LOS NUEVOS MONSTRUOS

“Vengo del infierno”. Frases como esta se oyen a diario desde hace semanas en noticieros internacionales y medios de comunicación de España, Francia y Portugal, preferentemente. “Vengo del infierno”. Lo dicen ancianos que han perdido su casa de familia, campesinos que vieron arder la cosecha, avicultores que sacrificaron cientos de gallinas en la candelada, bomberos agotados, pilotos de helicóptero que realizan cada día decenas de peligrosos vuelos para cargar agua.
El 10 de julio fue el día más crítico de este verano salpicado de tormentas de nieve y hielo: un incendio en Andalucía calcinó a una docena de personas y desapareció a otras veintitrés. El fuego y el calor han sido los principales protagonistas de las imágenes en la televisión, las redes, los diarios… Cuando no son las llamaradas que devoran árboles y malezas, son las casas reducidas a cenizas, los hierros retorcidos de carros y trilladoras, los cadáveres carbonizados de animales domésticos y del monte.
Todos los días caen récords de temperatura en distintos lugares del mundo. Las comparaciones asustan. Municipios que durante siglos registraron amables cifras veraniegas han disparado en los últimos años, y sobre todo en los últimos meses, el promedio en los termómetros. Imaginen a Santa Marta con cuarenta grados centígrados, a Medellín con treinta y pico, a Bogotá con veinticinco, a Pasto con el clima de Cali, a Cali con el de Barrancabermeja, a Barranca con los cincuenta grados del desierto del Sahara y a este a los 54,4 grados que registró en julio de 2023 el Rancho Greenland, en el Valle de la Muerte (Estados Unidos).
Las consecuencias de los incendios son espectaculares, con llamaradas del tamaño de edificios y bosques enteros que se consumen en pocos días. Cada hora aumentan las cuentas de hectáreas quemadas. Se informa que la localidad francesa de Gironde perdió bajo el fuego un área cuatro veces mayor que París. Los campos de Ávila, preciosa ciudad natal de santa Teresa, han sufrido el mayor incendio de la historia de España: se calcula que hay 50 mil hectáreas arrasadas, a las que es preciso sumar 27 mil más de la región de Toledo, que fue capital de la sabiduría en los siglos XII y XIII.
Menos espectaculares, para más conmovedoras, son las historias humanas. Las víctimas del fuego y los ciudadanos afectados por el peligro se agolpan en habitaciones de buenos samaritanos, gimnasios, iglesias, edificios oficiales, tiendas de campaña… En España, más de 90 mil personas debieron dejar sus viviendas, sin saber qué encontrarán al regresar. Un antiguo corresponsal de El País en Colombia, Juan Diego Quesada, acompañó a una familia a visitar sus predios tan pronto como las autoridades lo permitieron. La descripción es desoladora. De la casa solo quedan restos de la puerta principal y algunos muros de piedra tiznados de negro; el jardín hoy es carboncillo; las herramientas agrícolas se fundieron, lo mismo que las baldosas del suelo. “Toda una vida tirada a la basura”, llora uno de los perjudicados. Miles de millones de euros convertidos en pavesas. Mucho dinero y mucho tiempo harán falta para que resuciten zonas que fueron productivas y ricas.
Catástrofes semejantes, como el calentamiento global, el Niño y la Niña, las sequías inclementes, las inundaciones que arrasan con pueblos, los huracanes, los sunamis, las nevadas estivales en el hemisferio norte, son apenas un muestrario de lo que espera al planeta.
Buena parte del problema es que abundan intereses económicos y políticos a los que no conviene que se sepa el derrotero suicida que recorre la humanidad. Una de las líderes conservadoras de España desechó las alarmas que encarnan los incendios aduciendo que “el clima ha cambiado siempre”. ¿Confiaría usted el futuro de sus hijos a alguien que esgrime un argumento tan cobarde para no detener el apocalipsis? Sería interesante saber, a propósito, cuál es la opinión sobre estos asuntos del nuevo ministro de medio ambiente, Fabio Arjona Hincapié.
La ciencia advierte, cada vez con mayor énfasis, la presencia de elementos nacidos de la mente humana pero ajenos a su control, algo parecido al monstruo rebelde que ensambló el doctor Víctor Frankenstein en la novela de Mary Shelley. Varias de estas creaciones serán determinantes en nuestro futuro, y ya hay al menos dos que andan sembrando el pánico desde ahora. Me refiero a la Inteligencia Artificial (IA) y la recreación independiente de fuerzas ígneas.
Hace algunos días, unos modelos avanzados de IA de la firma ChatGPT que se hallaban en prueba dejaron de acatar al amo, burlaron los sistemas de seguridad y obraron sin control. El comentario poco tranquilizador del director Clement Delangue fue: "resulta alucinante que todo esto ocurriera de forma autónoma". Es decir: que ni él mismo sabía qué había ocurrido, ni cómo podían meter en cintura al modelo, ni de qué manera evitar nuevos casos semejantes: el monstruo amarró al doctor.
En cuanto a incendios recientes, los científicos consideran que los más severos de la historia son los actuales calificados de sexta generación. Para que los lectores se aterren tanto como yo, copio la explicación que ofrece el WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza) sobre estos bichos que han sitiado a media Europa:
“Son aquellos que modifican las condiciones meteorológicas de la zona, produciendo pirocúmulos que pueden derivar en tormentas de fuego y que tienen un comportamiento tan impredecible que imposibilitan su extinción”.
Queda confirmado: venimos del infierno y hacia él nos encaminamos con rapidez cada vez mayor.
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