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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Escribir entre el bullicio

Una de las preguntas más frecuentes que suelen hacer a muchos escritores en diferentes eventos, talleres, cursos y entrevistas es ¿por qué o para qué escribir? La verdad es que, por sencilla que parece la pregunta, siempre resulta un reto responder con precisión porque a partir de esa respuesta se puede elaborar una suerte de arte poética o declaración de principios sobre el oficio y la literatura. Leer muchas de las respuestas de grandes autores y autoras, periodistas, poetas y maestros de la palabra permite reflexionar desde distintas perspectivas sobre nuestra relación con las palabras y la forma en que las entregamos y devolvemos al mundo.

Ante la irreversible irrupción de las inteligencias artificiales en la vida cotidiana la pregunta vuelve a cobrar no solo un interés, sino que permite volver a una suerte de trinchera de resistencia en días en los que precisamente nuestra relación con las palabras y el lenguaje pareciera desvanecerse. En mi caso, cada vez que debo responder a esta pregunta me remito a mi infancia en la que intentaba prolongar las narraciones y relatos que leía y que no quería que terminaran y escribía para no olvidar los posibles desenlaces que imaginaba de esas historias que después escenificaba con mis juguetes. Era como si les escribiera un guion a esos juguetes que convivían y que hacían del territorio de la infancia un lugar seguro y luminoso. Igual pasaba con las películas y algunas series de televisión de donde sacaba narraciones paralelas que modificaba para acomodarlas como pieza exacta de un rompecabezas a mi sensibilidad y a mis pequeños anhelos.

Hoy siento, más que nunca, que escribir es, como decía María Zambrano, “defender la soledad en la que se está”. Es una pulsión inevitable, una necesidad que surge del deseo de poner a las palabras en el lugar preciso de la página para producir algún asombro o belleza. Al igual que en la infancia, quiero modificar de muchas formas la realidad adversa de un mundo que cada vez es más hostil y que se hace más absurdo con el paso de los años. Por eso, quizás, intento que mis héroes se resistan al olvido en infinitos paisajes emocionales que sentimos propios. De igual forma, escribo como una forma de combatir la extrañeza y la incomodidad en ese mundo con el que discrepo a menudo. En eso concuerdo con el gran Enrique Vila Matas cuando dice “escribo para ser extranjero siempre”. Y es allí donde todas aquellas cosas que no puede nombrar el lenguaje cotidiano se elevan a una categoría que intenta crear un idioma permanente, como si detrás de aquella lengua de la vida diaria se creara un idioma para la fragilidad que nos permita conmovernos.

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