
Pelé: el niño que hizo campeón a su padre
Pelé roto en llanto junto a Didi y Gylmar. Créditos: Wikimedia Commons
Quizá lo hemos recordado menos de lo que merece en esta Copa del Mundo. Y, sin embargo, por primera vez en la historia de los mundiales modernos, aquellos posteriores a las grandes guerras, su ausencia se siente como un vacío imposible de llenar. Murió el 29 de diciembre de 2022, es decir, 11 días después de la final de Catar en la que Argentina se coronó campeón. Pelé, el niño que hizo campeón a su padre.
Quienes nacimos después de la mitad del siglo anterior, cuando niños, aún sin haberlo visto jugar, soñábamos con repetir en un potrero algunas de sus proezas maravillosas, aquellas que nos llegaban en blanco y negro, otras pocas en technicolor, en fotografías o videos. Su cabezazo suspendido, su remate seco con ambas piernas, sus paredes cortas, sus chilenas y medias vueltas acrobáticas, su sonrisa y su camiseta número 10, que antes de él era tan solo un número más.
Pelé murió y nos sentimos algo huérfanos, pero los ídolos verdaderos son ajenos al tiempo y al olvido. Permanece allí: en la imagen del niño de 17 años que llora, abrumado, sobre los hombros del utilero y sus compañeros de la selección de 1958; en el hombre que levantó para siempre la última Copa Jules Rimet en 1970; en la sonrisa compartida con Muhammad Ali o con Maradona, compañeros suyos en ese Olimpo profano de los genios que terminan trascendiendo su propio deporte.
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Por eso, he querido traer a colación, para este escrito que quiere ser un homenaje, uno de los obituarios más hermosos que escuché el día de su muerte. Se trata de las palabras pronunciadas por José Antonio Martín Otín, exfutbolista, escritor y comentarista deportivo, también conocido como Petón, que transcribo a continuación:
“Y se ponía a jugar… y todos estábamos como locos, porque volviera a recibir el balón él, otra vez… estábamos viendo a un equipo, estábamos viendo a una selección impresionante, pero queríamos que el balón lo cogiera el 10, lo cogiera él… Bilé (Nota: apodo inicial del pequeño Edson por un arquero admirado por su padre que luego derivó en el nombre que conocimos) o Pelé, un acierto hasta en el nombre, eufónico, de dos sílabas, para quedarse en la cabeza, en la memoria de todos, le acompañó desde niño.
Su padre, Dondinho, tuvo mucha suerte. Ninguna como futbolista, porque estaba llamado a ser un jugador importante, un delantero centro, goleador y no lo fue más que en equipos regionales, en los que tenía un muy escaso ‘pasar’ para la familia con lo que el fútbol le daba, pero su negrito era desde pequeño algo distinto; y además aquel negrito tenía en el corazón, una herida, la que le hizo Uruguay en el Maracaná, cuando, en la aldea escuchando en casa la retransmisión y después de que Barbosa recibiera el segundo, la remontada de Ghiggia, vio por primera vez llorar a su padre.
Pelé vio llorar al delantero centro. Pelé vio llorar a aquel hombre fuerte, mucho más alto de lo que él sería, líder en el campo, capitán de su equipo y líder en su casa. Por primera vez le veía llorar, y el pequeño Edson le cogió de la mano y le dijo: ‘Não chore, pai’ (no llores, papá), yo haré a Brasil campeón del mundo. Dondinho miró al pequeño y solo le abrazó, enternecido porque el niño le consolara de esa manera espontánea.
Lo que no podía imaginar, es que el niño no estaba haciendo un simple comentario, sino una profecía, y cuando después de la mano de Valdemar pasó por Santos, cuando fue cautivando a todos en tiempo de grandes talentos, que jugaba Canhoteiro, el zurdo sensacional de Sao Paulo, que estaba el ‘pájaro’ con escoliosis, Garrincha, que era un genio total, y entre ellos y sobre ellos, el niño de 17 años recién cumplidos se presentó en el tercer partido del Mundial.
En la Unión Soviética jugaba Lev Yashin; Brasil había sido todo dudas hasta ese momento, y Pelé, el jovencísimo, había llegado con una lesión de rodilla, pero ya no le dolía en los entrenamientos; estaba armando ‘el taco’ con Garrincha, y fueron los veteranos los que le dijeron a Feola: "Tienen que jugar". A los tres minutos del partido, Garrincha había dado en el poste, Pelé había dado en el poste, y entre los dos se inventan la jugada que sirve para que Vavá marque el primer gol y luego sentencia, y Brasil gana y ya no deja de ganar, no deja de ganar hasta esa final maravillosa, en la que le vemos haciendo un doble sombrero, para batir en su casa, al meta de Suecia.
Hay una escena impresionante, luego, cuando todos han dado la vuelta, cuando vemos a ese masajista emblema de la selección, con su panza y su camiseta ceñida, abrazar a todos, a Vicente Feola feliz en una esquina, a todos los jugadores, a los veteranos como se acercan, y a un niño que parece desolado, pero no lo está. ¿Qué está haciendo Pelé? — Él lo cuenta luego… "No, yo solo me acordaba de mi padre: Papá, un día haré a Brasil campeón del mundo".

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Todo lo demás, ya lo hemos comentado, todo lo demás ya lo sabemos, todo lo demás parece que se ha acabado hoy, pero no, no se ha acabado, es para siempre, Pelé no es de carne y hueso, ya es de bronce y es de celuloide, es sobre todo de recuerdo enamorado: el de aquel niño que fue capaz de hacer verdad el sueño de su padre”.
Por eso, mientras este Mundial avanza sin su presencia y nuevos ídolos corren detrás de una pelota, conviene detenerse un instante y recordar que antes de todos ellos hubo un niño que creció en la precariedad llamado Edson, un rey que, de niño, y antes de coronarse, vio llorar a su padre y le prometió lo imposible.
Desde entonces Pelé ya no pertenece del todo a Brasil, ni a su amado Santos, ni siquiera al fútbol: pertenece a esa zona secreta de la memoria donde los hombres y sus hazañas se resisten a morir, porque alguna vez fueron capaces de cumplir el sueño de un niño, o mejor aún, el sueño de su padre. Edson Arantes do Nascimento vive por siempre. Pelé y nada más.
*Texto extractado de video de Youtube: “La LLAVE más EMOTIVA de PETÓN por PELÉ”. Programa ‘El Chiringuito’.
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