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Maurice Armitage
Puntos de vista

La paz no se puede decretar

Siempre me he sentido mal por mencionar los dos secuestros que padecí pues no son nada, en términos de tiempo y sufrimiento, comparados con quienes han estado tantos años en cautiverio. El primero fue en el 2001 cuando el Frente 57 de las Farc nos secuestraron a seis personas en el Pacífico colombiano. Duré dos meses y medio en la selva chocoana y solo pude regresar a mi hogar pagando mi liberación. El segundo fue en el 2008 cuando el mayordomo de mi finca se dejó convencer para raptarme y entregarme al ELN. Fue un secuestro rápido y violento que duró solo cinco días gracias a la presión militar. Les faltó enviar un submarino por una acequia para rescatarme.

Cuando regresé al lado de mi familia, tomé la decisión de perdonar al mayordomo porque siempre he creído que todos los seres humanos nos merecemos una segunda oportunidad. Le prometí que si confesaba y colaboraba con las autoridades, le pagaría un abogado para que lo defendiera. Al cabo de un año recuperó su libertad.

El hecho de haber tomado esa actitud me dio una notoriedad que nunca busqué tener y que más adelante me llevaría a ser alcalde, porque a todo el mundo le pareció muy raro que un secuestrado perdonara a su secuestrador. Entonces me invitaron a participar en los diálogos de La Habana, lo que me dio la oportunidad de escuchar historias muy dolorosas de las víctimas del conflicto, pero también de decirles unas cuantas verdades a guerrilleros y militares acusados de violar los derechos humanos. Aún recuerdo al padre Francisco de Roux calmándome para que no llorara mientras los recriminaba. Pero la verdad nunca le ha hecho daño a nadie.

La violencia nos ha llevado a los colombianos a vivir contra la pared a pesar de que cada gobierno ha tratado de apaciguarla de muchas formas. Algunos han librado guerras frontales y otros han liderado procesos de paz. Sin embargo, seguimos viviendo en un país adolorido en el que se ha intentado todo, pero nada es suficiente. Todos queremos un Estado fuerte que nos proteja, pero todos también queremos vivir en paz. ¿Cuál es el camino que debemos seguir entonces?

No tengo la respuesta. Cada persona es dueña de su propia verdad y respeto todas las formas de pensamiento. A mí el perdón me reconcilió con la vida: me ayudó a vencer el miedo, a dejar atrás el rencor y a promover la esperanza a través del entendimiento. Por eso creo que la paz no se puede decretar. La paz es una actitud que debe nacer de cada quién.

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