
‘Mudos testigos’: el difícil arte de la resurrección
Fotografías: fotogramas de la película 'Mudos testigos'.
El cineasta Luis Ospina murió en septiembre de 2019. Un año antes de su partida, el artífice de 'Agarrando pueblo' se puso en contacto con su colega, el joven director Jerónimo Atehortúa, para proponerle la realización de una película donde no se filmaría nada. Solo se utilizarían fragmentos de los doce títulos silentes que se conservan de la accidentada prehistoria del audiovisual colombiano. Atehortúa aceptó la invitación y, a pesar de la desaparición de su colega, continuó con la aventura. Cuatro años después, comienzan a verse los resultados. Mudos testigos, el título del largometraje, ha sido invitada al prestigioso Festival Internacional de Cine de Rotterdam y, el 28 de enero, tendrá su premier mundial. A continuación, algunas reflexiones sobre esta película imprescindible.
Por: Sandro Romero
Si algo debe pertenecer al llamado “realismo mágico” es la gesta del nacimiento del cine en Colombia. Los estudiosos que se han dedicado a seguirle la pista (Hernando Salcedo Silva, Hernando Martínez Pardo, Álvaro Concha Henao, Diego Rojas, Jorge Nieto…) o las instituciones que se dedican a conservarlo (en particular, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano) han dado cuenta de la extraordinaria epopeya de aquellos delirantes fitzcarraldos que dieron su vida para que pasara el barco del cine al otro lado de la montaña. En el mundo, los films silentes tienen fecha de nacimiento y acta de defunción. Nacieron, con los hermanos Lumière, en 1895 (hay otros precursores, pero esa es otra historia) y desaparecieron, de manera casi definitiva, dos años después del estreno de El cantante de jazz, el primer título sonoro del que se tenga memoria. Sin embargo, en sus 34 años de historia, con el cine mudo se consolidaron industrias, se crearon lenguajes, se afectaron todas las artes existentes y el cinematógrafo, con todas sus sílabas, se convirtió en el principal medio de diversión y de integración de un planeta atomizado por las fronteras, el aislamiento y las guerras.
La tragedia del silencio (1924), Madre (1924), Aura o las violetas (1924), Manizales City (1925), Bajo el cielo antioqueño (1925), Como los muertos (1925), Garras de oro (1926), Alma provinciana (1926), El amor, el deber y el crimen (1926), el legado de la familia Di Domenico, el archivo cinematográfico de la familia Acevedo y los veinticinco segundos que se conservan de María, el primer largometraje filmado en Colombia en 1921, configuran el legado del cine mudo nacional. Cada uno de estos títulos y cada uno de sus protagonistas esconden historias extraordinarias, muchas de ellas conocidas de manera fragmentaria, o desaparecidas para siempre. Algunos cineastas se han encargado de reconstruir la gesta y han aparecido documentales que dan cuenta de la trasescena de algunos de los títulos citados.
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