2 Abril 2022

Candidatos al tablero: así les iba a los presidenciables en el colegio

Gustavo Petro, Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo e Ingrid Betancourt: ¿Eran tan buenos estudiantes como los infalibles candidatos de hoy?, ¿fantaseaban en sus clases de bachillerato con llegar a ser presidentes del país?

¿Cómo eran los candidatos presidenciales en sus épocas de colegio? Los profesores de entonces cuentan qué tan bueno era Gustavo Petro en Relaciones Humanas y Religión, Fico Gutiérrez jugando fútbol, Sergio Fajardo en matemáticas e Íngrid Betancourt para la pintura. Semblanza de los años que formaron a los líderes que hoy aspiran a llegar a la Casa de Nariño.

Por Eccehomo Cetina

Los cinco candidatos presidenciales en campaña se esfuerzan día a día por mostrar sus dotes y conocimientos en asuntos de estado y hacer despliegue de su capacidad para dar respuestas a problemas urgentes, poniendo en todo ello la fuerza y la convicción de ser los competentes para sacar adelante un país que atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia.

Así como los debates son exámenes propicios para escudriñar en el tono de sus voces y la calidad de sus argumentos sobre cuánto saben estos aspirantes al Solio de Bolívar acerca de economía, educación, salud pública o relaciones internacionales, indagar en el pasado estudiantil de Gustavo Petro, Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo e Ingrid Betancourt ha resultado un trabajo revelador que invita a conocer quiénes fueron desde entonces esos estudiantes de pelo largo, párpados entornados, enérgicos y soñadores.
 
Aunque en sus biografías oficiales los candidatos presidenciales no mencionan el nombre de sus colegios donde vivieron una etapa importante de sus vidas, vale la pena preguntarse: ¿eran tan buenos estudiantes como los infalibles candidatos de hoy?, ¿fantaseaban en sus clases de bachillerato con llegar a ser presidentes del país?, ¿practicaban entonces los valores que hoy dicen defender?, ¿eran estudiosos y aplicados en sus inicios a los saberes que demanda el cargo al que aspiran?

"¿Fantaseaban en sus clases de bachillerato con llegar a ser presidentes del país?"

Busqué e indagué hasta donde las instituciones educativas —y las diferentes campañas— lo permitieron en el pasado estudiantil de Petro, Gutiérrez, Fajardo y Betancourt; pude recorrer los mismos pasillos que caminaron, los baños en donde cometieron algunas de sus travesuras, entré a los salones donde aprendieron sus primeras letras y pude sondear sobre su conducta y —como ocurrió con Gustavo Petro y Sergio Fajardo— hasta examinar el certificado de calificaciones.
 
De lo que se trata esta arqueología de méritos de los candidatos presidenciales en sus tiempos colegiales es de tener una visión de sus logros y gustos académicos, sus rasgos de personalidad y anécdotas que los hicieron únicos para profesores y amigos que aún los recuerdan.
 
En esta búsqueda que intenta sacar a flote aspectos poco conocidos de los candidatos debió estar también Rodolfo Hernández, pero a pesar de la insistencia en dicha campaña y al candidato mismo, a su secretaria privada, al Colegio de Santander, donde estudió, resultó infructuoso conocer una sola nota de calificación del controvertido ingeniero o, como último recurso, tener acceso a un compañero suyo de bachillerato que permitiera reconstruir un perfil real y útil en este momento decisivo, más allá del que suelen promover las estrategias de campaña.
 
 
 
Un costeño en Zipaquirá

Colegio San Juan Bautista
 

En 1976 el Colegio Nacional San Juan Bautista de la Salle de Zipaquirá debió haber sido mucho más frío y alejado del centro del municipio de lo que es hoy. Por los corredores de las tres plantas del edificio central que aún se conserva caminó un estudiante costeño de pelo liso, con raya al lado izquierdo y peinado hacia un costado.
 
Tenía entonces dieciséis años, cursaba sexto bachillerato y no solo era conocido por ser un muchacho callado, sino, además, por tener una mirada de párpados entornados bajo cejas arqueadas y una languidez de poeta que le venía de perlas en las clases de educación estética, en las que los estudiantes debían recitar de memoria sonetos ibéricos y americanos.

Gustavo Petro
 
Al delgado adolescente Gustavo Francisco Petro Urrego no le iba nada mal en aquellas clases, según lo que recuerda uno de sus compañeros de curso, el hoy profesor Manuel Suezcún, quien me acompañó a buscar en los archivos de la rectoría. De sus anaqueles, que guardan también las calificaciones de 1947 del emblemático alumno Gabriel García Márquez,  extrajo un mamotreto con el folio 424 que consigna las calificaciones del curso “sexto de bachillerato A”, de la promoción de 1976.

“Petro siempre se destacó por su rendimiento académico”

Allí se indica que en educación estética obtuvo un puntaje de 76 sobre 100. Pero aquella materia no fue la más destacada. En el renglón treintaiuno se indica que Petro obtuvo una calificación de 100 en metodología. Manuel Suezcún sonríe pasando el dedo por la página. “Siempre se destacó por su rendimiento académico”, dice.

Gustavo Petro

Aunque la afirmación se ajusta en materias como análisis matemático (90); química, filosofía y dibujo técnico (87); español e inglés (86); raíces griegas y latinas (84), el desempeño de Gustavo Petro, hoy candidato presidencial que defiende una Colombia humana, comienza a descender casualmente en asignaturas como relaciones humanas, con 79; música y canto, con 75; educación religiosa y moral, con 73; educación física y deportes, con 72; y física, con 71.

Encontré a Salvador Medina en un claustro de la comunidad de la Consolata, ubicado en el barrio Modelia, en el suroccidente de Bogotá. Este misionero es el maestro a quien Gustavo Petro hace un elogioso comentario en su libro testimonial “Una vida, muchas vidas”. En la página 38, afirma que de él aprendió el amor por la filosofía y la teología de la liberación y no del marxismo, como muchos de sus correligionarios creían.

Salvador Medina

Medina me confirma que la razón de esta afirmación debe radicar en una de las cosas que más recuerda de aquel adolescente desangelado. “Hicimos un círculo literario donde se prolongaban las clases de filosofía y los análisis sobre el país y notaba que siempre le interesaban los temas relacionados con la trascendencia, como por ejemplo, Dios”, concluye Medina.

Volviendo a la calidad de las notas, el profesor Manuel Suezcún, amigo y compañero leal, afirma sin duda alguna que en aquella época estar arriba de los 70 puntos era una buena calificación, pues los docentes eran muy exigentes. Y no se equivoca, a juzgar por lo que dice el sacerdote Salvador Medina: “Para mí nadie obtenía 100, no le daba excelente a nadie, pero nadie tenía que perder si estudiaba”.

Sin embargo, el impecable desempeño del estudiante Petro en este claustro, que tampoco él menciona en su perfil oficial, se veía manchado en un aspecto que aún hoy es un defecto prominente en el senador y candidato presidencial: algunas veces llegaba tarde a clases. “No entrar a clases o salirse”, concluye el maestro Suezcún entre sonrisas.

Santi-Fico

Nadie puede negar que las trastadas hicieron parte de la vida colegial, ni que las equivocaciones y bromas pasadas de tono ocuparan un peldaño importante en la formación extracurricular de los estudiantes. De esto no se libraron, por supuesto, los antiguos alumnos y actuales candidatos presidenciales.

Colegio Alcazares Aspaen

Aunque Federico Gutiérrez tampoco menciona el nombre de su institución en su perfil oficial, en el colegio Alcázares Aspaen, en Sabaneta, muy cerca de Medellín, algunos profesores sí recuerdan una de esas travesuras memorables protagonizada por el entonces estudiante Federico Andrés Gutiérrez Zuluaga, cuyo largo nombre quedó reducido al breve  Fico, y que fue visible en los pasillos de esta institución —tutelada por la prelatura católica del opus dei— por su delgadísima figura, su afición desmedida por el fútbol y un peinado discreto, contrario a su actual estilo espeluznado y de larga cola.

La broma le dejó una enseñanza imborrable. Él y otro amigo decidieron hacer un rito de iniciación a un alumno nuevo en los baños de los laboratorios de física y química. La idea era sumergir la cabeza del colega recién llegado en una pileta y sellar con agua la pretendida santificación o bautizo. El problema es que, por alguna razón, olvidaron cerrar las llaves del agua, o canillas, como las llaman los paisas, y el laboratorio se inundó.

Federico Gutiérrez

 

Su profesor de matemáticas, Eudi Bedoya, no solo me contó el desastre hídrico que causó “Fico”, sino que abrió las puertas del antiguo laboratorio donde los revoltosos alumnos tuvieron que secar el agua desperdiciada por orden del docente de sociales, Ítalo Valencia, quien los sorprendió cuando como buenos jugadores de fútbol intentaron evadirse por el patio trasero. “Ese día, además, se les castigó con la tarea de escribir en el tablero seiscientas veces la frase 'los recursos naturales se deben cuidar, en especial el agua'”, concluye Eudi Bedoya escribiendo la sentencia ante el mismo tablero de la penitencia.

Eudi Bedoya

Como las directivas de la institución no permitieron ver los registros de calificaciones sin autorización expresa del candidato, apelé a las evocaciones del profesor Bedoya, docente de matemáticas. Según él, Federico Gutiérrez era bueno en esta materia pero no tanto para química. “Con el profesor de química hablábamos de Fico, pues no paraba bolas en la clase. Era muy sociable, eso sí, pero era inquieto y en esas edades de bachillerato lo veía en el coliseo jugando fútbol en vez de estar en el salón”.

"Fico no paraba bolas en la clase. Era muy sociable, eso sí, pero era inquieto"

Por tal razón, la silla favorita del estudiante Gutiérrez fue siempre la ubicada en la puerta de salida. De este modo, cuando acaba la clase, el entusiasta jugador se aseguraba llegar a tiempo al coliseo para tomar posesión del campo y así dar inicio al partido de fútbol, con lo que ratificaba entre amigos y docentes su talento singular para desmarcarse de cualquier lugar y garantizar lo que tanto lo hacía feliz: jugar y ganar partidos.

En los Alcázares, los profesores también lo recuerdan por su habilidad para las relaciones sociales y su activismo grupal que le permitió, diez años después de su graduación, convertirse en concejal de Medellín en 2003. En calidad de edil, Federico Gutiérrez regresó a su institución y, en medio del reencuentro con los profesores Eudi Bedoya e Ítalo Valencia, se permitió confesarles que durante una acalorada sesión en el concejo para discutir temas relacionados con el agua y las Empresas Pública de Medellín, él recordó el castigo impuesto y la importancia de proteger el medio ambiente y, para concluir su intervención, dijo al pie de la letra a sus colegas del cabildo una de las lecciones mejor aprendidas de su vida: los recursos naturales se deben cuidar, en especial el agua.

Fajardo, el benedictino

El candidato presidencial Sergio Fajardo no menciona en su perfil oficial a su institución educativa de bachillerato, el colegio Benedictino de Santa María, pero lo que sí hace con abundantes detalles es describir su paso por una universidad colombiana y dos extranjeras en calidad de estudiante o profesor.

Colegio Benedectino

Menciona dos veces la Universidad de Los Andes; una vez la de Wisconsin, de la cual explica con lujos de detalles que está en Madison, que es “una pequeña ciudad al nororiente de Estados Unidos cerca a Chicago”; habla del Centro de Negociaciones de Harvard, y menciona a las escuelas de Gobierno y Transformación Pública del Instituto Tecnológico de Monterrey (México) y la de Formación Política de Compromiso Ciudadano.

En fin, pero ni una sola referencia directa a su colegio Benedictino, ubicado por los cerros surorientales de El Valle de Aburrá, cerca de Medellín, en donde, sin embargo, algunos profesores y directivas destacan su paso por allí.

Aunque en su perfil describe con letras gruesas a un profesor del bachillerato de nombre Saúl (sin apellidos) del que dice haber aprendido selectos placeres: “…(de) él heredé el gusto por la filosofía, la música clásica y la literatura”, del Benedictino en Envigado —ese centro educativo por el que también pasó el expresidente, Álvaro Uribe Vélez—no cita ni siquiera el nombre.

Pero Fajardo sí tiene un profesor memorioso que lo recuerda de modo considerado cuando era el adolescente de dieciséis años en último grado de bachillerato y lucía la habitual y abundante melena de los años setenta al estilo de Sandro de América. Francisco Javier Hernández Salazar es un maestro retirado de la docencia de ochentaitrés años que impartía clases de cívica en el Benedictino y hoy vive pastoreando esos y otros recuerdos en el barrio Belén de Medellín.

Sergio Fajardo

“Fajardo no fue un tipo polémico, era más bien alguien tranquilo y estudioso”, rememora el docente, mientras examina mejor el pasado, buscando la imagen del estudiante de aquel curso. “Y digo que era pacífico —prosigue el profesor— porque por mi clase pasó Álvaro Uribe, un estudiante polémico y respondón al que no se le podía mencionar al partido conservador. En cambio, Fajardo era distinto, era del grupo de personas preocupadas por el deporte y el estudio, a quien no vi inclinación por la política, más bien por el estudio, por eso me sorprendió tanto cuando se metió en política”.

Luego de insistir al departamento de comunicaciones del colegio Benedictino de Santa María por el certificado de notas del estudiante Fajardo Valderrama, recibí una copia del folio 264, del curso “6º. Bachillerato” de 1972, el año de su graduación. En este documento que los colegios custodian con sigilo extremo, pude confrontar los buenos recuerdos del profesor Hernández Salazar.

"A Fajardo no le vi inclinación por la política, más bien por el estudio, por eso me sorprendió tanto cuando se metió en política”

El hoy matemático de la Universidad de Los Andes, magister y doctor en matemáticas de la Universidad de Wisconsin, fue un estudiante de bachillerato destacado en análisis matemático, con 41,2. Sus calificaciones hablan de un alumno dedicado: filosofía, 41,8; física, 42,0; inglés, 40,1; y educación religiosa y moral, 40,1.

Notas Sergio Fajardo

De las trece asignaturas, ocho están sobre cuatro. En cambio, tiene cinco materias —entre las que se encuentran filosofía y literatura, sus exquisitos saberes heredados del profesor Saúl— que van del 36,6 al 39,6. De hecho, filosofía es su calificación más baja de aquel registro de notas de graduación, con un puntaje de 36,6.

Hernandez Salazar


El profesor Hernández Salazar recuerda al alumno Fajardo como un muchacho disciplinado y dedicado a su clase al que, sin embargo, lo ponían nervioso dos situaciones: las visitas que hacían ocasionalmente al colegio Benedictino las estudiantes de La Enseñanza o el Marymount y los actos cívicos en el colegio. Con las alumnas de los colegios amigos se mostraba cohibido; y en las ceremonias patrias, callado y tenso. 

Uno lo veía nervioso —recuerda el profesor Hernández Salazar— cuando le tocaba actuar en los actos cívicos, en esa época eran cada mes, y consistían en homenajes que se rendían a la patria, a la bandera o conmemoraciones especiales”.

Pintando a Íngrid

Era una jovencita activa, de pelo largo y oscuro que caía sobre la frente en un flequillo o capul. Tenía una contextura delgada acentuada por sus largas piernas y una expresión de sorpresa en la cara por su mirada vivaz que aún luce hoy cuando sonríe.

De este modo recuerda la profesora, María Teresa Quiñones, a Íngrid Betancourt a finales de los setenta, cuando se graduó en el Liceo Francés, Louis Pasteur, en Bogotá. Aún hoy son visibles algunos rasgos físicos de la entonces adolescente en la actual Íngrid Betancourt de pelo recogido y semblante grave, que hace menos de un año empezó la campaña como precandidata presidencial en consulta dentro de la coalición Centro Esperanza y, después, saltó con su revivido partido Verde Oxígeno a la carrera por la Presidencia.

Liceo Francés

La profesora Quiñones vive hoy en los cerros orientales del norte de Bogotá, donde continúa pintando sus cuadros alegóricos a la paz. Mientras recorre las paredes de su apartamento, describiendo sus obras o revisando su libro de Métodos para una educación humanizada, recuerda que por su cátedra de arte pasaron a lo largo de veinticinco años de enseñanza un total de 50 mil estudiantes.

Íngrid Betancourt fue una de sus estudiantes. La rememora muy bien por su escaso talento para la pintura y su fogosidad. “La recuerdo muy saltoncita, por allí, por acá, dinámica y entregada a las cosas que hacía, pero no era muy dotada para el arte”.

"Ingrid era entregada a las cosas que hacía, pero no era muy dotada para el arte”.

Una prueba en especial de la clase de pintura resultó un dolor de cabeza para la inquieta estudiante. Se trataba de elaborar el círculo de Newton que, a partir de los colores primarios, debía ilustrar—respetando la progresión cromática—todas las posibilidades del color. Pero lo suyo, desde entonces, parece que no han sido los matices.

Sin embargo, en lo que parecía estar dotada la estudiante Betancourt, de acuerdo con la maestra María Teresa Quiñones, eran las clases de sociales. Escribía bien y llamaba la atención por su creatividad y la facilidad verbal que desplegaba en las conversaciones sobre asuntos políticos. No era para menos, pues aquella estudiante había tenido el excepcional privilegio de vivir en París cuando su padre, el diplomático conservador Gabriel Betancourt. fue embajador de la Unesco, y por su elegante residencia de la Avenida Foch pasaban desde diplomáticos a artistas de Europa y América, como el poeta chileno Pablo Neruda, de quien Íngrid Betancourt ha recordado en varias oportunidades, como lo hizo en una entrevista a The Guardian, los versos que Neruda le regalaba y las veces que se sentaba a leer poesía con él.

Pero tal vez la anécdota más apreciada por esta profesora de arte de ochentaidós años tiene que ver con una reunión de padres de familia en la que los acudientes debían hacer fila para hablar con ella sobre los avances en la enseñanza de arte. María Teresa recuerda a Íngrid acompañando a su padre, Gabriel Betancourt, cuando alguien de los primeros puestos le dijo al respetado exembajador que podía saltarse el orden, a lo que él, reacio a sacar ventaja de los privilegios, respondió que esperaría su turno en la fila.

Maria Teresa

Entonces, la maestra concluye sin ninguna duda, como dándole un último trazo a la pintura que hace de su alumna más afamada: “el doctor Betancourt era una eminencia y modelo de sencillez para Colombia y creo que en los genes de Íngrid va a reinar para toda la vida”.

Para unas personas, el que ciertos personajes hayan sido buenos o malos estudiantes no significa nada. Otras piensan lo contrario y creen que en este período la calidad o mediocridad académica definen buena parte del porvenir. La historia habla de genios que fueron malos estudiantes y de buenos estudiantes que dieron después mucho menos de lo que se esperaba.

Lo pertinente es preguntarse hasta qué punto lo que estos candidatos presidenciales son hoy se debe a estas instituciones educativas o profesores que los formaron. La respuesta no es fácil y da pie a especulaciones que tal vez nunca se puedan resolver. Una cosa es cierta: algo hay en ellos ahora que ha estado ahí desde las aulas de clase.