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David Colmenares
Puntos de vista

Acto de Dios

El terremoto fue natural. La tragedia no se explica solo por la naturaleza. Su alcance depende de lo que hicimos antes y de lo que hagamos ahora.
Un terremoto tiene dos tiempos. Uno se mide en segundos. El otro, en años.
Cuando la Tierra dejó de temblar, la tragedia no terminó. Para muchas familias, apenas empezó.

Hay quienes todavía buscan. Hay quienes esperan una llamada. Y hay quienes ya saben que no llegará. Después quedarán las casas a las que no se puede volver, los negocios que no abrirán, los ingresos interrumpidos y las deudas que no saben de duelo. El país necesita conocer el número de personas fallecidas, heridas y desaparecidas, y de edificios colapsados. Pero el tamaño de una tragedia nunca cabe en su primer balance.

En el lenguaje tradicional de los seguros heredamos una expresión para nombrar acontecimientos como este: “acto de Dios”. Siempre me ha parecido extraña. Puede describir lo que ningún ser humano provocó, pero se vuelve peligrosa cuando atribuimos a Dios lo que sí nos corresponde: cómo construimos, si nos preparamos, a quién dejamos expuesto y cómo respondemos. La naturaleza explica el movimiento; no explica por sí sola el desastre.
Cómo respondemos lo cambia todo.

Conocí ese segundo tiempo en Armenia, en 1999, y volví a encontrarlo después, desde Chile hasta Japón, ante catástrofes muy distintas. Cambian la amenaza y la geografía; no lo esencial: el desastre continúa mucho después de que cesa la emergencia y se van las cámaras.

Quizás por haber visto sus consecuencias, el terremoto es el fenómeno natural al que más respeto le tengo. También me da miedo. Estudiar estos riesgos no vuelve a nadie inmune a sentir que, en segundos, el suelo puede dejar de ser una certeza. Pero me asustan más la improvisación, las instrucciones confusas, la demora, la descoordinación y el olvido cuando las imágenes abandonan los titulares.

Decimos “desastre natural” como si esas palabras explicaran y absolvieran todo. Pero un desastre también se construye durante años: cuando una norma no se cumple, una edificación no se inspecciona, una infraestructura no se refuerza, una comunidad no recibe información clara o la desigualdad obliga a algunos a enfrentar la misma amenaza desde lugares más frágiles.

Esa vulnerabilidad se vuelve inadmisible cuando los recursos destinados a prevenir y atender emergencias terminan capturados por la corrupción. Colombia ya lo vio en el entramado de corrupción de la UNGRD. Cuando se desvían esos recursos, no solo se pierde dinero público: se reducen las posibilidades de rescatar, atender y proteger a tiempo. Y cada minuto cuenta.

Las responsabilidades del Estado, las autoridades locales, los constructores, los administradores, las empresas y los ciudadanos no son iguales ni pueden diluirse hasta que nadie responda. Prepararse es una responsabilidad compartida, no difusa.

Hoy corresponde rescatar, atender y acompañar. La incertidumbre no puede convertirse en combustible para especular o señalar sin evidencia. Pero la prudencia necesaria durante la emergencia tampoco puede convertirse en el silencio de mañana.

Hablar de protección financiera puede parecer prematuro. No lo es. Sería inaceptable convertir el dolor en una oportunidad comercial. No se trata de vender pólizas, sino de impedir que la pérdida siga multiplicándose. Una póliza no le pone precio a una vida ni reemplaza a quien falta, pero puede evitar que a la ausencia se sumen el endeudamiento o la pérdida del sustento.

Muchas personas carecen de esa protección porque no pueden pagarla o nunca ha estado a su alcance. Cambiar esa realidad es una responsabilidad que el Estado y la industria no pueden aplazar.

Colombia cuenta con una industria aseguradora que ha desarrollado capacidades técnicas y financieras para responder a siniestros catastróficos. Lo sé porque he dedicado mi vida a ella y presidí la Junta Directiva de Fasecolda. Durante años, el gremio y las compañías han desarrollado modelos y protocolos, constituido reservas y estructurado programas de reaseguro para atender eventos masivos.

Quienes trabajan en siniestros saben que una promesa escrita debe convertirse ahora en una respuesta real. Muchas veces tuve el orgullo de estar ahí, junto a equipos que lo hacen posible con presencia, orientación clara, atención humana y pagos oportunos. La solvencia se demuestra en los balances; la confianza, en la forma y la velocidad con que se atiende un siniestro. Confío en esta industria. Por eso la exigencia es alta.

Pero el seguro solo puede indemnizar lo que estaba cubierto. Un país expuesto a catástrofes debe decidir antes de la emergencia de dónde saldrán los recursos para atender, sostener y reconstruir; cómo protegerá su infraestructura y evitará que los más vulnerables deban empezar de cero.

La solidaridad es parte de lo mejor que somos. Aparece cuando todo parece haberse derrumbado y nos permite sostenernos unos a otros. No sustituye la prevención, la protección financiera ni la responsabilidad del Estado, pero sin ella ninguna respuesta sería verdaderamente humana.

Cuando termine la emergencia habrá que determinar qué colapsó, qué funcionó y qué debemos corregir. Con evidencia, sin fabricar culpables ni permitir que las responsabilidades se diluyan. Para aprender y no repetir.

Los terremotos duran segundos. La vulnerabilidad se construye durante décadas. La tierra volverá a moverse; lo que podemos decidir es en qué país nos encontrará: uno que llama “acto de Dios” a todas sus pérdidas o uno que se prepara, responde, protege, aprende y corrige.

Pero ninguna preparación deshace lo ocurrido. A quienes perdieron a alguien, ninguna póliza, ningún protocolo ni ninguna explicación les quitará el dolor. Lo que sí podemos hacer es no dejarlos solos: acompañarlos hoy, protegerlos mañana y honrar a quienes faltan cuidando mejor a quienes quedan.

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