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Votos nulos o no marcados: 250.262 colombianos fueron a las urnas pero sus votos no contaron
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Votos nulos o no marcados: 250.262 colombianos fueron a las urnas pero sus votos no contaron

El triunfo de Abelardo de la Espriella se definió por poco más de 250.000 votos en una jornada en la que también hubo 250.262 sufragios que no contaron para ningún candidato. Fueron votos nulos o tarjetones sin marcar que quedaron a apenas 568 papeletas de igualar la distancia entre el ganador y el perdedor.

Por: Sylvia Charry

Detrás del resultado de la segunda vuelta presidencial hay una cifra que no apareció en los titulares, pero que dice mucho sobre el estado de nuestra democracia y del país. Abelardo de la Espriella ganó la Presidencia con casi 13 millones de votos y una ventaja de 250.830 sufragios sobre Iván Cepeda, una diferencia cercana a un punto porcentual. 

La cifra que ha pasado desapercibida pero aun así resulta llamativa es la siguiente: 250.262 colombianos fueron a las urnas y su voto terminó prácticamente en la basura —220.763 anulados y 29.499 depositados sin una sola marca—. Los votos nulos y no marcados quedaron apenas 568 sufragios por debajo de la distancia que definió quién gobernará el país durante los próximos cuatro años. Dicho de otra manera, los votos que no eligieron a nadie prácticamente igualaron el margen de la victoria. La pregunta es qué ocurrió detrás de esa cifra: si se trató de una forma silenciosa de protesta, de ciudadanos que rechazaron ambas opciones, o simplemente de miles de errores al momento de marcar el tarjetón.

Conviene poner orden en esas cifras, porque no todas significan lo mismo. Esos 250.262 votos perdidos se reparten en dos grupos. El primero, y el más grande, son los 220.763 votos nulos: tarjetones que el ciudadano sí marcó, pero de una forma que impide saber a quién quiso elegir, es decir, quizás, marcó dos casillas, rayó el papel, puso la equis a medio camino entre dos nombres o puso un dibujo que confundió al jurado. El segundo grupo son los 29.499 tarjetones no marcados, y ahí el asunto se vuelve más desconcertante: ciudadanos que hicieron la fila, recibieron el tarjetón, entraron al cubículo y lo depositaron en blanco, sin tocar siquiera la casilla del voto en blanco. ¿Un olvido? ¿Una protesta silenciosa? ¿Solo buscaban el certificado para obtener los beneficios que da la ley? No hay forma de saberlo. Lo único cierto es que un cuarto de millón de colombianos cumplió con el rito de la democracia para que su voz se perdiera en el camino.

La cifra puede resultar más llamativa por las alarmas que encendió el Gobierno durante las votaciones. En la tarde del domingo, con las urnas todavía abiertas, el ministro del Interior, Armando Benedetti, publicó en su cuenta de X una denuncia: "Se presentan tarjetones marcados, con rayas o puntos, en 14 departamentos, según reportes que hemos recibido en el Puesto de Mando Unificado permanente del Ministerio del Interior". El ministro pidió a las autoridades vigilar especialmente a Atlántico, Bolívar, Caquetá, La Guajira, Bogotá, Magdalena, Nariño, Guaviare, Putumayo, Norte de Santander, Córdoba, Guainía y Valle del Cauca. 

El dato no es menor: un tarjetón que llega con una raya o un punto de más es uno de los se anula de inmediato, aunque el votante haya marcado correctamente a su candidato. Es decir, una marca ajena puede convertir un voto válido en un voto perdido. 

Esto no significa que esos tarjetones marcados se hayan convertido necesariamente en los votos nulos que registró el preconteo —no hay forma de trazar esa línea directa con los datos disponibles—, pero sí pertenecen al mismo fenómeno: marcas que, vengan de donde vengan, terminan anulando la voluntad del votante.

En todo caso, en la jornada electoral hubo 250.262 colombianos que salieron a votar y su voto no contó. En una elección decidida por un suspiro, esa cifra obliga a preguntarse qué falló. Las razones pueden ser varias: un votante que se equivocó, un tarjetón confuso, una marca ajena que cayó sobre el papel, una decisión deliberada de anular el voto. Pero entre todas esas explicaciones hay una que el Estado no puede esquivar: la pedagogía. Si una porción de esos tarjetones se perdió por errores de marcación, la pregunta no es por qué los ciudadanos marcan mal, sino qué tanto hizo la autoridad electoral para enseñarles a marcar bien. 

Es imposible saber a quién habrían beneficiado esos votos. Lo que sí es evidente es que, en una elección definida por apenas 250.830 sufragios, un cuarto de millón de votos perdidos tenía el potencial de ampliar la ventaja del ganador o reducirla aún más. Y en un escenario en el que la oposición ya reclama un escrutinio exhaustivo y ha condicionado el reconocimiento pleno de los resultados a las decisiones de los jueces, esa no es una cifra menor.

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