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Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia, según el preconteo
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Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia, según el preconteo

El abogado se impuso sobre el senador del Pacto Histórico en una elección más reñida de lo que cualquiera pudo imaginarse, según el preconteo de la Registraduría. Abelardo de la Espriella ganó la Presidencia de Colombia con una diferencia de un punto.

Por: Mateo Muñoz, Armando Neira

Los resultados del preconteo indican un resultado apretado: Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia con más de 12,9 millones de votos, un poco más de 300.000 votos de diferencia sobre Iván Cepeda Castro. De acuerdo a esta información preliminar, y a falta del proceso de escrutinio, el abogado reemplazará a Gustavo Petro como jefe del Estado.

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Nadie lo vio venir. Tal vez ni siquiera él mismo. Porque si Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, nacido el 31 de julio de 1978 en Bogotá, aunque él siempre reivindica su alma de costeño, se hubiera imaginado que algún día se presentaría a unas elecciones para un cargo público, no habría confesado en televisión que en su adolescencia mataba gatos, ni afirmado que los platos típicos de la capital eran “comida para presos”, y mucho menos habría negado la existencia de Dios.

Entre los estrados y los medios

De la Espriella abrió los ojos y pensó: si ellos pudieron, ¿por qué no yo? A su favor tenía además dinero por montones y una capacidad oratoria indiscutible, forjada en los estrados judiciales como abogado penalista. Da la casualidad de que en Colombia los abogados no solo ganan en los estrados, sino que construyen su prestigio en los medios de comunicación, especialmente en la radio. 

En un país tan madrugador, los oyentes corren a sus jornadas diarias escuchándolos exponer sus argumentos sobre asuntos tan variados como la supuesta inocencia de Alex Saab, el testaferro de Nicolás Maduro, que amasó una fortuna vendiendo cajas de alimentos vencidos para los más necesitados; la teórica honestidad de David Murcia, que estafó a miles de ilusos con la pirámide de DMG, o tratando de explicar lo inexplicable, como el saqueo del sistema de salud que ocurrió con Saludvida EPS en la región Caribe del país.

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Para ese momento, De la Espriella ya había dejado atrás los días de juventud en que se le veía tranquilo y convencido de sus argumentos frente a los sangrientos jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, en Santa Fe de Ralito. Allí estaba organizando los encuentros de su Fundación Iniciativas de Paz (Fipaz), para que a los asesinos de semejante máquina de muerte —que ejecutó masacres, desapariciones forzadas y violaciones en los 32 departamentos— se les diera reconocimiento político.

Bien hablado, simpático, el estudiante de derecho en la Universidad Sergio Arboleda y graduado de la Universidad del Rosario, hijo de Abelardo de la Espriella Juris y María Eugenia Otero Aldana, era bien recibido en esos campamentos no solo porque lo consideraban un vecino natural —sus padres se mudaron a Montería, Córdoba, cuando él tenía dos años— sino porque era amigo de Salvatore Mancuso. Aunque el jefe paramilitar era diez años mayor, ambos habían estudiado en el mismo colegio y frecuentaban los mismos círculos sociales, los de la clase alta de la ciudad.

Para entonces, mujeres como la exdiputada Eleonora Pineda y Rocío Arias, quienes trajeron a los paras al Congreso, eran señaladas como lavadoras de imagen de los paramilitares; él las defendía con ahínco, no solo por convicción de que habían obrado bien, sino porque eran amigas personales de su madre.

Entre operas y odio a Petro

A diferencia de otros abogados que gustaban de codearse con los estratos altos, en especial del poder económico, él se inclinaba más por la farándula, porque se sentía un virtuoso cantante de música italiana y porque realmente se realizaba a plenitud cuando se ponía frente a un micrófono, como lo hizo en La Voz de Montería, una emisora de radio local popular.

En su trayectoria como abogado alcanzó eco internacional cuando representó a Dania Londoño Suárez, la joven trabajadora sexual que armó un escándalo porque un agente del Servicio Secreto de Estados Unidos que protegía al presidente Barack Obama en una cumbre en Cartagena le pagó una suma ínfima por sus servicios. Para entonces De la Espriella ya era una envidiada estrella del derecho.

Con su situación financiera resuelta, decidió irse a vivir en el exterior. Escogió Florencia, Italia, porque consideraba, junto con su esposa, Ana Lucía Pineda, que era el sitio ideal para educar a sus hijos. Con pasaporte italiano y estadounidense, se mostraba irreverente en los medios, miraba por encima a sus críticos y expresaba su profundo rechazo al presidente Gustavo Petro.

Entonces decidió lanzarse. Cuando lo hizo muchos pensaron que su intención era la aumentar aún más la publicidad de su valorada firma de abogados porque nadie lo imaginaba que tendría el aguante para una campaña en donde se necesita el cuero demasiado duro. 

En una lista de más de cien candidatos, en la que figuraban pesos pesados de la política, él optó por el camino contrario. Puso el énfasis en que los representantes de los partidos eran también responsables de la crisis del país y empezó a hacer una campaña tan distinta como original.

Le dijo que no a salir a las calles a comer rellena, a alzar niños en brazos y a mostrar unos supuestos orígenes humildes para que lo identificaran como hombre del pueblo. Nada de eso. Mientras sus rivales llegaban a las concentraciones alardeando del olor de las multitudes, él lo hacía en su propia avioneta o en helicóptero y vestido con trajes de marca importados, naturalmente.

El nuevo y mejor amigo de Trump

En momentos en que muchos mostraban su incomodidad por la injerencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, él lo puso como líder ejemplar. Mientras todos machacaban el discurso de la búsqueda de la paz, monótonamente escuchado en los últimos 60 años, él hablaba de guerra. Y en un mundo en el que hay que ser políticamente correcto en el lenguaje y en el respeto a las minorías, él decía que había que “destripar la izquierda”.

Esa expresión sería un completo anatema que ningún consultor político sugeriría en un país con diez millones de víctimas y en el que la guerra sucia exterminó a todo un partido político, la Unión Patriótica, con más de 6.000 víctimas asesinadas una a una. Pero él la volvía a insistir.

Su discurso era tan de derecha que en la consulta interna de ese sector fue rechazado por considerarlo demasiado radical. Así el 8 de marzo se quedó bien puesto, observando cómo se desarrollaban los acontecimientos desde la barrera. No se inquietaba porque, decía, nadie iba a recoger en votos una cifra similar a los cinco millones de firmas que él llevó cuando se inscribió en la Registraduría.

Y mientras la candidata Paloma Valencia, vencedora de la gran consulta, enviaba mensajes tranquilizadores y coqueteaba con el centro, él se mostraba aún más duro y sin pudor arremetía contra los periodistas que lo criticaban, apoyaba el derecho a portar armas, anunciaba que cuando ganara iba a sacar al país de organismos internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y las Naciones Unidas, y a abrazar las relaciones con Israel, país gobernado por Netanyahu, a quien la Corte Penal Internacional quiere llevar al banquillo por genocidio. Por si fuera poco, sentenciaba, el final inmediato de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP.

En este camino se apropió de cuantos símbolos encontró en su camino de lo que se llama la colombianidad: la camiseta de la selección, la parranda, la mamadera de gallo, el placer de dedicar sus buenas tardes a tomar vino y ron. Y lo que faltaba: el día de la primera vuelta, con diez millones de votos, llegó como un personaje de ficción, como cuando Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada se levantó junto a todo el pueblo a ver pasar al obispo desde una embarcación para que les mandara la bendición desde las aguas plácidas del río Magdalena.

La sociedad del espectáculo

Su campaña fue un ejemplo notable de comunicación a través del espectáculo. Con símbolos como El Tigre o el “Firmes por la patria”, que fueron apropiados por sus seguidores para usarlos en sus charlas y encuentros cotidianos. Nada de frases complejas y profundas. Solo la ilusión como bandera. De hecho, este domingo 21 de junio miles de sus votantes fueron a las urnas con la camiseta de la Selección Colombia.

Y por eso, en esta jornada muchos no fueron a las urnas para tomar el tarjetón con el discurso elaborado del derecho democrático, sino sencillamente a ponerle la raya al tigre. Sus palabras de mano dura, menos impuestos y reducción drástica del Estado aterra a la izquierda y fascina a la derecha de la derecha.

El problema es que ahora asumirá un país con tres desafíos enormes. En el ambiente gravita la clara fractura de una sociedad partida completamente por la mitad, con niveles de polarización sin precedentes, y en el quedaron amistades rotas, familias divididas y la sensación de que ganar o perder era una cuestión de vida o muerte.

Y cuando se posesione, tendrá dos desafíos tan grandes como urgentes. La situación fiscal: su gobierno hereda lo que varios analistas llaman un panorama “inédito”, en el que coexisten déficit fiscal, déficit de apropiaciones, déficit de liquidez, déficit primario y déficit en cuenta corriente al mismo tiempo y que en palabras sencillas equivale a una apretada de cinturón que será durísima. No es para menos. El nuevo presidente recibirá además un déficit de caja de 16 billones de pesos.

La situación es tan crítica que para el actual ministro de Hacienda, Germán Ávila —que no es precisamente un enemigo del progresismo—, el nuevo gobierno debe hacer una reforma tributaria para recaudar unos 30 billones de pesos, lo que hace prever una conflictividad enorme desde ya.

Y a esto hay que sumarle el fantasma de un posible apagón por efectos de El Niño o incluso estrictos racionamientos de agua. Se viene una temporada tan incierta que se habla de un “súper El Niño”, el más intenso en al menos una década y que va a afectar a todos. ¿Por qué? El país es vulnerable porque genera alrededor del 70 % de su electricidad con agua de embalses y ríos, y con una sequía segura, el panorama tiende a oscurecerse. 

Así las cosas, a De la Espriella le llegó la hora de dejar a un lado la capacidad oratoria que apela a las emociones, y empezar a entregar soluciones. 

Para eso tiene a su lado al vicepresidente José Manuel Restrepo, un hombre formado en la academia y en la gestión pública, exrector de cuatro universidades que están entre las diez mejores del país  y exministro de Hacienda y de Comercio durante el gobierno de Iván Duque. 

Pero, ¿de dónde va a sacar su gabinete si dice que los políticos tradicionales le producen sarpullido? “Quien negocia con el diablo, termina enredado”, sostuvo recientemente. Esto es una incógnita.

Si el proceso de escrutinio lo confirma, Abelardo de la Espriella llegará a los pasillos fríos y entapetados de la Casa de Nariño, donde han estado hombres que la mayor parte de su vida soñaron con alcanzar el poder para sencillamente mejorar el país. Él va más allá y promete un milagro. Nadie lo vio venir. Ni siquiera él mismo.

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