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Edna Bonilla

La última milla educativa: entre el acceso que se celebra y las trayectorias que se rompen

En la columna pasada exploré las primeras estaciones de la trayectoria educativa: la educación inicial, la básica, la secundaria y la media. Un recorrido que en el 2025 estuvo lleno de avances, retrocesos y brechas que muestran cómo la desigualdad obliga a millones de niñas, niños y adolescentes a bajarse del camino antes de tiempo. Pero incluso quienes logran llegar hasta el grado 11 —y superar la barrera del Saber 11— enfrentan la etapa más difícil de todas: la última milla, el salto a la educación superior y la permanencia hasta la graduación.

En Colombia, esta última etapa se parece más a una carrera de obstáculos que a un puente hacia nuevas oportunidades. Si queremos que el 2026 sea un año de transformaciones reales —y no un ejercicio más de diagnósticos repetidos— debemos poner el foco en los puntos donde el sistema pierde más estudiantes. Allí se acumulan las desigualdades y las instituciones educativas no alcanzan a responder a tiempo, justo cuando los jóvenes más necesitan apoyo.

Llegar a la educación superior no garantiza terminarla. En este nivel las trayectorias educativas se encuentran con numerosos tropiezos. Aunque se han ampliado los cupos, la proporción de jóvenes que logra graduarse sigue siendo baja frente a otros países de América Latina. Muchos comienzan, pero no todos llegan al final. Las razones se acumulan, comenzando por las brechas académicas desde primaria y secundaria. Le siguen las dificultades económicas para sostener los estudios, problemas emocionales como ansiedad y soledad académica, y debilidades institucionales en los sistemas de acompañamiento, tutorías y nivelación.

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