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El fascista: anatomía emocional de una fragilidad organizada
El fascista típico no nace fascista: se siente amenazado. Su identidad se vive como frágil, susceptible de ser erosionada por fuerzas externas. | Foto: National Archives
Salud y bienestar

El fascista: anatomía emocional de una fragilidad organizada

El psiquiatra José A. Posada examina cómo la ansiedad, la necesidad de certeza y la percepción de amenaza pueden fortalecer proyectos autoritarios.

Por: Jose A Posada Villa

Hablar de fascismo solo como un proyecto político es quedarse corto. La evidencia acumulada en psicología social y ciencias del comportamiento muestra que, detrás de las ideologías autoritarias, existe una estructura emocional que organiza el miedo, la incertidumbre y la sensación de vulnerabilidad frente a un mundo percibido como caótico. El fascismo no es únicamente una doctrina: es una forma de gestionar la angustia cuando la realidad se experimenta como excesiva o incontrolable (Adorno, 1950; Altemeyer, 1996). Esta dimensión afectiva no reemplaza la política, pero la atraviesa y la potencia.

La investigación clásica en psicología social ya había identificado que las personas con alta sensibilidad a la amenaza tienden a preferir ideologías que prometen orden, homogeneidad y simplicidad moral (Duckitt, 2001). No se trata de patologizar a nadie, sino de reconocer un estilo afectivo caracterizado por baja tolerancia a la ambigüedad y preferencia por estructuras rígidas. La diversidad se vive como riesgo; la diferencia, como desestabilización. En este sentido, el autoritarismo - y su versión extrema, el fascismo - no rechaza la complejidad por ignorancia, sino porque la complejidad incrementa la ansiedad. La ideología funciona como un ansiolítico: reduce la incertidumbre mediante la promesa de un mundo ordenado, predecible y moralmente claro.

Pero reducir el fascismo a un fenómeno emocional individual sería un error. Las emociones predisponen, pero no determinan. La adhesión a proyectos autoritarios también depende de factores estructurales: crisis institucional, desigualdad, precariedad económica, polarización mediática y tecnologías de propaganda que amplifican la sensación de amenaza. El miedo es real, pero también es producido, distribuido y explotado políticamente. La literatura sobre motivación política ha mostrado que las percepciones de amenaza - sean reales o inducidas - incrementan la preferencia por líderes fuertes y soluciones autoritarias (Jost et al., 2003). El fascismo, en este sentido, es tanto una respuesta emocional como una construcción estratégica.

El fascista típico no nace fascista: se siente amenazado. Su identidad se vive como frágil, susceptible de ser erosionada por fuerzas externas. Esa percepción de vulnerabilidad - a veces real, a veces imaginada - activa la búsqueda de un líder fuerte capaz de “proteger” la identidad colectiva. En contextos de incertidumbre, quienes experimentan mayor sensibilidad a la amenaza tienden a preferir figuras de autoridad que prometen orden y claridad (Jost et al., 2003). El líder funciona como un estabilizador emocional: alguien que reduce la duda y ofrece una narrativa coherente para un mundo que se percibe como incoherente. No se le sigue por su capacidad técnica, sino por su capacidad de eliminar la incertidumbre.

La empatía del fascista no es inexistente: es selectiva. La evidencia muestra que las personas con mayor rigidez afectiva suelen sentir empatía casi exclusivamente hacia su propio grupo, mientras deshumanizan o minimizan el sufrimiento de los demás (Altemeyer, 1996). Esta empatía excluyente no es un defecto moral aislado, sino una estrategia emocional para evitar la ambivalencia. Reconocer la humanidad del otro implicaría cuestionar la propia identidad y abrir espacio a la duda, algo que el fascista no tolera. La rigidez afectiva es, en este sentido, una defensa contra la complejidad emocional: protege al sujeto de la incomodidad que produce la diferencia.

Otro rasgo frecuente es la preferencia por un locus de control externo: la tendencia a delegar decisiones en figuras de autoridad para reducir la angustia asociada a la libertad. Aunque esta relación no es determinista, sí se observa que quienes sienten que “otros deben decidir” experimentan alivio emocional cuando obedecen normas rígidas (Rotter, 1966). Para el fascista, la libertad no es un valor, sino una amenaza: implica asumir responsabilidad por el propio deseo, y ese es un peso emocional que muchos prefieren evitar. La obediencia, en este sentido, funciona como un mecanismo de regulación afectiva.

El líder fascista opera como un dispositivo de contención emocional. Absorbe la ansiedad colectiva y la transforma en certezas simples. Promete que la identidad puede ser pura, que el conflicto puede desaparecer y que la falta - esa sensación de incompletud que acompaña toda subjetividad - puede ser eliminada si se neutraliza al enemigo. El seguidor no lo admira por su inteligencia, sino por su capacidad de convertir la angustia en orden. La ideología se convierte en un refugio emocional: un espacio donde la duda desaparece y la complejidad se simplifica.

La obsesión fascista con la pureza - racial, moral, nacional - tiene raíces psicológicas profundas. Los proyectos de pureza social se basan en la fantasía de eliminar lo “impuro” para restaurar un orden idealizado (Bauman, 2000). Esta fantasía divide el mundo entre “limpios” y “contaminados”, “buenos” y “malos”. Desde la salud mental, esta visión binaria refleja una dificultad para tolerar la complejidad moral y emocional. La pureza es una ilusión defensiva: un intento de borrar la falta mediante la eliminación del otro. La promesa de pureza es, en realidad, la promesa de alivio emocional.

La violencia fascista no es solo instrumental: es expresiva. La agresión puede funcionar como un mecanismo para regular emociones negativas como miedo, resentimiento o frustración (Petersen, 2010). La violencia otorga identidad: “soy fuerte porque puedo destruir”. Este patrón se asocia con dificultades en regulación emocional y con la tendencia a externalizar el malestar hacia grupos considerados enemigos. La violencia se convierte en un alivio momentáneo, una forma de transformar la angustia en acción. No es solo política: es emocional.

El fascismo también se alimenta de nostalgia: un pasado glorioso que nunca existió. La nostalgia política extrema funciona como un refugio frente a la incertidumbre del presente y la amenaza del futuro. Puede regular emociones negativas, pero cuando se convierte en ideología, distorsiona la percepción del presente y fomenta la idealización de figuras de autoridad (Sedikides et al., 2008). El fascista vive en un pasado imaginario porque el presente le resulta intolerable.

Finalmente, el fascismo necesita enemigos para existir. Los grupos pueden depender emocionalmente del conflicto para mantener cohesión interna (Tajfel & Turner, 1979). El enemigo cumple funciones psicológicas: da sentido, organiza la identidad, justifica la violencia y evita la introspección. Sin enemigo, el fascista tendría que enfrentarse a sí mismo, y eso es emocionalmente insoportable.

Desde la salud mental, el fascismo no es fortaleza: es fragilidad organizada. Es el intento desesperado de un grupo por protegerse de un mundo que no entiende y que le exige más madurez emocional de la que está dispuesto a desarrollar. La democracia, vista desde la salud mental, no solo se defiende con instituciones: se defiende con salud emocional colectiva. Sin ella, el miedo siempre encontrará un líder dispuesto a convertirlo en poder.

 

Fuentes

Adorno, T. W. (1950). The Authoritarian Personality.

Altemeyer, B. (1996). The Authoritarian Specter.

Duckitt, J. (2001). A Dual-Process Cognitive-Motivational Theory of Ideology and Prejudice.

Jost, J. T., Glaser, J., Kruglanski, A. W., & Sulloway, F. (2003). Political Conservatism as Motivated Social Cognition.

Bauman, Z. (2000). Modernity and the Holocaust.

Petersen, M. B. (2010). Political Violence and Emotions.

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