‘Del agua al desierto’, el viaje en el tiempo de Azriel Bibliowicz
Una mujer indígena y un escritor de origen judío protagonizan una historia ubicada en la actualidad en la que el autor recurre al simbolismo del agua como origen de la vida y hace un llamado de atención sobre la responsabilidad de la humanidad con el medioambiente.

Por Consuelo Triviño Anzola
¿Cómo escribir un libro en medio de la adversidad? ¿Cómo preservar el espacio de la escritura mientras tu casa se inunda y la familia te abandona? A este reto se enfrenta el escritor David Goldstein en la más reciente novela del colombiano Azriel Bibliowicz (Bogotá, 1949). El relato propone al lector una travesía en el tiempo y el espacio. Vamos del presente al pasado, de los resguardos indígenas hasta sumergirnos en los mitos originarios. Se fija una trayectoria en la ciudad, desde los barrios acomodados, hasta los humedales de la periferia plagados de desechos. En uno y otro lado se encuentran conexiones entre distintas culturas que permiten la comprensión del otro.
Del agua al desierto tiene como protagonistas a una mujer indígena, de la etnia muisca, llamada Zue y a un escritor de origen judío. Pero no se trata en modo alguno de una novela neoindigenista, sino de un relato que nos instala en la actualidad más palpitante. El autor, entre otros propósitos, recurre al simbolismo del agua, como origen de la vida, para llamar la atención sobre la responsabilidad que tenemos con el medioambiente. También explora el simbolismo del desierto, principio y final de las primeras ciudades de Occidente. El desierto en las religiones judeocristianas se presenta como un lugar habitado por Dios, que invitaba al silencio y a la meditación. He aquí la paradoja entre un desierto que nadie reclamaba como propio, y que quizás por ello encarnaba la eternidad, y el humedal andino, lugar pleno de vida, aunque deteriorado, que se disputan los depredadores en contra de sus legítimos herederos.
Si bien Zue es la conciencia de su comunidad, la sanadora, y reparadora de los daños históricos padecidos por su pueblo, David es el mediador, que recoge la información, ordena, y relaciona los datos con sus circunstancias histórico-culturales, de modo que es posible encontrar puntos en común que amplían horizontes e iluminan el camino.
Más allá de los temas de la novela conviene pensar en esta propuesta narrativa que nos instala en la Colombia actual, en los humedales en el altiplano, sobre los que se funda la ciudad de Bogotá. David Goldstein se enfrenta al proceso creador luchando contra la fuerza de los acontecimientos, intentando preservar el espacio de la página donde puede existir. Sobreponiéndose a la adversidad, como la vida misma ante la naturaleza, el narrador se aferra a un diario, mientras la casa se le inunda, se destruye su relación de pareja y las hijas lo abandonan.
El agua, origen de la vida en la mitología americana, se advierte en esta novela, está presente en las lagunas ceremoniales y en los humedales plagados de desechos. Contraviniendo los principios de la naturaleza los seres humanos cubrieron de piedra los terrenos para levantar sobre ellos urbanizaciones. Pero la fuerza de la corriente subterránea ruge buscando una salida presagiando catástrofes.
El desierto en las religiones judeocristianas se presenta como un lugar habitado por Dios, que invitaba al silencio y a la meditación. He aquí la paradoja entre un desierto que nadie reclamaba como propio, y que quizás por ello encarnaba la eternidad, y el humedal andino, lugar pleno de vida, aunque deteriorado, que se disputan los depredadores en contra de sus legítimos herederos.
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