
El conflicto armado, y otras violencias, han producido en Colombia una de las tragedias —entre muchas otras— más impactantes y dolorosas: 137.000 desparecidos. Es algo aterrador: es como si la población entera de Zipaquirá, Sahagún o Pitalito se hubiese desvanecido. Pero más allá de las cifras, imagine por un momento, apreciado lector, que uno de esos desaparecidos fuese uno de sus seres queridos. Cuando pienso en eso siento un dolor y una angustia indescriptibles. Por eso escribo estas palabras, para que todos los colombianos nos solidaricemos con las víctimas de este horror, que solo empeora con el paso de los años.
¿Qué podemos hacer en concreto para remediar al menos en algunos casos —ojalá muchos, ojalá todos— esta pesadilla? La respuesta es apoyar a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD), cuyo equipo —con la colaboración ciudadana— ha logrado encontrar 586 personas con vida, ha recuperado 5.268 cuerpos y ha identificado otros 616. En estos momentos de recortes a los presupuestos de las entidades estatales dada la gravedad de la crisis fiscal, la UBPD no puede perder recursos para su noble tarea. Una disminución de su asignación sería una contribución absolutamente insignificante a la reducción del déficit fiscal; y sería un gran aumento del ya enorme déficit moral de Colombia.
Concluyo este llamado con un conmovedor poema de Nelson Ricardo Téllez, homenaje a las personas y organizaciones que no desfallecen en la ardua labor de encontrar —vivos o muertos— a sus seres queridos:
Salí a buscar caídos
Moveré las piedras de mi dolorida patria,
moveré el silencio de los hombres
y llevaré la paz a las fronteras de la muerte.
Ese, mi querido amigo,
por ahora innominado amigo de mi patria,
es mi juramento de hoy y de mañana y para siempre.
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