
Copa Mundial de la Fifa 2026: donde los mundiales nunca terminan
Los Mundiales nunca llegan solos: traen consigo a quienes vimos los anteriores, a los que aún nos acompañan y a los que regresan, convocados por la memoria, durante unas pocas semanas. Esta crónica sobre el final de la Copa del Mundo es también una reflexión sobre el paso inevitable del tiempo, los recuerdos que el fútbol despierta y las historias que sobreviven al olvido porque alguien decide contarlas.
Este domingo 19 de julio, con la final entre las selecciones de España y Argentina, termina esta Copa del Mundo 2026 y, aun sin haberse disputado el partido, quienes amamos este deporte empezamos a sentir esa conocida sensación de vacío y nostalgia.
Al comienzo del Mundial sentimos que abordamos un mismo barco, uno cuya partida ocurre en un día luminoso y cargado de buenos presagios. Durante más de un mes compartimos conversaciones, alegrías y decepciones con familiares y amigos, algunos con quienes no hablábamos desde hacía años. Al final del viaje, llega el desembarco y cada uno toma su propio camino. A la semana siguiente volveremos al trabajo o al estudio, a las cuentas por pagar y a la rutina.
Como ocurre después de grandes viajes, el regreso suele ser silencioso. No se siente la misma expectativa; se vuelve con la maleta un poco más pesada y el corazón un poco más vacío. El puerto es el mismo, el paisaje, aunque conocido, luce más gris y aceptamos con resignación que la vida simplemente continúa.

Los mundiales son eso, navíos que llegan y se van. Cada cuatro años aparecen en el horizonte como si nunca se hubieran ido. Durante unas semanas transforman nuestros días, llenan las calles de banderas y convierten casas y oficinas en escenarios de discusiones y momentos destinados a perdurar. Después parten otra vez. Siempre prometen regresar, pero nunca regresan iguales, porque quienes ya no somos los mismos somos nosotros.
Y es que durante un Mundial terminamos encontrándonos con quienes fuimos hace cuatro, ocho o cuarenta años: el niño que madrugó para ver las primeras imágenes en color de un juego que empezaba a entender; el adolescente que descubría el mundo en los torneos de los noventa; el universitario que discutía alineaciones al comenzar el nuevo siglo; o quizá el padre que ahora comparte el torneo con sus hijos.
Cada Mundial marca una estación de nuestra biografía y por eso su punto final adquiere otra dimensión. No volvemos solamente de un viaje: de alguna manera, volvemos de haber visitado a todas esas personas que fuimos.
A muchos nos gustaría habitar un universo borgiano de bibliotecas infinitas, espejos, laberintos y senderos que se bifurcan, donde todos los Mundiales ocurren de manera paralela y hasta con desenlaces diferentes. Allí rugen las tribunas de todos los tiempos, los transistores reproducen narraciones inolvidables, las fotografías recuperan sus colores y los muertos vuelven por noventa minutos a sentarse junto a nosotros.
Allí todavía se divisan los barcos que cruzaron el Atlántico rumbo a Uruguay en 1930, con jugadores entrenando sobre la cubierta; todavía Alcides Ghiggia avanza por la banda derecha mientras el Maracaná presiente la tragedia; todavía Pelé tiene diecisiete años y llora al ganar su primer título recordando la promesa a su padre; todavía los tambores de México 70 acompañan al mejor Brasil de todos los tiempos. Todo sucede una y otra vez.
En uno de aquellos corredores, Cruyff cambia de ritmo y el mundo descubre una nueva manera de jugar y Tardelli nos enseña a gritar un gol. En otro, el barrilete cósmico recibe la pelota contra Inglaterra y empieza una carrera que nunca termina. Más adelante, Baggio camina hacia el punto penal sin saber que millones de personas recordarán para siempre su mirada después del disparo. En un sendero alternativo, Iniesta vuelve a controlar el balón antes de marcar en Johannesburgo. En otro, Messi levanta en Qatar la copa que parecía resistírsele mientras un niño, en algún lugar del planeta, decide que ese será el primer recuerdo nítido de su vida.
Tal vez no se trate de una ficción. Todos los mundiales existen al mismo tiempo porque alguien los conserva: quien guarda un álbum incompleto, una entrada descolorida o los tomos de una revista que compró su padre hace cuarenta años; pero también quien recuerda no solo un gol, sino el lugar donde lo vio, la voz de quien lo acompañaba, la edad que tenía y aquello que soñaba entonces. Porque uno nunca recuerda exactamente un partido: recuerda el instante que habitó y la persona que fue.
El tiempo es un misterio que ha ocupado a científicos y filósofos. San Agustín confesaba saber qué era mientras nadie se lo preguntara; cuando intentaba explicarlo, dejaba de entenderlo. Nosotros tampoco sabemos bien qué es, pero conocemos el más cruel de sus efectos: el olvido.
Así, el pasado y nuestros recuerdos mundialistas se parecen a esos paisajes cubiertos de niebla que, vistos desde lejos, empiezan a perder sus contornos. Primero se difuminan algunos datos puntuales como nóminas y marcadores, luego los rostros de los personajes, después las voces e imágenes y, finalmente, hasta las alegrías que alguna vez creímos imborrables.
No podemos impedir que pase el tiempo, pero sí abrir caminos en medio de esa niebla. Para eso existen los videos, los audios, las fotografías y los relatos que, más que narrar un acontecimiento deportivo, buscan despertar una emoción. No detienen el tiempo, pero dejan señales. Una fotografía recupera un rostro; una grabación devuelve una voz; una crónica reconstruye una tarde, un gol y, algunas veces, un testimonio que nos permite reconocernos de nuevo.
Contar una historia es marcar un sendero sobre un paisaje que comienza a borrarse. Es dejar unas huellas, una referencia para poder regresar.
Durante estas semanas, Cambio Colombia apostó por contar el Mundial desde otra perspectiva: no solo desde los resultados y las estadísticas, sino desde las historias humanas, políticas y culturales que también habitan el fútbol. Así llegaron relatos como la odisea continental de selecciones y aficionados; el regreso de un país que alguna vez se llamó Zaire; la travesía de un arquero nacido en una familia nómada de Irán; las camisetas convertidas en patrias imaginadas; el niño que hizo campeón a su padre; el vínculo improbable entre una marca colombiana y Haití; el hombre que obligó al fútbol a hablar en colores; y aquel tristísimo gol marcado contra nadie.
Otros cronistas recordaron que el fútbol tampoco permanece intacto: pasó de jugarse sin sustituciones ni tarjetas a convivir con el VAR, los sensores y los árbitros explicando sus decisiones. Se preguntaron si un Mundial de 48 selecciones representaba una concesión al negocio o una ampliación legítima del mapa del juego. Y retrataron a Marcelo Bielsa y su locura, intentando ordenar de manera obsesiva un deporte cuya esencia continúa siendo el caos.
Ninguna de esas historias detendrá el tiempo. Pero juntas forman un camino, una resistencia contra el olvido. Cada cronista es, en cierto sentido, un caminante y un custodio: alguien que se interna en el paisaje de la memoria, encuentra una escena antes de que la cubra la niebla y deja una señal en forma de escrito para que otros puedan volver a ella.
El domingo, cuando termine la final, habrá un campeón, una copa levantada por jugadores que rozarán por un instante la inmortalidad, fuegos artificiales, festejos en el país ganador y llanto en el perdedor. Luego apagarán las luces. Los estadios quedarán vacíos. Las camisetas volverán a los clósets y la vida seguirá su marcha.
Dentro de cuatro años llegará otro Mundial. Volverán los himnos, las quinielas, los podcasts, las discusiones y las promesas. Algunos estaremos nuevamente frente a una pantalla. Otros faltarán. Habrá niños que lo verán por primera vez y adultos que, sin saberlo, asistirán al último.
Aun sabiendo que el fútbol es un juego, resulta difícil escapar de la tristeza. Nos queda atesorar los recuerdos que deja. Porque cuando termina un Mundial, lo que en realidad lamentamos no es solamente el final del torneo, sino que también se agota otra versión de nosotros mismos.
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