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EL QUE LA TIENE MÁS LARGA

EL QUE LA TIENE MÁS LARGA
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

EL QUE LA TIENE MÁS LARGA

¡Vaya mesecito! Como si no bastara con la resistencia de los perdedores, la posesión presidencial carnavalesca y el terremoto devastador, agosto aún reservaba nuevas sorpresas para los colombianos. La más extraña de ellas ha sido el pulso de generosidades entre los más ricos empresarios del país, algo parecido a la prueba que en los colegios de varones suele llamarse “a ver quién la tiene más larga”. 

El bochinche estalló a raíz de una inesperada sucesión de anuncios procedentes de grupos económicos poderosos que proclamaban, plata en mano y uno por uno, su apoyo a las víctimas del movimiento sísmico. Las cifras eran extraordinarias y, para mayor dramatismo, saltaban escalonadas.

Veamos.

Noticia de prensa, radio y televisión el 14 de agosto: “La familia Santo Domingo, a través de la Fundación Santo Domingo, Valorem y sus empresas vinculadas, anuncian una donación histórica de cien mil millones de pesos para las víctimas y apoyar la reconstrucción tras el terremoto”.

¡Cien mil millones de pesos del Grupo Santo Domingo! El anuncio lo hicieron dos ejecutivos del consorcio al terminar el congreso de la ANDI y fue recibido con aplausos, caras de felicidad y la sensación de que asistíamos a un momento humanista irrepetible.

Más sorprendente fue cuando, al día siguiente, lo irrepetible se repitió y lo hizo con creces. La noticia del 15 de agosto decía: “El conglomerado familiar de los Gilinski Bacal, a través de Gabriel Gilinski, cabeza visible del grupo editorial, anunció que donó ciento cincuenta mil millones de pesos para apoyar a los perjudicados por el terremoto”.

¡Ciento cincuenta mil millones de pesos de la familia Gilinski! Veinticuatro horas habían sido suficientes para desbordar en un cincuenta por ciento la donación de los Santo Domingo y multiplicar el asombro del respetable público. 

Pero aún era temprano para hacer cuentas. Unas horas después se anunció que “el fundador del Grupo Aval, Luis Carlos Sarmiento Angulo y su señora, Fanny Gutiérrez de Sarmiento, acaban de donar doscientos mil millones de pesos y una suma adicional de quinientos cincuenta millones para la reconstrucción nacional”. 

¡Más de doscientos mil millones de pesos! El tercer postor resultó ser el más generoso. La suma empequeñecía la del conglomerado Gilinski y aún más la del Grupo Santo Domingo. Al final de cuentas, Sarmiento Angulo fue el que la tuvo más larga.

El campeonato de largueza —nunca mejor dicho— provocó sensación en determinados círculos. Uno de ellos fue el de los periodistas, con algunos de los cuales comí por esos días, lo que me permitió ser testigo del siguiente diálogo entre Alicia y Luis (nombres supuestos):

Luis: ¡Qué maravillosa demostración de hermandad la de los empresarios colombianos con las víctimas del terremoto!

Alicia: Por el contrario, qué actitud más vergonzosa. No niego que donaron una buena plata, pero nos gritaron el regalo sin pudor alguno.

Luis: Para el país ha sido bueno que se conozca la generosidad de los más ricos.

Alicia: Generosidad que, no nos engañemos, refleja las jugosas ganancias de sus empresas.

Luis: Por supuesto: es que empresas quebradas poco pueden ayudar.

Alicia: ¿Se acuerda de la parábola bíblica del publicano y el fariseo? Ambos agradecían a Dios en el templo, pero el publicano lo hacía con humildad en un rincón, mientras que el fariseo gritaba desde el altar todas las bondades que Dios le daba.

Luis: En nuestro caso, la bulla del supuesto fariseo contagió a otros para que lo imitaran y transmitió a las víctimas la sensación de que no estaban solas.

Alicia: Y también transmitió la humillante idea de que su miseria era objeto de subastas y efectos publicitarios.

Luis: Estoy seguro de que a las víctimas no les interesan los motivos que haya detrás de las donaciones, sino que la gente ayude, y en ese sentido la publicidad es un estímulo.

Alicia: Un estímulo y al mismo tiempo una inhibición. Muchas empresas menos musculosas que las tres punteras han hecho esfuerzos importantes de solidaridad que ni siquiera ameritan un registro en la prensa. 

Luis: Bueno, son los herederos del publicano.

Alicia: Pero esos herederos tienen socios que preguntan si la empresa ha estado a la altura y su generosidad ha pasado inadvertida.

Luis: Sí, por eso la Biblia también dice: “Haz bien y no mires a quién”.

Alicia: El problema es que, al desatar una competencia capitalista entre tiburones, la clave no es a quién mirar sino cuántos te miran.

Luis: O sea que, siguiendo tu raciocinio, la mejor solución es no dar nada.

Alicia: En absoluto, hay que dar con generosidad, como han dado los tiburones, pero en vez de una maratón con cifras y nombres habría sido mejor ejemplo que unieran fondos colectivos sin escarapelas, donde toda envidia, todo sentido de la competencia y todo impulso de golpear al rival estuvieran desterrados.

Luis: ¿Y crees que eso es posible en una sociedad tan competitiva como esta?

Alicia: Es posible, siempre y cuando los donantes renuncien a toda publicidad y se apeguen a las normas más clásicas de caridad y solidaridad. 

Luis: Amén.

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