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Juan David Correa
Puntos de vista

El figurante

Mira a la cámara. Está sentado en su avión privado. El rígido cuello de la camisa blanca reposa sobre la corbata azul anudada en Windsor. Un broche con la bandera de Colombia en la solapa del terno, también azul. El detalle de un pañuelo blanco apenas visible en el bolsillo posterior izquierdo de la chaqueta acaso sea la única seña de identidad que el figurante ha podido elegir para ese traje con el cual desempeña su papel, con inapetencia y algo de recelo, desde el pasado viernes. Pero es lunes, y a las 7:34 de la mañana, un temblor de 7.4 grados en la escala de Richter, ha desafiado cualquier plan que pudiera tener este hombre delgado, menudo y macilento por el maquillaje: la línea de la barba proviene de un boceto del storyboard que ha estado dibujando desde que era un niño, según su propia mitología. Las cejas anidadas, como rayones gruesos de carbón, le impiden enarcarlas como villano, y más bien acentúan su indudable capacidad cómica. Una de sus grandes esperanzas era convertirse en antagonista habida cuenta de su evidente plasticidad moral. 

Abelardo de la Espriella, presidente de la República de Colombia. Foto: Presidencia.
Abelardo de la Espriella, presidente de la República de Colombia. Foto: Presidencia.

Nadie hace diez meses, incluyéndolo, daba crédito a que pudiera ganar el papel protagónico. Él mismo había pagado la audición. Había entrenado durante dos décadas largas para estar allí, en otro de sus números de prestidigitación que, como podían funcionar, también podrían significar la activación de su gran acto de desvanecimiento: siempre distraer a los espectadores para emprender la huida. Consciente de que su película iba a ser cuando más una anécdota personal olvidada en una plataforma repleta de chatarra digital, comenzó divirtiéndose, al saber que no tendría estreno: el figurante no era mago, pero sabía que todos los trucos, por eficaces, siempre dependen de su límite temporal. 

Hace treinta años, mientras su padre intentaba crecer la fortuna familiar como político y abogado en la capital y en el Caribe, el figurante en trance a la adultez entendió las enormes implicaciones que tendría su destino de escuchar la fuerza de ese deseo de ser otro una y otra vez.  

Estupefacto ante la pantalla de su Sony Trinitron, encendido en su habitación del apartamento familiar del norte de la capital, en aquel año en que el capo fue asesinado en un tejado no supo entender que todo emperador sabe que lo bueno, al igual que lo malo, se convierte en rutina; que lo temporal tiende a perdurar; que lo extremo penetra en el interior; y que la máscara, con el tiempo, llega a ser el rostro mismo. De todos modos, no leyó Memorias de Adriano. En cambio, se dedicó a estudiar La ley y el orden, cuyas veintidós temporadas en la NBC ha atesorado como el capital cultural que guía su personalísima cofradía, y el logo de su bufete de abogados se hizo como el de la serie: en letra romana para a sentirse parte de ese imperio imaginado de manera limitadísima gracias a las novelas de Santiago Posteguillo, que ha leído parcialmente.

El figurante decidió estudiar leyes porque supo encontrar un sucedáneo para poder simular aquello que había soñado ser: otros y nunca él mismo; travestirse y devenir asesor de los paramilitares: en kufiya, el pelo parado con gel, con las patillas algo crecidas, camiseta blanca. En el fotograma mira a Ernesto Báez, otro actor del conflicto de entonces, mientras su jefe, Salvatore Mancuso, lee un discurso en San José de Ralito. El figurante ha dicho, en alguna de las entrevistas, que interpretaría aquel papel con mucha más decisión, y que, si pudiera haber tenido la oportunidad de llegar a ser el protagonista de aquella época de masacres y desplazamientos, como el comandante Castaño, para organizar la regeneración narcopolítica del uribismo, lo habría sido con fervor y decisión, aunque él, en su fuero interno, en la soledad del camerino, supiera que para protagonizar una película gore hay que estar dispuesto a nadar en sangre de manera permanente, lo cual le resulta más que desagradable, innecesario, en una época en la cual ya había efectos especiales.

Travestirse: tras entender que el uribismo iba a terminar su temporada, decidió saltar por la borda, mientras los barcos zarpaban con los comandantes paramilitares hacia Estados Unidos, para que no dijeran la verdad. Eligió casos mediáticos mientras seguía con el viejo negocio notarial de su padre, al que le sumó la experticia de conocer una verdadera estructura empresarial y legal del despojo de tierras, con la gasolina del narcotráfico: comprar barato y vender por avalúo catastral, suplantar en las ventas de bienes a comunidades sacrificadas o aterradas, reemplazar escrituras viejas por nuevas con testaferros, ocultar títulos o inventarlos, y hacerse a una pequeña fortuna de bienes en el Caribe y en la capital. 

Entonces el figurante comenzó a aparecer en los medios y quien lo escuchaba sentía aquella sensación que nos dan los cómicos de vivir en estado de impertinencia. Para crecer como figurante hay que saber estar detrás, pasar en cameos imperceptibles, jamás mirar a la cámara, hasta acercarse lo suficiente: todo figurante piensa que llegará a ser el centro de la escena. Entonces, navegando entre dos aguas, aprovechó sus contactos y comenzó a mirar hacia donde estaba el dinero: el espectáculo cuesta, no se hace con cartón y pegante. 

Representó a narcos en trance de negociación que le presentaron los viejos amigos de Ralito, trabó amistad con informantes de la DEA. Vibró con los primeros Grammy Latino que se ganaron su primo y sus compadres del tropipop. Se hizo al personaje de abogado latino en Miami en Aventura Mall. En Dadeland compró los ternos azules oscuros en los descuentos junto a las fragancias Calvin Klein de otras temporadas. 

En las noches de tempestad ensoñó que su escenario se parecía más a Miami vice, serie que él no había visto pues era solo un niño cuando se estrenó, en la misma NBC, en 1985: para entonces, según ha contado, él hacía ya buen dinero vendiendo gaseosas, cerveza, envueltos y fritos en un improvisado kiosco al frente de su morada familiar en Montería. 

Su vida, comenzó a ensoñar, había sido un milagro: su madre lo había rescatado de las aguas de La Mojana cuando aún estaba en el vientre, a solo unos días de su alumbramiento, según contaría convenientemente su padre, el notario, cuando ganó el papel. Elegido por agentes encubiertos, que siempre están atentos a nuevos figurantes dispuestos a todo, se miraba incrédulo al espejo; entendió, por fin, que era posible saltar de rodaje en rodaje.

Después de ser la voz del cómico-abogado, decidió crear una marca de ron: el tema del alambique y la prohibición del alcohol y los SpeakEasy, esos barcitos clandestinos donde se fumaban puros y se tomaba whisky, le fascinaban. Lo llamó Defensor. Cada cierto tiempo, respaldado por una amistad hecha en Florida con el locutor más famoso del país, sus aventuras se publicaban en horario triple A. El dinero, querido amigo, abre todas las puertas: Ali Babá dixit. De pronto, una mañana los oyentes despertaron para enterarse de que el figurante ahora cantaba ópera, así, chas, otro número más. 

Hace nueve meses, alguien de la verdadera industria se dio cuenta, y entonces pensó: si el figurante quiere ser el protagonista, haremos lo necesario. De repente, sin que él mismo pudiera creerlo, lo autorizaron para que se preparara para el papel, a su manera. No le dieron más que la escaleta, sin diálogos. Improvisaría.

El figurante terminó por conseguir el papel. 

Por fin puede leer la premisa del guion: “Lo que se proponen los productores con esta nueva serie es contar la vida de un frustrado aspirante a comediante dispuesto a todo para lograr la fama y de cómo es posible imponer a un farsante como máxima autoridad en un país que el imperio quiere controlar sin oposiciones”. 

Cuando se da cuenta, el farsante ruega que le dejen escribir solo el primer acto: indeciso, durante cinco semanas plantea ideas en voz alta: la posesión debe ser en un batallón, o en una ciudad al sur, o en un rooftop, o en un salón de eventos parecido al día de su grado como abogado. 

Inventa la escenografía. Las imágenes se ven precarias en las pantallas: las sillas parecen incómodas, la producción parece no funcionar, el atrezo no es adecuado, los figurantes miran a la cámara, viejas glorias que fueron algún día protagonistas parecen arracimados, incómodos, el set es deficiente. Cuando viene el primer corte, que consiste en apagar la luz y que su maestra de canto destroce la versión de Hallelujah de Leonard Cohen, el figurante desaparece. 

Exterior día, batallón Cali, tarima: “No os preocupéis, majesté, ahorita arreglamos esto. Camaradas, revolucioné: hay momentos en la vida de los pueblos, que esos momentos son instantáneos, ¿por qué?, por las decisiones propias de los ideales conjuntivos de una multitud que juzga y que en este momento están tratando ¿de qué? Vamos a ver”. 

Dos horas después, el figurante baja de la tarima. 

Al día siguiente, los productores toman el control: le dan unas semanas para organizar la intervención conjunta a su país con tropas de Estados Unidos, o prescindirán de su papel de figurante. 

—Terminará su mandato en un palacio de DryWall en Barranquilla, mientras Estados Unidos gobierna en Colombia —escucha. 

El avión privado aterriza en la capital. A unos cuantos kilómetros está la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. El figurante se baja de una de las diez Toyotas grises que lo han conducido al primer Puesto de Mando Unificado de su función. Entra al edificio, sube los tres pisos que lo separan de la sala donde lo esperan sus funcionarios y los periodistas. De repente, al ver las cámaras, entra en trance: lanza besos y sonrisas como si estuviera a punto de recibir un India Catalina. Detrás, su vicepresidente le dice:

—Ya deje la sonrisita.
    El figurante asiente. 
    Entonces, intenta entrar en su papel. 

Anuncia que reconoce los Altos del Golán como territorio israelí, como solo lo hace un país del mundo. Sabe que sus jefes esperan ese mensaje, en medio del terremoto más brutal que ha vivido Colombia en la última década.

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