
El VI Festival de las Ideas llegó a Villa de Leyva el fin de semana pasado con una premisa ambiciosa: llevar a ocho de los ministros de Abelardo De la Espriella para hablar de cómo piensan reconstruir, repensar y reimaginar el país. Se esperaban cerca de 400 personas, pero llegaron más de 600 y fue necesario habilitar un espacio alterno para quienes ya no cabían. Durante tres días se habló de democracia, economía, seguridad, Inteligencia Artificial, libertad de prensa y reconstrucción. Colombia estrenaba Gobierno y el Festival quería ponerlo a conversar con el país. Pero el Gobierno no llegó, y los ocho ministros que habían confirmado su participación cancelaron su asistencia. Tampoco estuvo el presidente.
Hay ausencias que son apenas una silla vacía y hay otras que terminan diciendo más que cualquier discurso. Esta ausencia dejó de ser un problema de agenda para convertirse en una pregunta política: ¿qué pasa con las ideas cuando quienes tienen el poder de convertirlas en decisiones no llegan a la conversación? ¿Qué pasa cuando un Gobierno le hace un desplante de esta naturaleza a 600 lideres del país y a un grupo de medios de comunicación como Prisa?
Porque una cosa es tener hombres y mujeres con ideas y otra, mucho más difícil, poner a estas personas a conversar con un público diverso y quizás crítico. De ideas estamos llenos. Colombia tiene programas de gobierno, planes de desarrollo, documentos técnicos, universidades, centros de pensamiento, empresarios, investigadores, periodistas y bibliotecas enteras diagnosticando nuestros problemas. Lo difícil empieza cuando una idea abandona la comodidad del papel y se encuentra con otra; cuando tiene que responder una pregunta que no estaba calculada; cuando una certeza se enfrenta a un territorio que la contradice; cuando quien gobierna escucha algo que no quería escuchar y, aun así, permanece sentado. Las ideas pueden existir solas. La democracia comienza cuando las ponemos en conversación.
Eso era lo que podía ocurrir en Villa de Leyva. Allí estaban empresarios, académicos, periodistas, dirigentes políticos, organismos internacionales y las cabezas de las altas cortes. Se habló de la polarización, la desinformación, la pérdida de confianza y la fragilidad institucional. Había diferencias y había preguntas. Había, sobre todo, un país tratando de escucharse. Por eso, las ocho sillas vacías importan. No porque un ministro tenga que asistir a cada foro al que es invitado, sino porque no faltaron solamente ocho intervenciones: faltaron ocho posibilidades de conversación. Ocho oportunidades de contrastar las ideas del Gobierno con quienes producen, investigan, informan, administran justicia y gobiernan los territorios. Ocho posibilidades de que una certeza saliera convertida en pregunta.
Tal vez ese sea uno de nuestros grandes problemas. Tenemos más medios para comunicarnos que nunca y cada vez menos lugares para encontrarnos. La izquierda habla con la izquierda, la derecha con la derecha, los empresarios con los empresarios, la academia con la academia y los algoritmos terminan de construir habitaciones llenas de espejos donde siempre encontramos la razón. Pero un país no se construye hablando entre quienes están de acuerdo. Gobernar también es exponerse a la contradicción. Escuchar no significa conceder. Conversar no significa renunciar a las convicciones. La democracia no consiste en pensar igual, sino en seguir siendo capaces de construir juntos cuando pensamos distinto.
Y entonces llegó la voz del Chocó. La gobernadora Nubia Carolina Córdoba cerró el Festival llevando hasta Villa de Leyva una realidad imposible de resolver desde la abstracción: el terremoto dejó alrededor de 32.000 viviendas afectadas en un departamento que ya cargaba enormes brechas históricas. Pero Córdoba no pidió simplemente reconstruir lo perdido. Planteó algo mucho más profundo: no se puede reconstruir el Chocó para devolverlo exactamente al lugar donde estaba antes del terremoto. Hay que reconstruir mejor, generar empleo, atraer inversión, fortalecer infraestructura y convertir la tragedia en una posibilidad de transformación. Y dejó una frase que terminó atravesando todo el Festival: “No hay ninguna manera de que un departamento con las condiciones preexistentes como las del Chocó pueda recuperarse solo”. Quizá esa fue la idea más poderosa de esos días.Nadie sale solo.
No sale solo el Chocó de una tragedia que destruyó viviendas y proyectos de vida. No salen solas las regiones de las brechas que Colombia lleva décadas aplazando. No puede el sector privado reemplazar al Estado ni el Estado reconstruir un país sin empresarios, universidades y territorios. Y tampoco puede un Gobierno construir Colombia conversando únicamente consigo mismo. Gobernar es entender que el otro hace falta. Que incluso aquel que contradice, incomoda o pregunta puede tener una parte de la respuesta.
Por eso, la ausencia del Gobierno importa. No como reproche protocolario ni como argumento partidista. Importa porque había una oportunidad extraordinaria: más de 600 personas reunidas y dispuestas a escuchar y preguntar en un momento en que Colombia necesita reconstruir algo todavía más difícil que carreteras, escuelas o viviendas: la confianza. Y la confianza no se decreta. Necesita presencia. Necesita interlocutores. Necesita una silla ocupada al otro lado de la pregunta.
Mientras terminaba el Festival, empezó a arder el cerro San Marcos. El fuego avanzó sobre la montaña y terminó afectando cientos de hectáreas. No quisiera convertir una tragedia ambiental en una metáfora fácil, pero era imposible mirar el humo sobre Villa de Leyva mientras adentro hablábamos de democracia, reconstrucción y futuro sin sentir que la realidad estaba escribiendo su propio epílogo. Porque frente al fuego nadie pregunta quién piensa como quién. Se necesitan bomberos, autoridades, habitantes, voluntarios, conocimiento, agua, coordinación. Se necesita que cada uno llegue con aquello que puede aportar. Pero, sobre todo, se necesita que llegue.
Tal vez Villa de Leyva nos dejó tres imágenes que no logro separar: más de 600 personas llegaron porque querían pensar el país; una gobernadora diciendo que su territorio no puede levantarse solo; y ocho ministros ausentes de una conversación a la que habían sido invitados.
Ahí está la pregunta: ¿dónde están las ideas cuando quienes deben ponerlas en conversación no llegan?
Porque las ideas que solamente encuentran aplausos terminan convertidas en certezas. Las que solo conversan con quienes piensan igual terminan convertidas en trincheras. Y las que dejan de aceptar preguntas corren el riesgo de convertirse en dogmas. La democracia ocurre en otro lugar: en ese territorio incómodo donde una idea encuentra otra y ninguna sale exactamente igual de como entró.
El Chocó no puede reconstruirse solo. Ninguna región puede. Ningún sector puede. Ningún Gobierno puede.
Las ideas estaban en Villa de Leyva. Más de 600 personas llegaron a buscarlas. Una gobernadora llevó hasta allí la urgencia de un territorio que necesita al resto del país. Afuera, una montaña comenzaba a arder.
Y quedaron ocho sillas vacías.
Porque quizás gobernar también sea eso: llegar, sentarse y escuchar antes de que aquello que compartimos empiece a arder.
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