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La historia detrás del cruce entre España y Bélgica. Trossard vs. Yamal. Créditos: Reuters
Deportes

España contra Bélgica: sombras e ilusiones rotas y otro encuentro cara a cara

La historia detrás del cruce entre España y Bélgica. Trossard vs. Yamal. Créditos: Reuters

España y Bélgica, dos selecciones plagadas de estrellas, se encuentran otra vez en un Mundial para definir cuál entra al selecto grupo de los cuatro mejores equipos de la tierra. Les contamos qué pasó la última vez que se vieron en una Copa del Mundo y cómo ese recuerdo alumbra el presente.

Por: Juan Carlos Gutiérrez Araújo

Dice Benedetti en uno de sus poemas que, cuando nos hacemos mayores, empezamos a dar cierto “alcance a la verdad” más definitiva: nuestra propia temporalidad. Ahora que algunos de nosotros ya somos veteranos y quizá hayamos visto más mundiales de los que nos resten por ver, la memoria puede servir de catalizador de historias.

Uno de los juegos más divertidos es hacer paralelismos históricos y especular si en una Copa del Mundo puede darse cierta repetibilidad. Este España contra Bélgica en cuartos se presta para ese juego y para la nostalgia.

¿Cómo fue el España versus Bélgica en 1986?

Regresemos a México, junio de 1986. España llegó al Mundial entre dudas y resignación, cargando la vieja maleta de promesas incumplidas y el recuerdo amargo de la copa anterior, disputada en casa. En el debut ante Brasil, un disparo de Míchel pareció cruzar la línea tras golpear el larguero, pero el árbitro no concedió el gol. Poco después marcó Sócrates, y la ilusión española volvió a convertirse en incertidumbre, esa vieja sensación de que, en los mundiales, las cosas buenas siempre les sucedían a otros.

Luego llegaron las victorias ante Irlanda del Norte y Argelia, suficientes para pasar la fase de grupos, pero no para cambiar del todo el ánimo de una afición que miraba de reojo aquel equipo. El próximo rival sería aquella Dinamarca que había deslumbrado al mundo, moderna y ofensiva. La Dinamarca de puntaje perfecto que venía de golear a Uruguay 6-1.

No existía entonces el universo de apuestas de hoy, pero si hubiera existido, Dinamarca habría llegado como favorita. Sin embargo, aquella tarde en ‘La Corregidora’ apareció la furia roja. España no solo ganó un partido: se creyó elegida. Muchos de este lado del mundo conocimos entonces a Emilio Butragueño, aquel jugador menudo, con más cara de seminarista que de futbolista, y ese instinto de depredador silencioso. El Buitre marcó cuatro goles. No corría: aparecía. España derrotó 5-1 al equipo de moda y, de repente, el Mundial dejó de ser una aventura para convertirse en destino. En España, la afición empezó a imaginar una semifinal contra alguien que conocía bien: Maradona.

Pero el fútbol suele ser cruel con quienes cruzan su propio Rubicón antes de tiempo: del otro lado no siempre espera Roma; a veces, en cuartos de final, espera Bélgica.

Los Diablos Rojos no llegaban para nada como favoritos. En fase de grupos habían perdido con México, apenas derrotaron a Irak y empataron con Paraguay. Clasificaron terceros, con más oficio que brillo. Luego, en octavos y extenuados, sobrevivieron en tiempo suplementario a un 4-3 contra la URSS.

Las coincidencias para el partido de 2026

Y aquí, 40 años después, comienza el paralelismo. España vuelve a encontrarse con Bélgica en unos cuartos de final. Una Bélgica que, como en 1986, no llega a esta fase como un equipo brillante desde el inicio, sino como un sobreviviente que se fue endureciendo partido a partido.

Aquella Bélgica tenía a Jean-Marie Pfaff en el arco, teatral y felino, como hoy Courtois ofrece una versión más fría y monumental del mismo oficio; a Jan Ceulemans con alma de capitán antiguo, como De Bruyne carga ahora el peso de una generación que se apaga; y a Enzo Scifo, nacido en Bélgica, pero de familia inmigrante, con esa elegancia italiana que parecía impropia de un torneo jugado entre patadas, humedad y césped irregular. Algo de esa ambigüedad la prolonga hoy Trossard, un jugador diferente que es difícil de encasillar en una sola posición.

Thibaut Courtois, el arquero más estelar del Mundial 2026. Créditos: Reuters
De Jean Marie Pfaff a Thibaut Courtois, el candado de Bélgica. Créditos: Reuters 

La España de 1986 no tenía un título mundial en sus estanterías; sin embargo, llegaba con la autoridad del que acaba de descubrir su propia grandeza. Y quizá allí empezó el problema. Aquella tarde de Puebla, Bélgica hizo lo que tantas veces hacen los equipos que saben que no son favoritos: esperó. Bajó el ritmo y ensució el trámite. Le quitó a España la armonía del juego anterior y la obligó a lo áspero del marcaje. Ceulemans marcó primero. España atacó después, mientras Pfaff se agrandaba bajo los tres palos y cada atajada convertía el entusiasmo español en ansiedad.

A falta de pocos minutos, Juan Señor empató. España respiró. Todavía había tiempo para que la historia corrigiera su rumbo. Pero la prórroga no trajo redención, sino cansancio, y los penales llevaron el partido a ese territorio donde el fútbol deja de parecer un deporte y se convierte en una ruleta mortal. En el segundo turno falló Eloy. Bélgica no falló en ninguno de sus lanzamientos. Pfaff se quedó con el gesto definitivo, mientras España se quedó con las preguntas de otra frustración.

Aquel partido no fue únicamente una eliminación. Fue una especie de punto final para una España de transición: la de un país que acababa de entrar en Europa y una democracia joven, aún imperfecta, que bajo el mando de Felipe González empezaba a mirarse al espejo con orgullo y ansiedad. 

La selección de Camacho, Gordillo, Butragueño, Míchel, Zubizarreta o Chendo, algunos que aún llegarían a Italia 90 y que habían parecido tocar el cielo en Querétaro, descubrió cuatro días después que las ilusiones también pueden romperse apenas sin ruido: entre las atajadas de un portero inspirado y un penal mal pateado.

Pero esta ya no es la misma España. Entre aquella herida del pasado y el partido de esta tarde hubo una noche en Johannesburgo, un gol de Iniesta y una estrella cosida al pecho de una camiseta que, por un instante, pareció reunir a un país tantas veces dividido. La selección española ya sabe lo que hace 40 años apenas soñaba: que también puede ganar un Mundial.

Y, sin embargo, los últimos tres mundiales le recordaron que las glorias pasadas no vacunan contra la decepción. En 2014 cayó en la fase de grupos siendo el campeón reinante. En 2018 se perdió en los penales ante Rusia. En 2022 volvió a extraviarse desde los 11 metros contra Marruecos. La selección que aprendió a ganar también aprendió que el pasado no desaparece: a veces solo cambia de estadio y de camiseta rival.

Por eso este España-Bélgica de 2026 tiene algo de espejo y advertencia. España llega más favorita que aquella de 1986. Tiene talento, juventud, jerarquía, posesión, variantes y una seguridad defensiva que impone respeto. Pero Bélgica vuelve a ocupar el mismo lugar incómodo de entonces: el rival al que muchos miran como trámite y que, precisamente por eso, puede convertirse en sentencia.

Equipo español en el Mundial de 2026. Créditos: Reuters
Lamine Yamal, Dani Olmo y la constelación de estrellas de la versión 2026 de España. Créditos: Reuters

Esta tarde, España no jugará solamente contra Bélgica. Jugará contra Pfaff, contra la sombra de aquel penal de Eloy, contra aquella tarde de Puebla y contra esa memoria extraña de derrotas mundialistas no esperadas, que a veces pesa más que las piernas.

Tal vez todo esto de los paralelismos sea una tontería, o tal vez no. Posiblemente es una fábula pensar que en los mundiales se repiten ciertas historias, pero cuántas veces el pasado influye en sus protagonistas. Cambian los nombres, los estadios, las camisetas, las circunstancias y hasta algunas reglas del juego. Pero el fútbol parece conservar una vieja instrucción: ningún favoritismo ni ninguna ilusión, por luminosa que parezca, está a salvo del recuerdo de sus propios fantasmas.
 

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