
Puede ser la consigna o el grito de batalla de las nuevas generaciones de lectores de la obra de Gabriel García Márquez en el centenario de su nacimiento. Sería un acto de gratitud con su tierra natal. Entre tanto, desde la Fundación Pares, en compañía de generosos aliados, haremos nuestra pequeña contribución.
Hay una historia de Gabriel García Márquez y Rafael Escalona fabulosa, que permite ver la peripecia de dos amigos iniciando su carrera hacia la bien merecida fama de hombres enormes de nuestra cultura. En algunas de sus correrías por la costa Atlántica, Gabo acompañaba a Escalona en sus parrandas. Escalona cantaba, improvisaba versos, contaba historias y reunía a la gente alrededor de una canción. Gabo estaba ahí, escuchando y conversando, comparando los recuerdos de su niñez con lo que veía en esa traviesa juventud en el gran Caribe, para luego convertir esta memoria en gloriosas novelas.
Pero también estaba tratando de sobrevivir. En aquellos días vendía enciclopedias para solventar su vida y seguir escribiendo. Y entonces aparecía la solidaridad entre amigos. Cuando terminaba la parranda, Escalona se encargaba de que Gabo no regresara con las enciclopedias debajo del brazo. Conminaba a los asistentes a comprarle ese compendio iluso de erudición.
Me gusta imaginar esa escena. Todavía no había visto la luz Cien años de soledad, ni asomaban los homenajes y los grandes escenarios. Eran dos jóvenes atravesando el Caribe, buscando la vida. Uno iba cantando las historias que encontraba por el camino; el otro alimentaba su imaginación con estas letras vallenatas, al tiempo que ganaba el pan en el duro oficio de venderle libros a esquivos lectores.
Quizás ninguno podía imaginar hasta dónde llegarían esas historias. Pero ahí estaba ya buena parte de lo que vendría después: la amistad, el rebusque, la oralidad, la música, los caminos de la costa y esa necesidad casi obstinada de contar. Por eso tiene un significado especial que este año, cuando celebramos los cien años del nacimiento de Rafael Escalona, el Festival Macondo vuelva a Aracataca el 4 y el 5 de septiembre.
Queremos volver sobre esa conversación entre literatura y vallenato, pero no desde la nostalgia. Queremos preguntarnos qué permanece vivo de ese mundo y, sobre todo, qué podemos hacer con él hacia el futuro. Porque Macondo no es solamente García Márquez. Macondo está en las cocineras de Aracataca, en sus músicos, en sus artesanos, en las historias familiares, en la memoria de la Zona Bananera, en sus jóvenes y en las mujeres que durante generaciones sostuvieron familias y comunidades mientras transmitían historias. Por eso, este año el Festival quiere entrar también a las cocinas con La mesa de los Buendía, escuchar a las nuevas generaciones, hablar de las mujeres que hicieron posible ese Caribe y devolverle al vallenato su dimensión de relato y memoria.
No queremos representar un Macondo detenido en el tiempo. Mucho menos convertir Aracataca en una escenografía de Cien años de soledad. Queremos encontrarnos con el Macondo que sigue vivo. Y ahí aparece una pregunta que para mí trasciende el Festival:
¿Qué hacemos los colombianos con nuestra enorme riqueza cultural?
Durante décadas hemos tratado la cultura como el capítulo amable de las políticas públicas. Primero vienen la infraestructura, la economía, el empleo y los asuntos considerados ‘serios’. Después aparece la cultura.
Creo que esa mirada se agotó.
La cultura también puede ser infraestructura para el desarrollo. Un festival moviliza hoteles, restaurantes, transporte y comercio. Una tradición gastronómica puede convertirse en emprendimiento. Una ruta cultural genera oportunidades. Una escuela artística puede cambiar el horizonte de un joven. La memoria puede convertirse en conocimiento y el patrimonio, cuando está conectado con su comunidad, puede producir futuro. Y eso nos lleva inevitablemente a 2027. El próximo año se cumplirán cien años del nacimiento de Gabriel García Márquez. El mundo volverá los ojos hacia Colombia. Habrá homenajes, exposiciones, libros, encuentros, conversaciones y celebraciones alrededor de uno de los escritores más importantes del siglo veinte en el mundo.
Pero creo que desde ahora deberíamos hacernos una pregunta menos cómoda:
¿Qué va a quedar en Aracataca cuando termine el centenario?
Porque podemos hacer una extraordinaria celebración de Gabo y, aun así, perder una oportunidad histórica.
El centenario debería dejar algo concreto en el territorio donde comenzó esta historia: jóvenes formados, emprendimientos fortalecidos, infraestructura cultural, memoria recuperada, rutas culturales, visitantes y nuevas posibilidades para quienes viven allí.
No basta con celebrar el lugar donde nació García Márquez. Tenemos que contribuir a que ese lugar pueda construir su futuro a partir de la enorme riqueza que posee.
Esa es, quizás, la conversación que queremos comenzar en los días 4 y 5 de septiembre.
El Festival Macondo de este año celebra los cien años de Escalona y ese Caribe oral, musical y popular que acompañó a García Márquez. Pero también quiere abrir el camino hacia los cien años de Gabo en 2027.
Hay algo hermoso en esa secuencia: primero Escalona, después Gabo. Primero el acordeón y después la novela. Primero la historia contada de boca en boca y después la historia que recorrió el mundo. Y en medio de las dos celebraciones está Aracataca.
No como telón de fondo. No como lugar de peregrinación. No como una fotografía junto a la Casa Museo. Como protagonista.
Durante más de medio siglo, Macondo salió de Aracataca y recorrió el mundo. Llegó a millones de lectores, a universidades, librerías, pantallas y lenguas que probablemente aquel joven que vendía enciclopedias en las parrandas de Escalona nunca imaginó. Ahora tenemos la oportunidad de invertir el viaje. Que una parte de todo lo que Macondo le ha dado al mundo regrese convertida en posibilidades para la tierra que lo inspiró.
Quizás esa sea la mejor manera de celebrar los cien años de Gabriel García Márquez. No solamente recordar de dónde vino. Ayudar a construir lo que viene.
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