
La arquitectura del comercio internacional que se construyó sobre las bases del multilateralismo para sacar al mundo de la devastación en el que quedó sumido después de la Segunda Guerra Mundial es cosa del pasado.
Ahora soplan solo vientos unilaterales, o mejor, de los caprichos de las grandes potencias, que son los que empiezan a imponerse.
Dos hechos de esta semana así lo indican: después de 20 años de arduas negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur, y cuando todo estaba listo para la firma correspondiente, bastaron unas cuantas manifestaciones de los agricultores franceses en las carreteras del Hexágono, para que el presidente Macron le notificara a su homologo argentino que el gobierno francés de ninguna manera ratificaría el tratado de libre comercio con el Mercosur, porque contrariaba algunos postulados ambientales de la Unión Europea. Y que por lo tanto se requeriría una renegociación nuevamente. El veto francés equivale en la práctica a la imposibilidad de que el difícil acuerdo con el Mercosur trabajado durante cerca de 20 años entre en pausa.
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