
El fútbol bajo la dictadura de Pinochet: el gol más triste y contra nadie
Gol conta nadie. Chile vs. Unión Soviética. Créditos: Redes Sociales
El gol de Chile, contra nadie, porque la Unión Soviética no se presentó, es sin duda uno de los más dolorosos de los que se tenga registro. Y otra prueba indiscutible del lavado deportivo que la FIFA ha tenido como hábito desde los tiempos del blanco y negro.
A finales de 1973, el mapa del continente sudamericano se había tornado siniestro y oscuro. Chile acababa de caer bajo la junta militar de Augusto Pinochet; Brasil llevaba una década respirando bajo una dictadura militar represiva; Uruguay, Bolivia, Paraguay, Perú y Ecuador vivían también bajo gobiernos militares o autoritarios, y, aun sin saberlo, en Argentina se estaba gestando un clima político y represivo que desembocaría en el golpe de 1976.
En cafés oscuros, centros de cultura clausurados, apartamentos prestados o sótanos acondicionados, muchos escritores, poetas, profesores e intelectuales en la clandestinidad luchaban por no rendirse ante el miedo, por mantener una voz que fuera un faro para cientos de miles de conciencias. Así muchos de ellos aprendieron a esconder papeles, quemar cartas, enviar mensajes cifrados y cambiar de nombre. Algunos otros se vieron obligados a cruzar fronteras y afrontar el desarraigo del exilio.
Lamentablemente el fútbol no fue ajeno a esa oscuridad. En algunos países sirvió como refugio emocional; en otros, como propaganda; casi siempre, como ambas cosas a la vez. Las dictaduras entendieron rápidamente que la alegría de un gol de un seleccionado nacional podía producir una forma inconsciente de obediencia, o al menos de olvido. Brasil ya había convertido el virtuosismo del campeón de México 70 en postal de unidad nacional mientras censuraba y perseguía; Argentina haría lo mismo, con mayor descaro, en el Mundial de 1978.
Así, en ese ambiente, bajo las tribunas, tras el relato de transmisiones radiales y al margen de los himnos, también había jugadores incómodos, periodistas silenciados, hinchas con miedo y dirigentes obligados (algunos, otros complacientes) a convivir con el poder. En las eliminatorias sudamericanas al Mundial de Alemania 74, la pelota no dejó de rodar, pero no lo hacía en estadios donde se respirara tranquilidad; rodaba sobre campos de juego teñidos de opresión, en un continente donde la alegría, lo permitido y lo prohibido eran silenciosamente administrados desde los cuarteles.
Esta historia, tan representativa de la época como irracional, ocurrió el 21 de noviembre de 1973 en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Ha sido titulada por cronistas como el encuentro fantasma, el partido que deshonró a Chile o, más poéticamente, “el gol contra nadie”. Y es que a veces, o quizá más frecuentemente de lo que queremos aceptar, este deporte, por extrañas permutaciones, se convierte en un catalizador del absurdo.
Pocos meses atrás, Chile había terminado su eliminatoria sudamericana detrás de Uruguay, pero obtuvo el derecho a disputar un repechaje extraño e intercontinental UEFA–CONMEBOL para definir un cupo pendiente para el Mundial de 1974. Ese cruce le asignaba un partido de ida y vuelta contra la Unión Soviética que, por su parte, había ganado su grupo europeo por encima de Francia e Irlanda.
El primer partido se jugó en Moscú, el 26 de septiembre de 1973, apenas dos semanas después del golpe de Estado contra Salvador Allende, y terminó 0-0. El segundo estaba previsto para aquel 21 de noviembre. Y allí empezó lo verdaderamente oscuro, pues justo días después del cruento golpe, el Estadio Nacional había dejado de ser un campo de juego para convertirse en un recinto de detención, interrogatorios y tortura.
Los chilenos lo sabían, la comunidad internacional también lo sabía; la propia dirigencia de la FIFA, cuyos estatutos proclaman los más altos ideales deportivos, lo sabía y entendía lo controversial de la situación. Así las cosas, la URSS pidió jugar en otra sede, porque no aceptaba disputar un partido mundialista en un recinto convertido en símbolo de la violencia y la opresión. La Federación Chilena de Fútbol ofreció inicialmente jugar en otro estadio, pero la Junta Militar se negó rotundamente.
La FIFA respondió entonces enviando una comisión a inspeccionar el estadio. Según reconstrucciones posteriores, el escenario fue rápidamente ‘acondicionado’ para la visita: las áreas de interrogatorio fueron removidas, algunos prisioneros fueron trasladados y otros ocultados en espacios interiores del mismo estadio. Mientras los inspectores recorrían las gradas y el césped, de manera vergonzosa no quisieron ver lo que era evidente.
De esta manera, la fecha del partido y la sede fueron avaladas por la FIFA, mientras la Unión Soviética mantuvo su negativa. Dando continuidad al despropósito, el partido se programó y organizó de todas formas. Chile salió a la cancha del Estadio Nacional sin rival y, para completar la parodia, el partido no ocurrió a puerta cerrada. Hubo público. Los registros hablan de más de diecisiete mil personas.
El árbitro austríaco Erich Linemayr hizo sonar el silbato, acaso sabiendo que no iba a dirigir un partido sino a certificar una vergüenza. El seleccionado chileno sacó desde el centro, avanzó sin oposición y Francisco 'Chamaco' Valdés marcó ante el arco vacío. En el tablero apareció Chile 1–0 URSS, aunque FIFA registró oficialmente la clasificación chilena como victoria por 2-0 por no presentación.
Ahora bien, eran tiempos de Guerra Fría. La Unión Soviética no tenía demasiada autoridad moral para dar lecciones de libertad, pues también encarcelaba disidentes, censuraba escritores e intelectuales y perseguía voces incómodas. Pero aun desde su propia hipocresía imperial, señalaba una verdad que nadie podía ocultar del todo: el Estadio Nacional de Santiago representaba una herida abierta, una memoria todavía fresca de miedo y sangre.
Diego Armando Maradona diría mucho tiempo después, en su partido homenaje: “El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. El 21 de noviembre de 1973, con aquel tanto de la infamia, la pelota se manchó, y lo hizo con sangre de muchas personas inocentes, pues bajo las mismas tribunas donde antes se cantaron goles, miles de chilenos fueron encerrados, torturados o separados de sus familias. Por eso aquel césped estaba sucio: estaba ocupado por heridas, por una memoria demasiado reciente para que la pelota pudiera rodar inocentemente.
Aquel gol chileno contra una portería vacía no ocurrió solamente en un estadio sin rival, sino en un continente donde demasiadas voces habían sido obligadas a hacerse invisibles… dictaduras que pretendían jugar también contra nadie.
Tal vez por eso, parafraseando una frase que suele escucharse en uno de mis podcasts favoritos: Grandes Infelices, la historia y los protagonistas del fútbol también tienen vidas de novela, pero no siempre de las felices: algunas quedan escritas para siempre en la tristeza de un gol marcado ante una portería vacía.
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