
Mundial 2026: la tecnología no pudo acabar con las polémicas del fútbol
El Mundial de 2026 debía ser el más tecnológico y globalizado de la historia. Se disputó en tres países, utilizó sensores dentro del balón, un sistema de fuera de lugar automático más sofisticado que el de Catar 2022 y fue seguido por miles de millones de personas alrededor del planeta. Sin embargo, terminó confirmando una vieja tradición del fútbol: no existe un Mundial sin polémicas.
Por: David Roncancio
Desde que Uruguay organizó la primera Copa del Mundo en 1930, cada torneo ha estado atravesado por las disputas políticas y culturales de su tiempo. Inglaterra se negó a participar en el primer Mundial porque consideraba que, como inventora del deporte, debía ser la sede del certamen. Cuatro años después, Uruguay respondió de la misma manera y no viajó a Italia para defender el título. En Suecia 1958, Turquía, Indonesia y Sudán renunciaron a disputar sus partidos clasificatorios contra Israel por motivos políticos. Argentina 1978 convivió con una dictadura militar, mientras Johan Cruyff decidió no asistir tras sufrir un intento de secuestro junto a su familia meses antes del torneo.
El Mundial de 2026 no fue la excepción. La diferencia es que sus polémicas comenzaron mucho antes del pitazo inicial y trascendieron los estadios. Se jugaron en aeropuertos, oficinas migratorias, despachos presidenciales y salas del VAR.
La primera gran controversia tuvo como protagonista la política migratoria de Estados Unidos. El delantero iraní Aymen Hussein, héroe de la clasificación de su selección tras marcar en el repechaje contra Bolivia, fue retenido durante siete horas por agentes migratorios estadounidenses. El episodio resultó aún más impactante por su historia personal: su padre fue asesinado por Al Qaeda y uno de sus hermanos continúa desaparecido tras el conflicto contra Estado Islámico.
Con el paso de los días, las imágenes de futbolistas sometidos a exhaustivos controles de seguridad se hicieron habituales. Kevin De Bruyne, uno de los mejores mediocampistas de su generación, fue fotografiado mientras un agente aduanero inspeccionaba minuciosamente sus zapatos en un aeropuerto estadounidense.
El caso más dramático fue el del árbitro somalí Omar Artan, quien estaba llamado a convertirse en el primero de su país en dirigir un partido de un Mundial. Las autoridades estadounidenses le negaron el ingreso al considerarlo un riesgo por "presuntos vínculos con organizaciones terroristas". Artan regresó a Somalia sin poder cumplir el sueño de arbitrar la Copa del Mundo, aunque fue recibido como un héroe nacional.
Pero el caos no terminó fuera de los estadios. También llegó a la cancha.
La gran promesa tecnológica del Mundial era acabar, de una vez por todas, con las polémicas arbitrales. No ocurrió. Por el contrario, abrió nuevos debates sobre los límites de la justicia deportiva.
Uno de los episodios más discutidos ocurrió durante el partido entre Inglaterra y Noruega, cuando miles de aficionados aseguraron que el balón había rozado uno de los cables de la spidercam antes de un gol inglés. La FIFA negó cualquier contacto basándose en la tecnología incorporada en el balón, capaz de detectar el más mínimo roce.
Paradójicamente, esa misma tecnología había anulado días antes un gol de Croacia frente a Portugal por un contacto prácticamente imperceptible con el cabello de un futbolista.
Algo similar ocurrió con el fuera de lugar automático. Creado para reducir el margen de error arbitral, terminó reabriendo una vieja discusión: ¿es justo invalidar un gol por una ventaja de apenas unos milímetros?
El gol de Davinson Sánchez contra Portugal fue anulado porque una parte de su pie superaba mínimamente la línea del fuera de lugar. La situación se repitió en otros partidos del torneo y volvió a poner sobre la mesa la posibilidad de modificar la norma para privilegiar el espíritu del juego sobre la precisión tecnológica.
Ni siquiera el VAR logró evitar las decisiones arbitrales controvertidas. El contacto involuntario de Lionel Messi sobre un rival frente a Argelia fue suficiente para que reaparecieran las acusaciones de quienes consideran que el argentino recibe un trato privilegiado por parte de la FIFA. También quedaron acciones sin sanción, como la plancha de Michael Olise contra España o el penalti que Colombia reclamó sobre Davinson Sánchez en el partido contra Suiza.
A las discusiones arbitrales se sumaron las reglamentarias. La denominada "ley Prestianni", aprobada tras un episodio de presunto racismo ocurrido entre Vinícius Júnior y Gianluca Prestianni en la Liga de Campeones, estableció la expulsión automática para los futbolistas que se cubran la boca al dirigirse a un rival durante el partido.
Los primeros sancionados fueron Miguel Almirón, de Paraguay, durante la fase de grupos, y Piero Hincapié, de Ecuador, en los dieciseisavos de final frente a México. La medida abrió un nuevo debate sobre los límites entre la lucha contra el racismo y el exceso regulatorio en el fútbol moderno.
Como ha ocurrido prácticamente en todas las Copas del Mundo, la política también encontró un lugar privilegiado en el torneo.
La imagen del técnico de Egipto exhibiendo una bandera palestina recibió aplausos y críticas por igual, especialmente porque la organización había prohibido el ingreso de banderas palestinas a los estadios. En Gaza, decenas de personas siguieron el partido en medio de las ruinas provocadas por la guerra y celebraron el gesto del entrenador.
Argentina también podría enfrentarse a una sanción después de que varios de sus jugadores exhibieran una sábana con el mensaje "Las Malvinas son argentinas" tras vencer a Inglaterra en semifinales. Las declaraciones de Leandro Paredes y los cánticos de Lionel Messi desde la tribuna terminaron por convertir un partido de fútbol en un nuevo capítulo de una disputa diplomática que lleva más de cuatro décadas.
Sin embargo, la FIFA sí aceptó protocolos especiales para las banderas de Arabia Saudita e Irak, luego de que ambos países solicitaran que sus enseñas nacionales no tocaran el suelo durante las ceremonias oficiales.
La controversia política más llamativa del torneo tuvo como protagonista al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Según trascendió durante la competición, el mandatario llamó personalmente a dirigentes de la FIFA para solicitar la revocatoria de la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun tras una dura entrada sobre un rival en el partido frente a Bosnia.

El episodio reflejó la estrecha relación que Trump ha construido con Gianni Infantino, presidente de la FIFA, quien ha defendido públicamente la política migratoria estadounidense durante el torneo y ha aparecido junto al mandatario en distintos actos oficiales relacionados con el fútbol.
El Mundial de 2026 dejó una paradoja difícil de ignorar. Nunca el fútbol había contado con tanta tecnología para resolver lo que ocurre dentro de la cancha y, sin embargo, nunca había sido tan evidente que sus grandes controversias suceden fuera de ella. Los sensores pueden determinar si un cabello rozó el balón y los algoritmos medir milímetros en un fuera de lugar. Lo que ninguna tecnología ha conseguido todavía es impedir que una Copa del Mundo siga siendo un espejo del momento político, cultural y social que atraviesa el planeta.
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