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Lo que se mueve por dentro cuando la tierra se mueve
un terremoto confronta al sujeto con aquello que escapa a su control. Pero también revela la potencia del lazo social. | Foto: Colprensa
Salud y bienestar

Lo que se mueve por dentro cuando la tierra se mueve

Un terremoto no solo deja daños materiales. También puede provocar ansiedad, insomnio, estrés y traumas que permanecen después de que la tierra deja de temblar. El psiquiatra José A Posada Villa analiza el impacto psicológico de los sismos y la importancia de la salud mental en la recuperación.

Por: Jose A Posada Villa

Hay un instante, apenas unos segundos, en el que el mundo deja de ser confiable. No es solo el movimiento brusco del suelo ni el ruido seco de las paredes quebrándose. Es algo más íntimo: una fisura en la certeza de que la realidad obedece a un orden. Cuando la tierra tiembla, también tiembla el mundo interior. El cuerpo se vuelve antena, el tiempo se contrae, y la mente queda suspendida en un territorio sin nombre donde lo cotidiano pierde su forma.

Quienes han vivido un terremoto describen ese momento como una ruptura del pacto silencioso que sostiene la vida: la idea de que el suelo permanece bajo los pies. Esa metáfora, tan simple, es en realidad un fundamento psíquico. La estabilidad física del mundo es también la estabilidad simbólica que permite organizar la existencia. Cuando el suelo se abre, se abre también la trama de significados que nos sostiene.

La ciencia ha intentado capturar esta experiencia. Los estudios sobre desastres naturales muestran que, tras un terremoto, emergen síntomas de ansiedad, insomnio, irritabilidad, estrés agudo y trastornos relacionados con trauma (Norris et al., 2002). Pero las cifras no alcanzan a describir la dimensión subjetiva del acontecimiento. Un terremoto no solo destruye casas: destruye certezas. Y esa pérdida de sentido es, en sí misma, un impacto psicológico mayor.

En Colombia, donde la memoria colectiva guarda episodios como el terremoto del Eje Cafetero en 1999, este tema no es ajeno. La Política Nacional de Salud Mental 2025–2034 reconoce que los eventos extremos son determinantes críticos del bienestar emocional. Sin embargo, aún falta comprender que el daño no se limita a diagnósticos clínicos: es una transformación profunda en la manera como las personas significan su vida, sus vínculos y su lugar en el mundo.

En las primeras horas después del sismo, el cuerpo se convierte en territorio de inscripción. La hiperalerta, la tensión muscular, la dificultad para dormir y la sensación de amenaza constante no son fallas del sistema nervioso: son respuestas a la irrupción de lo inesperado. La neurociencia del trauma ha mostrado que el cerebro permanece en estado de alarma incluso cuando el peligro ha pasado, porque los circuitos de supervivencia continúan activos (van der Kolk, 2014). Esta activación sostenida explica la llamada memoria corporal del trauma, en la que el cuerpo recuerda antes que la mente.

En esta fase, los primeros auxilios psicológicos son más que una técnica: son un gesto de humanidad. Escuchar, acompañar, ofrecer información clara, sostener emocionalmente. La OMS ha demostrado que estas intervenciones tempranas reducen la probabilidad de desarrollar trastornos posteriores y fortalecen la capacidad de afrontamiento (WHO, 2013). Pero su valor no es solo clínico: ayudan a reconstruir un mínimo de sentido en medio del caos, a reanudar el hilo de la vida cuando parece haberse roto.

Semanas después, cuando los escombros se recogen y la ciudad intenta volver a su ritmo, aparece otra dimensión: la persistencia del acontecimiento. El terremoto retorna en forma de recuerdos intrusivos, pesadillas, miedo a ciertos espacios. Se evitan los edificios altos y la sensación de inseguridad. En algunos casos, especialmente cuando hubo pérdidas significativas, emerge el trastorno por estrés postraumático.

La investigación contemporánea ha mostrado que las personas no responden igual a un desastre. Existen trayectorias de recuperación: algunas personas presentan síntomas intensos que disminuyen con el tiempo. Otras mantienen un nivel estable de malestar. Otras desarrollan síntomas tardíos, y un grupo significativo muestra resiliencia desde el inicio. Estudios longitudinales indican que entre el 10 % y el 30 % de los sobrevivientes de desastres naturales desarrollan síntomas persistentes de trauma, dependiendo de la magnitud del evento, las pérdidas sufridas y los apoyos comunitarios disponibles (Bonanno et al., 2023).

Pero incluso en medio del dolor, hay algo que resiste. La investigación sobre resiliencia ha mostrado que las personas pueden desarrollar nuevas capacidades después de un desastre: mayor cohesión social, solidaridad, sentido de propósito (Bonanno, 2004). El terremoto, aunque devastador, también puede abrir la posibilidad de reorganizar la vida desde otros significados. La reconstrucción emocional no es solo reparación: es también creación.

El impacto subjetivo del terremoto no es homogéneo. Los niños y adolescentes, cuya estructura emocional está en formación, pueden experimentar miedo persistente, regresiones o dificultades escolares. Las personas mayores, especialmente quienes viven solas, enfrentan un riesgo elevado de aislamiento emocional. Las mujeres, por las cargas de cuidado, suelen asumir el rol de sostén afectivo en medio del desastre. Las personas con discapacidad enfrentan barreras adicionales en la evacuación y el acceso a información. Y las comunidades rurales, donde los servicios de salud mental son escasos, viven el impacto en soledad. En todos estos grupos, la intervención debe ser diferencial y culturalmente pertinente.

Un terremoto es un evento geológico, pero su impacto es profundamente social y subjetivo. Por eso, la respuesta estatal debe incluir la salud mental como componente central. La Red Mixta Nacional y Territorial de Gobernanza en Salud Mental (RedMix SM), creada en 2025, ofrece una oportunidad para integrar la salud mental en los sistemas de emergencia. Esto implica capacitar equipos de primera respuesta en primeros auxilios psicológicos, implementar tamizajes breves como SRQ, SDQ o RQC en zonas afectadas, garantizar acompañamiento psicosocial sostenido y articular sectores como salud, educación, protección social, justicia y gestión del riesgo.

La reconstrucción física puede tardar años. La emocional, a veces más. Pero también puede ser una oportunidad para fortalecer vínculos, recuperar la confianza y construir comunidades más resilientes. La evidencia muestra que los espacios comunitarios, las actividades culturales, el deporte y la participación ciudadana son factores protectores que aceleran la recuperación (Hobfoll et al., 2007).

Al final, un terremoto confronta al sujeto con aquello que escapa a su control. Pero también revela la potencia del lazo social. Es en el encuentro con otros donde la experiencia traumática puede transformarse. La tierra tiembla, sí, pero es posible reconstruir un suelo simbólico que permita volver a habitar el mundo.

Fuentes

Bonanno, G. (2004). Loss, trauma, and human resilience. American Psychologist.

Bonanno, G. et al. (2023). Trauma trajectories after natural disasters. Journal of Traumatic Stress.

Hobfoll, S. et al. (2007). Five essential elements of immediate and mid-term mass trauma intervention. Psychiatry.

Norris, F. et al. (2002). 60,000 disaster victims speak. Psychiatry.

van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score.

WHO (2013). Psychological First Aid: Guide for Field Workers.

 

  •  José A Posada Villa es Médico Psiquiatra, Director del Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN Clínica Montserrat Hospital Universitario

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