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Lo bueno, lo malo y lo feo del show de entretiempo de la final del Mundial 2026
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Lo bueno, lo malo y lo feo del show de entretiempo de la final del Mundial 2026

La Fifa llevó a la final del Mundial un espectáculo inspirado en el Super Bowl y convirtió el entretiempo en uno de los temas más comentados del torneo. Entre homenajes al fútbol, estrellas internacionales y críticas por la duración del descanso, este es el balance de lo bueno, lo malo y lo feo del show.

Por: David Roncancio

La final del Mundial 2026 no solo fue noticia por el esperado duelo entre la Argentina de Lionel Messi y la España de Lamine Yamal. También marcó un antes y un después para el fútbol al incorporar, por primera vez en una final de la Copa del Mundo, un espectáculo de medio tiempo al estilo del Super Bowl.

La apuesta de la Fifa abrió un debate inevitable. Por un lado, reflejó la influencia de la cultura deportiva estadounidense y el interés comercial de convertir la final en un espectáculo de entretenimiento global. Por otro, puso sobre la mesa la tensión entre esa visión y la tradición futbolera, donde el protagonista siempre ha sido el partido.

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El show se extendió por cerca de 30 minutos, confirmando los rumores sobre su duración, y reunió a artistas, actores y figuras del deporte de distintos continentes bajo un mensaje de unidad. Sin embargo, también dejó interrogantes sobre el futuro del fútbol y sobre si un espectáculo de esta magnitud puede convivir con la esencia del deporte. Esto fue lo bueno, lo malo y lo feo del primer show de entretiempo en una final del Mundial.

Lo bueno del show de medio tiempo en la final

La principal preocupación antes del espectáculo era que terminara convirtiéndose en un evento completamente ajeno al fútbol, como ocurre con el Super Bowl, donde millones de personas sintonizan la transmisión únicamente para ver el concierto y no el partido. Sin embargo, la Fifa acertó al construir un show que, en la mayoría de sus momentos, buscó rendir homenaje al fútbol.

El inicio fue una declaración de intenciones. Madonna apareció en escena acompañada por Ronaldo Nazário y Ronaldinho Gaúcho, dos de las mayores leyendas del fútbol brasileño. La cantante cerró su presentación con el mensaje "Music Makes the People Come Together", una frase que resumió el objetivo del espectáculo: utilizar la música como símbolo de unión en un Mundial marcado por la polarización y las controversias.

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La presencia de los Muppets interpretando Seven Nation Army, de The White Stripes, también resultó acertada. La canción se ha convertido en uno de los himnos deportivos más reconocidos del planeta y sirvió para conectar la cultura del entretenimiento estadounidense con la pasión futbolera.

Otro de los aciertos fue la diversidad de los invitados. Gustavo Dudamel representó a Latinoamérica desde la dirección de la orquesta de Los Muppets; BTS llevó al escenario el fenómeno global del K-pop con Dynamite; Jason Sudeikis apareció caracterizado como Ted Lasso, el entrenador estadounidense que aprende a amar el fútbol inglés; y Shakira volvió a demostrar por qué su nombre está ligado a la historia reciente de los Mundiales.

El cierre fue el momento más emotivo. Un homenaje a Pelé dio paso a Chris Martin y al coro de Coldplay, acompañados por cientos de niños que interpretaron una canción con un mensaje de paz y respeto. Más allá de los artistas, el espectáculo consiguió transmitir la idea de que el fútbol puede reunir culturas, idiomas y generaciones alrededor de un mismo balón.

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Lo malo del espectáculo

El gran problema del show fue su duración. El entretiempo se extendió hasta casi media hora, el doble del tiempo reglamentario. En un deporte donde cada minuto de recuperación física y concentración resulta determinante, alterar esa rutina supone una modificación importante de las condiciones del juego.

La experiencia ya había dejado antecedentes. En la final de la Copa América 2024, el espectáculo de Shakira también prolongó el descanso y eso puede generar una gran incomodidad en los jugadores por romper el ritmo competitivo. Al final, los jugadores son el verdadero show.

Más allá del espectáculo, la decisión refleja el camino que está tomando la Fifa: convertir la final del Mundial en un producto de entretenimiento cada vez más cercano a los grandes eventos estadounidenses. Esa estrategia puede abrir nuevas fuentes de ingresos y atraer audiencias diferentes, pero también implica sacrificar una tradición que durante casi un siglo había permanecido intacta.

El desafío para el futuro será encontrar un equilibrio entre el negocio y el deporte, sin que el primero termine desplazando al segundo.

Lo feo que dejó la presentación de medio tiempo

El mensaje de unidad que transmitió el espectáculo contrastó con muchas de las polémicas que rodearon este Mundial.

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La música y el fútbol pueden ser herramientas para unir a las personas, pero un show de entretiempo no puede convertirse en una cortina que oculte los problemas que marcaron el torneo. Las dificultades migratorias que enfrentaron algunas selecciones, las tensiones políticas y otras controversias que acompañaron la organización del campeonato siguieron presentes, incluso mientras el estadio celebraba un espectáculo pensado para transmitir armonía.

El riesgo es que la Fifa utilice este tipo de eventos para proyectar una imagen de unidad sin asumir con la misma fuerza las críticas que surgieron durante el torneo. El fútbol puede emocionar y la música puede conectar culturas, pero ninguna de las dos elimina los debates que dejó este Mundial.

A ello se sumaron algunos aspectos artísticos que deslucieron el espectáculo. La interpretación del coro infantil junto a Coldplay tuvo problemas de afinación en varios momentos y la presentación acústica de Justin Bieber, que apenas superó los dos minutos, supo a poco dentro de un show que buscaba ser histórico.

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Al final, el primer show de entretiempo de una final del Mundial dejó una sensación clara: fue un espectáculo de primer nivel que demostró el enorme potencial comercial del torneo, pero también abrió un debate que seguramente acompañará al fútbol durante muchos años. La pregunta ya no es si este formato llegó para quedarse, sino cuánto está dispuesto el fútbol a cambiar para convertirse en un espectáculo aún más global.

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