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Edna Bonilla
Puntos de vista

Trayectorias educativas, trayectorias de vida

Hace unos días, en una clase con mis estudiantes de la Universidad Nacional, les pregunté qué entendían por trayectoria educativa. Muy pocos conocían el término, aunque lo relacionaban de inmediato con su proyecto de vida. Y no estaban equivocados. Una trayectoria educativa no es solo la sucesión de grados escolares. Es el vínculo vital y permanente que cada persona establece con el aprendizaje, moldeado por sus aspiraciones y por las oportunidades que la sociedad pone —o no— a su alcance. 

Las trayectorias educativas no son lineales ni homogéneas. Se construyen conjugando las aspiraciones personales, las oportunidades del sistema y los condicionantes del contexto social. Comienzan en la primera infancia  —etapa decisiva para el desarrollo del cerebro y la disposición hacia el aprendizaje—, siguen en la educación básica y secundaria, se diversifican en la media  —cuando surgen las preguntas vocacionales— y se proyectan hacia la educación superior y el mercado laboral. Pero no terminan allí. En un mundo de cambios acelerados, la formación permanente se vuelve indispensable. Basta mirar el crecimiento de la llamada economía plateada. Cada vez más adultos mayores participan en procesos de aprendizaje continuo.

Las trayectorias educativas se asemejan a caminos que se bifurcan. Algunos están pavimentados y bien señalizados. Otros exigen abrir trocha. Avanzar no depende solo del talento individual, sino también de las mochilas con las que cada persona inicia el viaje. Hay quienes cuentan con un capital cultural, económico y social que les allana el recorrido, mientras que otros deben apelar a la resiliencia para sortear obstáculos y, difícilmente, alcanzan metas semejantes. En cada etapa, el Estado y la sociedad pueden tender puentes que faciliten el tránsito o, por el contrario, crear obstáculos que lo interrumpan.

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