
El exilio supremo de los Rolling Stones
Portada del álbum Exile on Main Street.
El 12 de mayo cumple 50 años de haber sido publicado 'Exile on Main Street', una de las joyas absolutas de la historia del rock. Un experto en la música y las andanzas de los Rolling Stones rememora cómo fue la delirante grabación de este álbum en la Costa Azul francesa.
Por Sandro Romero Rey
La primera edad de oro de los Rolling Stones terminó en 1969 con la muerte de su fundador, Brian Jones, y el caótico concierto de Altamont, conocido como “el Woodstock de la Costa Oeste”, el cual fue inmortalizado en uno de los mejores documentales de la historia del cine: Gimme Shelter, dirigido por los Hermanos Maysles. En la nueva década, con el hipismo desdibujado y el nacimiento de otras utopías, la banda de Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Bill Wyman decidió ampliar su sonido con el joven guitarrista Mick Taylor y la participación de invitados como el saxofonista Bobby Keys, el trompetista Jim Price o el teclista Nicky Hopkins. Al mismo tiempo, a la entrada de los años setenta entendieron que había que tomar el negocio por los cuernos: eran famosos, los Beatles habían desaparecido, se les conocía como “la banda de rock and roll más grande del mundo” y, sin embargo, no había dinero en sus cuentas bancarias. Los derechos de sus canciones, hasta 1970, no les pertenecían. Así que Jagger se vio obligado a recordar todo lo que había aprendido en la London School of Economics y empezó a hacer las cuentas él mismo.
La primera jugada fue fundar la Rolling Stones Records, identificada por uno de los logos más famosos de la historia: una inmensa lengua inspirada en la figura de la diosa Kali y diseñada por el publicista John Pasche. Un año, entre giras y maniobras, se demoraron los Stones en publicar su nuevo álbum, titulado Sticky Fingers, obra perfecta desde todo punto de vista, con una carátula ideada por Andy Warhol, en la que se ve un primer plano de un hombre en jeans, con un zipper que podía abrirse y cerrarse a voluntad del oyente. El álbum fue un éxito pero aun las alforjas del grupo no se llenaban. Apareció entonces un personaje que, desde las tinieblas de los negocios puso la casa en orden. Se trataba del Prince Rupert Loewenstein quien, desde 1968, comenzó a asesorarlos. Con calculadora en mano les demostró que, en la práctica, los Rolling Stones estaban quebrados: si no se iban del Reino Unido, los impuestos terminarían por devorárselos. El ejército stoniano hizo mutis por el foro y decidieron instalarse en el sur de Francia.
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