviendo a empezar.
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