
Así es vivir en una isla que el calentamiento global está devorando
La periodista Alejandra de Vengoechea y el fotógrafo Luca Zanetti llegaron hasta Gardi Sugdub, una pequeña isla del Caribe panameño, hogar del pueblo indígena guna, que está entre los primeros desplazados climáticos de América.
El primer presagio de un mundo que ya no existe es la falta de olor. No huele ni a sal, ni a pez, ni siquiera a viento fresco en el archipiélago de Guna Yala o San Blas, formado por 365 pequeñas islas de arenas color marfil. Es un mar turquesa de una transparencia tan inverosímil, que los peces multicolores, las estrellas de mar, los corales en forma de nubes rosas pueden verse sin necesidad sumergirse. Un paraíso de postal. Una de las mejores 25 playas del planeta según la plataforma turística TripAdvisor.
¿Por qué era entonces tan difícil sentir mariposas en el estómago ante semejante magnificencia? Porque sabíamos que estábamos frente a un espejismo en la mitad del Caribe panameño. En 25 años, todo esto se habrá hundido. Será una belleza marchita. Así de simple.
Empecé a entenderlo cuando entrevisté a Michael Adams, graduado en Desarrollo Sostenible en la Universidad de la Florida. Michael, cuyo padre vivió en este país centroamericano por donde pasa el 5 por ciento del comercio marítimo mundial gracias al Canal de Panamá, esa maravilla de la ingeniería inaugurada en 1914 que se convirtió en la ruta más corta para pasar del océano Atlántico al Pacífico, investigó su tesis de maestría aquí.
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