
Estar en Bahía Solano es volver a mi infancia, a los juegos en el agua según estuviera la marea o cayera el aguacero, al sabor de las almendras que recogíamos a orillas del mar, al olor del pescado fresco de las madrugadas, cuando llegaban los pescadores de sus faenas nocturnas, o el olor a pan que salía del horno de mi abuela Belisa. A la media luz que daba el mechón, cuando no conocíamos la energía eléctrica. Estar en Bahía Solano es evocar la cocada y el dulce de guayaba, comer el mejor atún y apreciar todos los grises que ofrece el Pacífico.
Como es agosto, estar en Bahía Solano es ver las ballenas jorobadas y disfrutar días de lluvia incesante. Por la fecha, en esta ocasión fue también observar el juego de la luna azul y las nubes, la primera lucía radiante y, las segundas, empujadas por el viento, la tapaban una y otra vez hasta que ganaron cubriendo todo el cielo y convirtiéndose en un aguacero largo que duró hasta el día siguiente. Recorrer las calles del pueblo donde nací es un constante riesgo de cruzarse un Martín Pescador al asedio de un pez o un Cucarachero cantando a todo dar.
En Bahía Solano corre más lento el tiempo. Sabemos vivir al ritmo de las mareas. Comprendemos que un viaje hasta Juradó puede durar dos horas o cuatro, según esté ese día el cambiante temperamento del mar. Al mirar las lomas que cercan el pueblo y la bahía, uno puede descubrir todos los verdes aunque sea imposible calcularlos, por infinitos.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios










