Ir al contenido principal
Marta Orrantia
Puntos de vista

Lo que se esconde tras una pintura

Imagino a un magnate con una copa de champaña celebrando su última adquisición: una pintura con la cara del matemático Alan Turing, por la que el excéntrico millonario pagó más de un millón de dólares. Sus amigos seguramente brindan con él, tal vez frente al lobby de su oficina o en la sala de su casa o en algún otro lugar monumental donde la obra sea muy visible. Imagino a su círculo cercano felicitándolo por la adquisición, todos divertidos con la anécdota de que la obra no es una obra maestra de un autor contemporáneo, o no exactamente, sino que la hizo un robot con forma de mujer llamado Ai-Da.

El creador del robot, Aidan Meller, es un galerista inglés que esperaba subastar la obra por unos 200.000 dólares, pero el precio se disparó, dejándolo atónito a él y a más de uno, y no solo en el endogámico mundo del arte. Sin embargo, es hora de que nos vayamos acostumbrando. La IA no solo sirve para hacer programación matemática complejísima o trabajos para universitarios perezosos, sino que también está incursionando en el arte… y está triunfando.

Ese mundo era hasta hace poco un lugar exclusivamente habitado por seres humanos. Seres humanos con obsesiones, con búsquedas, con preguntas. Seres humanos que estaban siempre a medio camino entre la duda y la certeza, entre el terror y la euforia. Seres humanos cuyas obras (literarias, plásticas) se sometían al escrutinio público y siempre, independientemente de si tenían éxito o sufrían rechazo, esa desnudez frente a los demás los dejaba vulnerables y confundidos. Cada obra de arte es única y responde, en este universo humano, a unos impulsos propios de su creador. Refleja su infancia o sus miedos, sus carencias o sus deseos. Refleja su trayectoria, sus lecturas, su aprendizaje y también su ignorancia. En el caso de las novelas, puede haber errores de fraseo, baches en la historia o un desorden característico del proceso creativo. En el caso del arte, tal vez una pincelada de más en un arrebato de furia, una dedicatoria escondida tras la imagen, un color que no fue exacto. Esa imperfección, esa fragilidad, ha sido siempre un terreno humano. El lidiar con el alma, si es que existe una, ha sido la cosa nuestra.

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.

Suscribirme
Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales