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Las nuevas amenazas electorales: desinformación, algoritmos y manipulación emocional
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Las nuevas amenazas electorales: desinformación, algoritmos y manipulación emocional

La advertencia del columnista Álvaro García Jiménez es oportuna y relevante de cara a los comicios de este domingo en Colombia: una elección puede ser técnicamente impecable y, aun así, haber sido contaminada de antemano por la desinformación, los algoritmos y la inteligencia artificial.

Por: Álvaro García Jiménez

Hace pocos días escribí en Cambio sobre una degradación inquietante del debate público colombiano. Lo hice a propósito de un episodio particularmente grotesco en nuestra política reciente. Y según avanzaba en mi reflexión, resultaba inevitable concluir que el problema no era anecdótico ni circunstancial, sino que se trataba de algo más profundo: en la conversación pública, la emoción reemplaza con pasmosa facilidad a la deliberación, la provocación desplaza al argumento y el espectáculo tiene más capacidad de movilización que las ideas.

El filósofo coreano Byung-Chul Han ha descrito con lucidez este fenómeno al advertir que vivimos en una sociedad saturada de estímulos, hipercomunicada sin ser más reflexiva, y en la que la velocidad de reacción asfixia al pensamiento. Su tesis resulta especialmente útil en tiempos electorales, cuando la política deja de ser únicamente una disputa de propuestas para convertirse, también, en una competencia por captar atención, activar emociones y moldear percepciones.

Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de amenazas contra la democracia, el repertorio parecía claro y reconocible: violencia, intimidación, fraude físico, presión armada, compra de votos y alteración material de resultados. Nada de eso ha desaparecido. Por el contrario, la Defensoría del Pueblo acaba de advertir que la respuesta del Estado frente a dichos riesgos electorales cumple con su función apenas parcialmente. Además, documenta 457 amenazas de muerte contra líderes sociales, defensores de derechos humanos y actores políticos en el contexto preelectoral, con alertas específicas en departamentos como Santander, Guainía, Nariño, Sucre, Antioquia y Magdalena.

Sin embargo, junto a esas amenazas visibles ha emergido otra más sofisticada, silenciosa y difícil de detectar. Una que no necesita fusiles ni presiones físicas para alterar el clima democrático: las intervenciones al ecosistema informativo y, con ello, a las emociones colectivas.

Hoy una elección puede empezar a deteriorarse mucho antes de que se abran las urnas: a raíz de un video manipulado, una fotografía sacada deliberadamente de contexto, cadenas falsas que se propagan sin control vía WhatsApp, redes de bots que amplifican rumores y contenidos fabricados con inteligencia artificial que alcanzan a millones de personas antes de cualquier rectificación. La distorsión electoral ya no depende exclusivamente de tocar el proceso de votación; también puede construirse alterando, con esas técnicas, la percepción de los ciudadanos.

Por eso resulta importante que el Consejo Nacional Electoral, la Registraduría, la Comisión de Regulación de Comunicaciones y la Misión de Observación Electoral hayan presentado la nueva Guía de Integridad de la Información en Contextos Electorales. Más que un documento técnico, su existencia representa un reconocimiento institucional de una realidad incómoda: la democracia contemporánea no se disputa únicamente en canales tradicionales, sino también, de manera intensa y muchas veces opaca, en plataformas digitales cuyos incentivos no siempre coinciden con el interés democrático.

La guía identifica riesgos conocidos pero cada vez más determinantes: desinformación, discursos de odio, propaganda encubierta, burbujas informativas, sesgos algorítmicos y el uso problemático de la inteligencia artificial en la circulación de contenidos políticos. Todo eso es correcto. Pero quizá la dimensión más inquietante del problema no radica únicamente en la existencia de información falsa, sino en la arquitectura misma de los sistemas digitales que la propagan, afectando la conversación pública.

Los algoritmos no están diseñados para premiar o promover la verdad, el equilibrio ni la deliberación leal y transparente. Por el contrario, están configurados para maximizar la atención. Y la atención, en el ecosistema digital, suele capturarse con aquello que genera reacción emocional inmediata: miedo, rabia, indignación, tribalismo o confirmación de prejuicios. Esto no necesariamente constituye una conspiración política; en muchos casos, obedece simplemente a una lógica de negocio. Pero las consecuencias políticas de lo anterior pueden ser profundamente perturbadoras.

La responsabilidad ciudadana

En ese contexto, la Guía de Integridad de la Información en Contextos Electorales hace bien en insistir en principios como la veracidad, la imparcialidad, la alfabetización mediática y la comprensión crítica del ecosistema informativo. Es una respuesta sensata y necesaria. Sin embargo, sería ingenuo creer que el problema se resuelve únicamente con lineamientos institucionales. La manipulación digital no depende solo de operadores malintencionados; también se apalanca en los ciudadanos que comparten sin verificar, en campañas dispuestas a jugar al límite, en influenciadores que disfrazan propaganda de opinión independiente y en audiencias atrapadas en cámaras de eco que refuerzan sus certezas y expulsan cualquier matiz.

La paradoja es notable: nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil manipular percepciones colectivas a gran escala. Por eso la integridad electoral ya no puede reducirse únicamente a custodiar votos y proteger físicamente las urnas. Una elección puede tener lugar de manera impecable desde el punto de vista técnico el día de la votación y, aun así, haber sido contaminada desde antes antes por una arquitectura invisible de manipulación emocional. Por eso, hoy se exige también que se defienda la calidad de la conversación pública y la capacidad de los ciudadanos para tomar decisiones libres e informadas.

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