
La revolución pendiente de los hombres, ¿por qué las tareas de cuidado siguen teniendo cara de mujer?
Las mujeres en Colombia dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Aunque el país avanza en políticas para reconocer y redistribuir esas tareas, expertas consultadas durante la IAFEE advierten que el desafío sigue siendo cultural: sin transformar las masculinidades y la corresponsabilidad dentro de los hogares, las políticas públicas se quedarán cortas.
Por: Lina Cuitiva
Si usted está leyendo este artículo es porque, en algún momento de su vida, alguien lo cuidó. Lo alimentó cuando no podía hacerlo solo, lo llevó al médico cuando enfermó, lo acompañó a la escuela o simplemente hizo posible que hoy pudiera estar aquí. El cuidado sostiene la vida. Sin él no existirían trabajadores, estudiantes, empresarios, científicos ni gobiernos. Sin embargo, ese trabajo esencial sigue siendo uno de los más invisibles y desigualmente repartidos de la sociedad.
Durante décadas, el debate sobre la igualdad de género estuvo centrado en abrirles espacio a las mujeres en la educación, la política y el mercado laboral. Sin embargo, mientras se han conquistado algunos de esos escenarios, otra desigualdad permanece casi intacta dentro de las casas: alguien sigue cocinando, limpiando, cuidando a los hijos y atendiendo a los adultos mayores. Ese alguien, casi siempre, es una mujer.
Cómo corregir ese desequilibrio de responsabilidades y qué tan lejos pueden llegar las políticas públicas si la cultura no cambia fue uno de los debates en la 34.ª Conferencia de la Asociación Internacional de Economía Feminista, que este año se celebró en la Universidad Icesi, en Cali.

Las cifras muestran que la transformación avanza mucho más despacio dentro de los hogares que en otros ámbitos de la sociedad. Según la más reciente Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, casi nueve de cada diez mujeres realizan trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente a cerca de dos de cada tres hombres. Además, ellas dedican diariamente más del doble del tiempo a estas tareas.
Esa brecha persiste incluso cuando ambos integrantes de una pareja heterosexual tienen empleo remunerado. Para millones de mujeres, la jornada laboral no termina al salir de la oficina: apenas comienza una segunda jornada, casi siempre invisible y no remunerada.
Aunque Colombia ha avanzado en el reconocimiento del cuidado como un pilar de la economía y en la construcción de políticas para redistribuirlo, para Natalia Escobar Váquiro, investigadora del Observatorio para la Equidad de las Mujeres (de la Universidad Icesi y la Fundación WWB Colombia) y Gabriela Chiriboga, politóloga ecuatoriana especializada en políticas de cuidado, sigue pendiente una pregunta fundamental: ¿hasta dónde pueden llegar las leyes si los hombres continúan viendo el cuidado como una responsabilidad ajena?
Ambas coinciden en que el verdadero desafío no está únicamente en crear nuevos programas estatales y políticas públicas para mover la balanza, sino en transformar una cultura que durante generaciones ha enseñado que cuidar es una tarea femenina, una idea que es la base de la desigualdad y la sobrecarga de trabajo doméstico en los hogares.
Esa distribución desigual no solo determina quién lava los platos. También condiciona quién tiene tiempo para estudiar, trabajar, aceptar un ascenso, descansar o participar en la vida pública.
"Si tú y yo estamos aquí conversando, si alguien está leyendo este artículo, es porque alguien nos cuidó antes", dice Chiriboga, una de las expertas participantes de la cumbre internacional sobre economías feministas. "El cuidado no es un asunto de las mujeres; es una condición para que exista cualquier sociedad".
Nadie nace sabiendo cuidar
Una de las ideas más arraigadas sobre el cuidado es que las mujeres poseen una habilidad casi natural para ejercerlo. Chiriboga cuestiona de raíz esa creencia.
"Nos educan pensando que las mujeres nacemos con un don para cuidar", explica. Esa idea empieza desde la infancia: mientras a las niñas se les enseña a ayudar en la cocina, limpiar o cuidar a sus hermanos menores, a los niños se les permite jugar, explorar el espacio público o desarrollar otras habilidades. Sin darse cuenta, las familias reproducen una división del trabajo que después aparece en la vida adulta.
La consecuencia es que el cuidado deja de verse como una responsabilidad compartida y se convierte en un atributo que define el valor social de las mujeres. Ser una "buena mujer", explica Chiriboga, todavía suele asociarse con ser madre, sostener el hogar y dedicar buena parte de su tiempo a cuidar de otros.
Escobar coincide en que detrás de esa distribución existe una jerarquía histórica que ha otorgado mayor valor a las actividades asociadas con lo masculino y ha invisibilizado el trabajo de cuidados. El resultado es una división sexual del trabajo que sigue marcando la vida cotidiana, incluso en hogares donde ambos integrantes trabajan fuera de casa.
Los hombres también pierden
Escobar propone darle la vuelta a la discusión. El cuidado no solo representa una sobrecarga para las mujeres; también, según dice, empobrece la experiencia masculina. Al mantenerse al margen de la crianza y del cuidado cotidiano, muchos hombres renuncian a una dimensión profundamente humana de la vida: la posibilidad de construir vínculos desde el afecto.
Se pierden la posibilidad de construir vínculos más profundos con sus hijos, de desarrollar autonomía para cuidar de sí mismos y de experimentar una dimensión fundamental de la vida humana: la conexión con los demás.
"Se están perdiendo un mundo que es muy humano y profundo", afirma.
La investigadora cuestiona la idea de que cuidar sea únicamente una carga. Aunque reconoce que implica trabajo, también recuerda que las personas encuentran sentido, afecto y satisfacción en el acto de cuidar. Renunciar a esa experiencia, dice, también empobrece la vida de los hombres.
Chiriboga llega a una conclusión similar desde otra perspectiva. Así como a las mujeres se les enseña a cuidar, a los hombres también se les imponen restricciones: no llorar, no expresar afecto, demostrar fortaleza y concentrarse en el papel de proveedores.
Esa construcción de la masculinidad termina alejándolos precisamente de las tareas que requieren cercanía emocional. "No podrá dar el pecho", dice sobre un padre, "pero puede cargar a un bebé, bañarlo, leerle un cuento, consolarlo". Nada de eso disminuye su masculinidad.
Las políticas públicas también educan
Hablar de cuidado suele remitir a guarderías, centros de atención o subsidios. Sin embargo, Escobar insiste en que las políticas públicas también transmiten mensajes sobre quién debe asumir esas responsabilidades.
Un ejemplo son las licencias parentales. Mientras la licencia de maternidad es significativamente más larga que la de paternidad, el Estado sigue enviando una señal clara: la principal responsable del cuidado continúa siendo la madre.
Por eso, sostiene, no basta con ampliar la oferta de servicios. Las políticas también deben redistribuir tiempo y responsabilidades, generar condiciones para que los hombres cuiden y facilitar que las mujeres permanezcan en el mercado laboral sin cargar solas con el trabajo doméstico. "La redistribución no ocurre sola", resume.
La conversación pendiente
Las dos expertas coinciden en que buena parte de las políticas de igualdad siguen hablando principalmente con las mujeres. Para Chiriboga, ese es uno de los principales vacíos.
"Si queremos transformar la desigualdad del cuidado, tenemos que hablar con los hombres. No podemos dejar por fuera a la mitad de la población".
Eso implicaría revisar desde los libros escolares hasta las dinámicas familiares, pero también abrir conversaciones incómodas sobre los privilegios masculinos. Porque, como ella misma reconoce, renunciar a un privilegio nunca resulta sencillo cuando durante años alguien más ha resuelto el trabajo invisible del hogar.
"No hay una actividad humana más importante que cuidar la vida", resume Escobar. Sin embargo, esa actividad sigue siendo una de las menos valoradas y una de las más desigualmente distribuidas.
Lea los comentarios







