
Murió Plinio Apuleyo Mendoza, el gran escritor y periodista que conversó con Gabo y con el siglo XX colombiano
El escritor, periodista y diplomático boyacense murió este martes y deja detrás una biblioteca de obras, una amistad que marcó a la literatura colombiana y un recorrido profesional impresionante que empezó con un disparo escuchado desde la ventana de un café en Bogotá.
Por: Juan David Cano
Murió Plinio Apuleyo Mendoza. El escritor, periodista y diplomático boyacense falleció este martes 28 de julio a los 94 años y con él se apaga una de las voces que mejor supieron narrar el siglo XX colombiano por dentro.

Se va uno de los últimos grandes cronistas testimoniales y novelista del desencanto político: el que se sentó a escribir cuando Colombia todavía estaba entendiendo lo que le había pasado con el Bogotazo y el inicio del periodo conocido como La Violencia, el que salió al mundo a mirar Europa y América Latina con curiosidad de reportero, y el que se hizo amigo íntimo de un joven costeño llamado Gabriel García Márquez antes de que nadie sospechara qué tan grande podría ser.
¿Quién fue Plinio Apuleyo Mendoza?
Mendoza nació en Tunja el 1 de enero de 1932. Era hijo del abogado y político Plinio Mendoza Neira, un hombre cercano a Jorge Eliécer Gaitán.
Ese vínculo familiar lo puso, por casualidad, en el sitio exacto donde el país se partiría en dos: el bogotazo. El 9 de abril de 1948 Plinio estaba con sus hermanas tomando las onces en el Restaurante Monte Blanco, en el centro de Bogotá, cuando escuchó los disparos que mataron al caudillo liberal. Desde la ventana vio a Gaitán tendido y a los transeúntes empapando pañuelos en su sangre. Tenía 16 años y ya llevaba dentro, sin saberlo, el material de una vida entera de crónicas.

De la Sorbona al abrazo con Gabo
De Bogotá se fue a París, a estudiar Ciencias Políticas en la Sorbona, y allí empezó a tejerse la biografía que después reconstruyó en sus libros.
Trabajó como primer secretario de la embajada de Colombia en Francia y firmó columnas para publicaciones europeas y latinoamericanas, según registran sus editoriales Planeta y Penguin. En 1959, cuando la Revolución Cubana era todavía una promesa fresca, fue nombrado director en Colombia de la agencia Prensa Latina, una agencia de noticias con sede central en La Habana.
Con esa misma mirada progresista, en 1957 recorrió la Unión Soviética junto a García Márquez, un viaje que dejó por escrito años después.
La amistad con Gabo fue, quizás, el hilo más constante de su vida pública. En 1982 publicó "El olor de la guayaba", un libro de conversaciones con el Nobel que se convirtió en llave para entender su obra y que fue traducido a diecisiete idiomas.

Mendoza volvió a esa amistad en 2000, con "Aquellos tiempos con Gabo", donde contó episodios de la vida compartida que solo un cómplice puede recordar y la conversación entre los dos nunca se cerró del todo. Plinio aseguró una vez que tuvo contacto con el nobel hasta su muerte.
Un boyacense en los grandes cargos
Su trayectoria como periodista lo llevó a dirigir la Revista Semana entre 1982 y 1983 y a integrar la redacción de El Tiempo, donde también condujo el programa de televisión Personajes.
Compartió con sus hermanas el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, uno de los reconocimientos más importantes del oficio en el país.
En 1979 había ganado el Premio de Novela Plaza y Janés por "Años de fuga", y desde entonces fue apilando títulos: "El desertor", "Primeras palabras", "La llama y el hielo", "Nuestros pintores en París".
Su último libro, "Postales de una vida" (2021), fue una especie de despedida escrita: un mosaico de recuerdos entre Bogotá, Barranquilla, Boyacá, París, Roma, Moscú, La Habana y Caracas, con retratos de amigos como Marvel Moreno, Fernando Botero, Pablo Neruda y el propio Gabo.

Su vida en los medios, sin embargo, no fue del todo tranquila. En 1999 sobrevivió a un atentado con libro bomba atribuido al ELN. Después vinieron los cargos como embajador en Portugal e Italia, y una larga vejez dedicada a lo que mejor sabía hacer: escribir.
Deja una biblioteca de obras: desde libros hasta novelas. Deja también un país que aprendió a mirarse gracias a él y a los amigos que lo acompañaron. En Tunja, en Boyacá y en cualquier lugar donde alguien haya leído sus obras, hoy hay una razón para detenerse un momento y decir gracias.
Lea los comentarios








