
La odisea pagana del fútbol
Freddy Rincón en el Mundial 1990. Créditos: Retuers
Una crónica sobre la travesía continental de este mundial de fútbol donde selecciones nacionales y sus tribus paganas de aficionados cruzarán Norteamérica en busca de una pelota, un sentido momentáneo de pertenencia y acaso un pequeño lugar en la memoria.
En algún poblado olvidado de Cabo Verde, un padre emocionado le pintará a su hijo la cara con los colores de su bandera, un niño que tal vez no logre entender que, durante un mes, su país será algo más que un lugar en el mapa y la precariedad se disfrazará de alegría; quizá también hoy algún viejo aficionado coreano, en una habitación con persianas cerradas, se levante soñoliento en la madrugada a ver el partido inaugural para sentirse menos solo.
Solemos creer que un mundial de fútbol inicia con los himnos, una marea colorida de personas y banderas, y una pelota en el centro del campo, a la espera de un puntapié que dé inicio a una batalla deportiva. Este Mundial 2026, sin embargo, parece empezar antes: en las páginas oficiales y no oficiales de venta de entradas, en el préstamo familiar para comprar tiquetes inmoralmente costosos, en el estudio de un fixture tan extenso como complejo, en la planeación de itinerarios entre países y ciudades que parecerán pertenecer a planetas distintos, o tal vez en una quiniela con amigos queriendo emular a expertos estadísticos.
El escritor e historiador Juan Esteban Constaín suele decir que el fútbol es hoy la religión pagana más popular del planeta. Y tal vez no le falte razón, pues si bien se trata de una religión que no tiene dogmas definitivos ni promesa de gloria eterna, sí que tiene templos majestuosos, cánticos espirituales, mártires, herejes, santos imperfectos y una extraña capacidad para detener el tiempo. Tanto es así que, como cada cuatro años, millones de personas aplazarán sus reuniones, faltarán a turnos de trabajo y, mientras decenas de miles de peregrinos cruzarán fronteras para ser testigos privilegiados, quienes no puedan hacerlo se sentarán, a lo lejos, frente a una pantalla para saltar, reír y llorar como quien asiste a un rito fundacional.
Por primera y tal vez por última vez, la Copa Mundo se celebrará en tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Contra las críticas y siguiendo el beneficio económico, la FIFA ha ampliado el número de selecciones a 48, lo que implicará 16 sedes y la programación, en poco más de un mes, de 104 partidos. Una celebración descomunal, sí, pero también un experimento geográfico, económico y sociocultural único.

Si en Uruguay 1930 bastaron 13 equipos y 3 estadios en Montevideo para inventar esta liturgia, casi un siglo después el fútbol parece haber decidido que este planeta se le empieza a quedar pequeño. Si de analogía religiosa se trata, aquel primer Mundial tuvo algo de viaje iniciático y de restauración. Casi toda Europa, aún con las heridas de la Primera Guerra Mundial y sin superar del todo la crisis económica, fue invitada, pero solo cuatro selecciones europeas lograron cruzar el Atlántico en barco. Entrenaban sobre la cubierta y llegaban, además, a un país de menos de dos millones de habitantes; aunque quizá Uruguay era ya algo más que eso: una nación de feligreses de un juego cuya afición había sido inoculada por marinos ingleses dos décadas atrás.
Si en Uruguay 1930 bastaron 13 equipos y 3 estadios en Montevideo para inventar esta liturgia, casi un siglo después el fútbol parece haber decidido que este planeta se le empieza a quedar pequeño.
Hoy nadie cruzará el océano en vapor, hará ejercicios en un espacio de cubierta reducido ni perderá balones para que terminen flotando en el océano, pero algunas selecciones descubrirán que la modernidad también tiene sus propias penitencias. Bosnia y Herzegovina comenzará en Toronto, cruzará el continente hasta Los Ángeles y luego subirá a Seattle: más de cinco mil kilómetros entre sus tres primeros partidos. Argelia, por su parte, hará un extraño péndulo entre Kansas City y San Francisco, como si el fixture le hubiera impuesto una prueba de resistencia.
Y no serán únicamente los jugadores quienes emprendan esta travesía. También lo harán los aficionados, esos modernos compañeros de Odiseo que no buscan regresar a Ítaca sino llegar a tiempo a un estadio. Cruzarán terminales, migraciones, autopistas, hoteles de paso y ciudades inmensas, persiguiendo una camiseta como quien persigue una promesa. Algunos volverán derrotados, otros afónicos, otros endeudados, pero casi todos traerán consigo una pequeña epopeya personal: la leyenda que vieron, el himno que cantaron, el desconocido que abrazaron para celebrar un gol.
pero casi todos traerán consigo una pequeña epopeya personal: la leyenda que vieron, el himno que cantaron, el desconocido que abrazaron para celebrar un gol.
La Copa también tendrá su vieja e inevitable desigualdad. Francia e Inglaterra llegarán como aristócratas de mercado: plantillas valoradas, según Transfermarkt, en aproximadamente 1.520 y 1.360 millones de euros. Muy cerca, España y Portugal comparecen también con cifras de otro planeta futbolístico: 1.220 y 1.010 millones de euros. En el otro extremo, Qatar, Jordania, Irak y Curazao con toda su plantilla apenas superan lo que cuesta una joven promesa de la Premier League. Pero esa es precisamente una de las paradojas más hermosas del Mundial: durante noventa minutos, el dinero puede mirar desde el palco, pero no siempre baja a resolver el partido.

Cuatro selecciones vivirán además su primera vez: Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán. Para ellas, el Mundial no será todavía memoria sino asombro; no será álbum repetido sino primera figurita. Curazao y Jordania llegarán, además, desde esa orilla modesta del mercado donde la ilusión suele valer más que la cotización. Uzbekistán y Cabo Verde, por su parte, recordarán que el mapa del fútbol se está ensanchando no solo en número de participantes, sino también en geografías emocionales. Al frente, viejos inquilinos de la historia como Brasil y Alemania recordarán que la Copa también es linaje: Brasil ha estado siempre; Alemania comparece casi como una institución paralela al torneo.
Habrá, por supuesto, mucho dinero. La selección campeona recibirá 50 millones de dólares y el subcampeón 33. Incluso cada selección clasificada tendrá garantizadas sumas que, en otros tiempos, habrían parecido ciencia ficción. El Mundial moderno reparte gloria, pero también dividendos. Y aun así, conviene no olvidar que ninguna cifra compra del todo esa forma antigua de felicidad que produce un gol en una instancia definitiva.
Quizá por eso la sede más simbólica no será la más nueva, sino la más cargada de fantasmas: Ciudad de México. Y no importa qué nombre le asignen ahora: para los futboleros siempre será el Estadio Azteca. El templo de Pelé en 1970 y de Maradona en 1986 volverá a abrir sus puertas. Allí donde alguna vez el fútbol pareció tocar lo sagrado, se jugará otra vez el primer acto. Hay estadios que envejecen; otros, en cambio, acumulan memorias y sentido de pertenencia como los viejos álbumes de familia.
Desde hoy, no solo empieza un torneo. Empieza una pregunta: si esta Copa gigantesca, costosa, expandida, desmesurada y hasta algo inmoral todavía conserva el corazón íntimo y el ansia de gloria de aquellos mundiales que vimos de niños. Tal vez la respuesta esté en el primer himno, en el primer despeje nervioso, en la victoria inesperada del equipo más débil o en el primer hincha que llore sin saber por qué.
Porque el Mundial, incluso convertido en imperio, sigue siendo eso: veintidós futbolistas corriendo con frenesí detrás de una pelota para recordarnos, aunque sea por treinta días, que la humanidad todavía necesita reunirse alrededor de un rectángulo verde y creer que allí cabe el mundo entero; que todos, sin importar razas ni credos, tenemos aún un lugar donde volver a ser niños y, como decía Javier Marías, poder recuperar nuestra infancia.
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