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Terapeutas populares: cuando el territorio decide cuidar su propia vida
El Cesar está mostrando al país que la salud mental también se construye desde abajo. | Foto: Facebook PDPCG
Salud y bienestar

Terapeutas populares: cuando el territorio decide cuidar su propia vida

En el Cesar, una apuesta comunitaria está formando terapeutas populares para brindar acompañamiento emocional desde los propios territorios. El psiquiatra José A. Posada Villa cuenta la historia de este proyecto y por qué la salud mental rural no puede seguir esperando.

Por: Jose A Posada Villa

En el Cesar, hablar de salud mental dejó de ser un asunto técnico para convertirse en una urgencia ética. No es una frase retórica: basta recorrer los territorios rurales para entender que el sufrimiento psicosocial se ha vuelto parte del paisaje. La pobreza persistente, el conflicto armado, la migración forzada y la precariedad institucional han moldeado generaciones enteras. Y, sin embargo, en medio de esa adversidad, el territorio ha decidido cuidarse a sí mismo. Lo está haciendo a través de una apuesta silenciosa, profunda y transformadora: la formación de terapeutas populares, una estrategia comunitaria que el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar y La Guajira (PDPCG) viene construyendo desde 2019 y que hoy se convierte en un referente nacional.

La propuesta es sencilla y revolucionaria al mismo tiempo: formar líderes comunitarios capaces de ofrecer primera ayuda emocional desde la dignidad, la cultura y la memoria del territorio. Personas que no son psicólogos, pero sí sobrevivientes, cuidadores y tejedores de redes de apoyo. Personas que conocen el dolor de su comunidad porque lo han vivido en carne propia. Personas que, en vez de esperar a que lleguen los especialistas que nunca llegan, deciden actuar.

El Observatorio de Salud Mental Positiva del ICSN Clínica Montserrat Hospital Universitario acompaña esta apuesta desde 2022, integrando rigor técnico, ética del cuidado y una visión estratégica que busca convertir esta experiencia en un modelo replicable. No se trata de improvisación. La Clínica Montserrat tiene más de siete décadas de trabajo en salud mental y una trayectoria sólida en formación psicosocial en contextos de conflicto, emergencia y vulnerabilidad. La alianza con el PDPCG es, por tanto, una convergencia natural: territorio y academia trabajando juntos para cerrar una brecha histórica.

El proyecto que hoy se sistematiza recoge seis años de experiencia acumulada. Más de 220 líderes comunitarios han sido formados en tres rutas: Terapeutas Populares (TP), Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) y Multiplicadoras en Acciones Psicosociales (MAPs). La diversidad es una de sus mayores fortalezas: población indígena, afrodescendiente, campesina y migrante desplazada. Todos ellos comparten una convicción: la salud mental es un derecho y también una responsabilidad colectiva.

La formación se desarrolla en siete territorios rurales agrupados en tres nodos: Sierra Nevada, Perijá y Perijá–Zapatosa. Cada uno con dinámicas propias, memorias distintas y heridas abiertas. Allí, la salud mental no puede ser un paquete de técnicas importadas. Debe ser un proceso culturalmente sensible, adaptado a la realidad local y sostenido en la confianza. Como enseñan las guías de primeros auxilios psicológicos de la OMS y la OPS, la primera respuesta emocional debe ser cercana, respetuosa y basada en la dignidad. Eso es exactamente lo que ocurre en el Cesar.

El diplomado de Terapeutas Populares se inspira en la educación popular y en enfoques comunitarios que rompen jerarquías. La formación no parte de la idea de “enseñar” a quienes no saben, sino de reconocer que el territorio ya posee saberes, prácticas y lenguajes del cuidado. La tarea es organizarlos, fortalecerlos y convertirlos en herramientas de acompañamiento emocional. La metáfora que atraviesa el proceso es simple: no se puede sembrar un árbol en el bosque del mismo modo que se siembra en un terreno hostil. La salud mental rural exige comprender el ecosistema emocional, político y cultural del territorio.

La investigación que acompaña esta experiencia se estructura en tres momentos: alistamiento, formación y seguimiento. En el alistamiento se realiza un estudio psicosocial y una caracterización del territorio que permite adaptar la formación a las particularidades locales. En la fase formativa se consolidan capacidades mediante escucha activa, acompañamiento emocional y herramientas de atención primaria en salud mental. Y en el seguimiento se observa cómo los terapeutas aplican lo aprendido en intervenciones individuales y grupales, acompañados por equipos técnicos que fortalecen su ejercicio en terreno.

Este proceso no es anecdótico. Se apoya en instrumentos rigurosos: entrevistas, grupos focales, bitácoras, cartografía social, guías de gestión de caso y un sistema de análisis que combina estadística descriptiva con métodos cualitativos como la codificación temática y la triangulación. La meta es clara: demostrar que la formación comunitaria en salud mental puede ser evaluable, replicable y escalable.

Los resultados esperados son ambiciosos y necesarios. Se busca describir un modelo operativo de acompañamiento emocional con proximidad cultural; demostrar la aplicación de las herramientas de Primeros Auxilios Psicológicos (PAP); evidenciar la reducción de barreras de acceso y la activación de rutas de atención y documentar el reconocimiento social del rol de los terapeutas populares como agentes protectores de la salud mental.

Pero más allá de los informes, el impacto más profundo ocurre en las personas. Muchos participantes han vivido desplazamientos, violencias y pérdidas. En la formación descubren que sus experiencias no son solo heridas, sino recursos para acompañar a otros. La comunidad reconoce en ellos una figura de confianza. Y ellos, a su vez, descubren que cuidar también es sanar.

En un departamento donde las brechas en salud mental son históricas y donde la institucionalidad llega tarde o llega poco, esta estrategia se convierte en una declaración política: el territorio decide cuidar su propia vida. No como sustituto del Estado, sino como ejercicio de autonomía, dignidad y responsabilidad colectiva.

El PDPCG y el Observatorio de Salud Mental Positiva han entendido algo fundamental: la salud mental rural no puede seguir esperando. La formación de terapeutas populares es una apuesta por la vida, por la memoria y por la posibilidad de construir futuro en medio de la adversidad. Es, en últimas, la evidencia de que la salud mental no es solo un problema: es una oportunidad para reconstruir el vínculo social y fortalecer la convivencia.

El Cesar está mostrando al país que la salud mental también se construye desde abajo. Y que cuando el territorio decide cuidarse, el futuro deja de ser una amenaza y se convierte en una posibilidad.

José A. Posada Villa es médico psiquiatra del Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN , Clínica Monserrat, Hospital Universitario.

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