
David Copperfield es quizás el mago contemporáneo más famoso del mundo. Aunque ha hecho cientos y cientos de presentaciones a puerta cerrada, su fama se le atribuye primordialmente a una serie de actos considerados imposibles. Copperfield logró desaparecer cosas que parecían tan sólidas, tan contundentes, tan obvias, que a nadie se le pasó por la mente que podrían desvanecerse con una serie de pases mágicos. Pues bien, este portento de la magia desapareció, ante millones de televidentes y miles de espectadores presentes, la Estatua de la Libertad y la Muralla China.
No solo los magos pueden hacer desaparecer cosas tan aparentemente perennes como monumentos e hitos geográficos. Hay otros que lo logran sin poseer dotes de prestidigitadores. En efecto, hay líderes y presidentes que son capaces de hacer desaparecer países enteros. Quizás se toman un poco más de tiempo que el que requiere un truco de magia pero el resultado es más permanente, muchas veces irreversible.
¿Cómo desaparecen los países? Esa no es una pregunta menor. Aunque proverbialmente se dice que los países no desaparecen, la cosa no es tan cierta. Claro, los territorios que ocuparon ahí siguen; los recuerdos permanecen, incluso el idioma y la gente pueden aún existir; algunos vestigios de lo que fue nunca desaparecerán, pero eso no quiere decir que el país como se le conocía continúe existiendo. ¿Es la Nicaragua de Ortega la Nicaragua de la Revolución? ¿Es la Venezuela de Maduro esa Venezuela con democracia y prosperidad que conocimos?
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