
Además de las consabidas inundaciones, tenemos otro problema con el agua: hay un proceso generalizado de contaminación y de degradación de ecosistemas acuáticos tanto continentales como marino costeros. No solo no hay “ordenamiento al rededor del agua”, sino que hay una cultura de despilfarro, contaminación y desgreño por el agua y sus recursos hidrobiológicos.
Ya en varias oportunidades he mencionado el grave problema que tenemos con la corrupción histórica que ha impedido un desarrollo de sistemas de acueductos urbanos y rurales que cubran la totalidad del territorio nacional, y que increíblemente nos llevan a tener que comprar carrotanques para distribuir agua potable, que terminan en historias macondianas de corrupción, o de perpetuar nuestro subdesarrollo mental.
A la falta de acueductos se suma la falta de sistemas de tratamiento de aguas, que impidan seguir contaminando nuestros ríos con la descarga tóxica de ciudades y zonas industriales, donde cada ciudad grande en Colombia compite por la cloaca más degradada surcando la mitad de las ciudades, mientras la indigencia y los restos del sicariato hacen sus aportes a este deprimente cuadro de nuestro paisajismo urbano. Desde Medellín, pasando por Cali, Leticia, Villavicencio, Bucaramanga, o la inviable Bogotá, cuerpos de aguas densas llevan su carga a las grandes cuencas del país, contaminando todavía más lo que queda de esos ríos. Un síntoma de la distancia que aún tenemos respecto de la paz con la naturaleza.
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