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Antonio Rattín es expulsado en el partido contra Inglaterra en el Mundial de 1966. Créditos: Wikimedia Commons
Deportes

Inglaterra contra Argentina y la historia del hombre que hizo inventar la tarjeta roja

Antonio Rattín es expulsado en el partido contra Inglaterra en el Mundial de 1966. Créditos: Wikimedia Commons

Aun antes de Malvinas, la rivalidad entre Argentina e Inglaterra ya estaba atravesada por el idioma, la historia, el orgullo nacional y la sensación argentina de estar siendo juzgada por Europa. Por eso, en esta primera semifinal mundialista entre ambos países, no está mal recordar al gran capitán que abandonó Wembley sin recibir una tarjeta roja, pero que, con su rebeldía, su desmesura y su imposibilidad de hacerse entender, terminó obligando al fútbol a hablar en colores.

Por: Juan Carlos Gutiérrez Araújo

El próximo 15 de julio, Inglaterra y Argentina se enfrentarán por sexta vez en una Copa del Mundo. Será el cuarto duelo entre ambos por eliminación directa. Hace veinticuatro años que no se encuentran y, por primera vez, disputarán un cupo a la final.

Messi, a sus 39 años y después de más de dos décadas con la selección argentina, jamás enfrentó a Inglaterra, ni en un partido oficial ni en un amistoso. Aun así, la rivalidad sigue poblada de historias y mitos. Así, casi siempre que se escribe sobre este duelo, se habla de la victoria argentina 2-1 en México 1986, con la ‘Mano de Dios’ y el llamado ‘Gol del Siglo’; o bien se apela a la guerra de las Malvinas.

Pero esta busca ser una crónica diferente: una historia sobre la ausencia de colores y la impotencia de no poder entenderse. 

El relato comienza en una tarde de hace sesenta años. Ambos rivales se enfrentaban en Wembley por los cuartos de final del Mundial de 1966. Antes de cumplirse el minuto 35, con el partido todavía empatado, Antonio Rattín, capitán argentino, fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein. No por una falta de juego, sino por una expresión de desaprobación y por unas supuestas palabras ofensivas que el juez, paradójicamente, no podía comprender.

En aquel momento no existían las tarjetas. Los árbitros podían amonestar y expulsar, pero debían hacerlo verbalmente y mediante gestos. Dicen los cronistas que ni el público ni los jugadores sabían siempre quién había sido advertido o quién debía abandonar el campo.

En un partido cerrado y muy físico, la discusión en la mitad de la cancha resultaba confusa. Rattín afirmó que no entendía la decisión, pidió un traductor y se negó durante casi diez minutos a retirarse. Ambos gesticulaban desde orillas distintas de un idioma inexistente, mientras noventa mil personas intentaban descifrar qué ocurría.

Las imágenes que dejó aquel momento son icónicas. Primero se sentó sobre la alfombra roja destinada a la reina Isabel II. Luego, camino al túnel, tomó y retorció el banderín del córner que llevaba la Union Jack.

La escena conserva algo de surrealismo: un argentino que no entendía por qué había sido expulsado discutía con un alemán incapaz de comprender aquello que supuestamente lo había ofendido. 

Argentina continuó con diez hombres, pero aquella expulsión rompió el precario equilibrio y terminó perdiendo 1-0. Inglaterra avanzaría hasta conquistar la única Copa del Mundo de su historia. Rattín regresó a Buenos Aires convertido, para unos, en provocador y, para muchos otros, en aquel caudillo dispuesto a defender la camiseta y desafiar una autoridad que consideraba injusta.

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Bobby Charlton y sus compañeros celebran el triunfo en cuartos de final contra Argentina, en Wembley, en el Mundial de 1966. Créditos: Reuters

En las tribunas estaba Ken Aston, del comité arbitral de la FIFA. Aquel incidente terminó de confirmarle que el juego necesitaba algo más que silbatos, libretas y señas desesperadas. Necesitaba un idioma común. Cuenta la historia que días después, mientras conducía por Londres, Aston se detuvo ante un semáforo y encontró la solución: amarillo para advertir y rojo para expulsar. Un código visual que no necesitara traducción. El sistema se estrenaría oficialmente cuatro años más tarde, en la Copa del Mundo de México 1970, aunque la primera tarjeta roja mostrada en un Mundial solo aparecería en 1974. 

Rattín nunca vio aquella tarde una tarjeta roja. No podía verla porque aún no existía. Tampoco pudo imaginar que aquel gesto desafiante acabaría transformando las reglas de un deporte que ya empezaba a pertenecerle al mundo entero. Y es que la historia del fútbol nos deja a veces paradojas hermosas: de la incapacidad de dos hombres para entenderse nació un idioma universal que hoy comprenden todos los futbolistas y que luego adoptarían otros deportes.
  
Sesenta años después, las polémicas no han terminado. El fútbol ya no tiene solamente tarjetas, banderines, silbatos y un extenso reglamento. Hoy tiene cámaras, líneas virtuales, sensores, repeticiones cuadro a cuadro, algoritmos e inteligencia artificial. Todo llegó con la promesa de reducir el error y acercarnos a una justicia casi matemática. Sin embargo, parece que en el mundo futbolístico nunca se había discutido tanto.

Este Mundial, el más tecnológico de la historia, ha sido uno de los más plagados de polémicas arbitrales. Se congelan imágenes, se trazan líneas milimétricas y se reconstruyen jugadas desde ángulos imposibles. Aun así, continúa siendo un ser humano quien debe interpretar la intensidad de un contacto o la frontera entre disputar una pelota y poner en peligro al rival. Tal vez el problema nunca haya sido solamente ver mejor, sino comprender mejor el espíritu de las reglas.

La tecnología puede decirnos dónde estaba un pie o en qué instante el balón abandonó un botín. Lo que todavía no puede resolver es la pregunta más antigua: ¿qué es justo? Porque la justicia deportiva depende de quién observa, desde dónde lo hace y con qué historia o intereses llega hasta los hechos a ser juzgados.

Como si fuera poco, existe otro hecho que une a ambas selecciones. El fútbol argentino, tan orgulloso de su identidad, le debe parte de su organización inicial a un británico. Alexander Watson Hutton, profesor escocés llegado a Buenos Aires, fundó en 1893 la asociación de la que deriva la actual AFA. Por eso es recordado como el padre del fútbol argentino.

Quizá por eso esta rivalidad sea más compleja que una simple enemistad. Inglaterra ayudó a llevar el fútbol a Argentina; Argentina lo recibió, lo mezcló con el potrero, la gambeta, el barrio y el bandoneón, y terminó devolviéndolo convertido en otra cosa. Los ingleses aportaron las reglas; los argentinos desarrollaron una manera emocional, irreverente y casi religiosa de habitarlas.

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Jackie Charlton es atendido después de un choque contra el arquero argentino Antonio Roma. Mientras, Roberto Perfumo discute con el juez. Créditos: Reuters

Antonio Rattín murió el pasado 11 de julio, a los 89 años, justo cuando Argentina volvía a jugarse su destino en las instancias decisivas de un Mundial. Horas después, otra expulsión, mostrada ahora con el color que su episodio ayudó indirectamente a crear, y esta vez a su favor, condicionó el partido que condujo a la albiceleste hasta esta semifinal. Es una de esas coincidencias con las que el fútbol parece recordarnos que su historia no avanza en línea recta, sino más bien en espiral, aunque quien en el pasado sufrió el rigor arbitral sea hoy, para muchos, uno de sus mayores beneficiarios.

Este miércoles, cuando Inglaterra y Argentina vuelvan a encontrarse, el árbitro llevará dos tarjetas en el bolsillo y todos conocerán su significado. Habrá cámaras siguiendo cada movimiento y asistentes lejanos revisando lo ocurrido. Con todo, ante la primera decisión discutida, viviremos una escena parecida a la de aquella tarde de 1966: dos hombres convencidos de tener la razón, gesticulando frente a frente y sin acuerdo posible.

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