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Crónica de una ciudad que intenta levantarse
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Crónica de una ciudad que intenta levantarse

En la calle 5 con carrera 56, en el barrio Cuarto de Legua de Cali, Lizeth Valencia cocinó en leña un sancocho para los rescatistas que trabajan en las zonas afectadas por el terremoto. Una olla puesta al servicio de quienes llevan días buscando, removiendo escombros y ayudando. | Foto: Carlos Marín C. | CAMBIO

Algunos sectores de Cali no son solo edificios vacíos, colapsados o albergues, también hay personas que se ofrecen para ayudar, empacar, escuchar, donar, rescatar animales, cocinar en la calle. Un reportaje sobre la solidaridad.

Por: Carlos Marín Calderín

A la una de la tarde del jueves 20 de agosto, diez días después del terremoto, Lizeth Valencia, cosmetóloga, sirve sancocho en la calle quinta con carrera 56, sobre la avenida Guadalupe, en el sur de Cali. Lo hizo con cerdo y res, en la calle y a fuego de leña, para los rescatistas que trabajan entre los edificios afectados del barrio Cuarto de Legua. Ya han comido más de sesenta y en la olla queda para otros cuarenta o cincuenta. Lizeth, de 35 años y quien lleva más de una semana sin trabajar, desde aquel día solo se ha dedicado a una cosa: ayudar.

Al principio ayudó con sus manos. La tarde del lunes 10 de agosto salió de su casa hacia las zonas donde habían colapsado edificios y, junto con varios amigos (quienes también aportan para los sancochos), comenzó a remover escombros. No sabía de rescate, no tenía equipos ni herramientas, pero aquella noche trabajó hasta las cuatro y media de la madrugada y volvió horas después. Cuando las autoridades impidieron el ingreso de voluntarios por el riesgo biológico, buscó otra manera de seguir siendo útil. El primer sancocho lo hizo el viernes 14; el del pasado jueves fue el segundo.

“A mí no me pasó nada —dice entre sollozos—. No perdí a nadie, no salí herida, mi familia y la gente que quiero están bien, pero los caleños son mi familia. Me duele que esto esté pasando en mi ciudad. En ese momento salí a la calle y vi a todo el mundo con miedo, pálido, descalzo, en pijama, tratando de ayudarse. El terremoto no distingue si usted es del Cali o del América, si es rico o pobre, si habla cuatro idiomas o ninguno. Esto nos tocó a todos”, dice Lizeth. Cuenta que durante estos días ha llorado de tristeza, pero también de gratitud al ver a otros haciendo lo mismo que ella.

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